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Posts Tagged ‘Alto Aragón’

Nebŭla

«Gris»: Sonia García


Baja de la cresta la mortaja acuosa con sus bordes marengos oxigenando la curvatura terrosa de las toperas y barniza de rutilante mojadura el voluminoso tronco escorado de la encina que, a modo de faro del tiempo, marca la entrada norte del Barrio entre tinieblas, allí donde Bascués, la cigüeña emérita, quebró su último vuelo herida de vejez sobre la hojarasca amarronada.

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Apenas cuarenta minutos después de comenzar el servicio de comidas, Josefo, el encargado del bar del Salón Social del Barrio, borra  -de la pizarra donde se anuncia el menú del día-  el plato estrella de la jornada, canelones de setas y jamón. “Todas las raciones posibles, ya están pedidas”, dice. Rafael de [Casa] Artero refunfuña: “Luego dirán que hay crisis… Medio pueblo comiendo en el bar en día laborable… Aquí no hay puta pobre”. Olarieta, la madre de Josefo, que sale de la cocina con una humeante fuente de borrajas con gambas, se le encara: “¿Otra vez de mal toque, Rafael…?”. Las risas indisimuladas de los comensales acompañan al hombre hasta la barra desde donde, acodado, finge contemplar el paisaje enmarcado en la galería acristalada que mira a la hondonada del río.

A Rafael   -viudo y atildado sesentón-  le dejó su padre, el señor Hipólito, un envidiable patrimonio que fue mermando hasta resultar insignificante. “Muerto el abuelo, todos morriaban y ninguno pencaba”, se dice en el Barrio, donde los Artero han contado, tradicionalmente, con escasos valedores; solamente del señor Hipólito  -que entró a formar parte de Casa Artero por vía matrimonial y que falleció a principios de los setenta-  se guarda unánime y respetuoso recuerdo.

Cuando el comedor se despeja y los manteles azulados son sustituidos por tapetes de guiñote, Olarieta se sienta junto a la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio, que toma una infusión en la sala de lectura. “¿Querrá creer, Valvanera, que en el fondo me da pena ese hombre…?”.


La tarde  -sol y viento-  se instala, con luminosa coquetería, en el mirador mientras la calidez de la estancia decora, con desiguales pinceladas blancas, las aristas cristalinas.

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Metamorfosis

«Autumn Dew…»: Richard Miles


Al alba, huye el Verano camuflado entre una bandada de vencejos y regresa el Otoño -con el color apresurado- desplegando sobre el Barrio la capota desvaída del cielo,  tras la que manotea el Sol cercado por henchidos nimbos. Remonta la savia las íntimas sinuosidades de la vetusta encina y se agitan, a los pies del árbol, las animosas esporas de los boletus, sobre las que palpita, en arritmia desaforada, el minúsculo corazón de un orondo ratón de campo recién evadido de las garras de un cárabo que, ahora, dormita ajeno a la rápida mudanza de la Naturaleza.

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«Jánovas»: Birasuegi


El día 10 de febrero de 2001 se publicaba en el Boletín Oficial del Estado la Declaración de Impacto Ambiental del proyectado embalse de Jánovas; en la misma, se consideraba no pertinente la construcción de la presa. La pesadilla  -iniciada el 28 de marzo de 1951 con la aprobación del Plan de Construcción de los Aprovechamientos del Río Ara–  había concluido. Detrás quedaban cincuenta años de zozobra y dolor. Tres pueblos destruidos, diecisiete localidades con terrenos expropiados, una comarca fracturada, ciento cincuenta familias damnificadas y Jánovas, el pueblo que dio nombre a un pantano inexistente, como símbolo de la resistencia, del apego a la tierra de sus gentes y de las miserables acciones que la empresa Iberduero perpetró contra los habitantes de la zona con la connivencia del Estado.
Fue tan brutal el impacto del pretendido pantano en la socio-economía de la zona a inundar, que de un censo de 1787 habitantes -en 1951- contabilizados en los tres núcleos de población más afectados, se pasó a 346 en el año 1981, agrupados en una sola localidad.

El pasado 12 de septiembre fallecía a los ochenta y ocho años, en el hospital de Barbastro, Emilio Garcés Frechín, el señor Emilio, que protagonizara junto a su mujer, la señora Francisca, la emotiva gesta de resistir los embates de la sinrazón durante años, aferrados ambos a su pueblo en ruinas, en un desigual combate que duró desde 1961, cuando comenzaron las expropiaciones y expulsiones, hasta 1984, cuando, a la fuerza, fueron obligados a salir del pueblo. Los últimos de Jánovas, se les llamó. Juntos asistieron a la calculada devastación de su entorno llevada a cabo por la empresa adjudicataria: Casas dinamitadas para evitar el regreso de sus moradores, acequias destruidas para impedir el riego, frutales y olivos talados, campos destrozados, tuberías de agua de boca obstruidas, postes de electricidad abatidos. Este festín de ruindad tuvo su colofón en febrero de 1966 cuando un operario de Iberduero entró violentamente en la escuela y sacó a la maestra arrastrándola de los pelos y a patadas al aterrorizado alumnado. La escuela fue uno de los últimos edificios en caer y, con ella, las escasas esperanzas de los pocos que todavía resistían junto al matrimonio Garcés, que fueron abandonando, impotentes, aquel fantasmagórico territorio donde la desolación y las amenazas conformaban la vida cotidiana.

En 1981, tras la marcha de la familia Buisán, los Garcés se quedaron solos en el pueblo asolado. Todavía tuvieron fuerzas para resistir, contra la burocracia y el chantaje, tres años más. Finalmente, desahuciados, marcharon a vivir primero a Campodarbe y, posteriormente, a Boltaña, desde donde siguieron reivindicando su derecho a residir en Jánovas, su pueblo, al que continuaban regresando, anualmente, con otros antiguos vecinos.

En el año 2009 la familia Garcés fue galardonada con el Premio Aragón a la Dignidad, «por ser el símbolo de la lucha por la tierra«.


En el año 2008, el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino inició el proceso de reversión a los antiguos propietarios de los terrenos expropiados, fijándose el 4 de mayo de 2009 como fecha límite para que los antiguos habitantes con propiedades en Jánovas presentaran la solicitud de reversión, pero con la condición sibilina de que devolvieran las indemnizaciones recibidas con un incremento… ¡de más de treinta veces el valor de lo percibido!

Cincuenta y ocho años, un mes y seis días después de declararse Jánovas, Lavelilla y Lacort como terrenos inundables y cuarenta y siete años, cuatro meses y seis días desde el inicio de las expropiaciones, la hidroeléctrica Endesa, heredera de Iberduero, mostraba sus fauces a las víctimas del pantano de papel.

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Instante

«Patio»: Archivo personal


Geranios. Alegrías. Begonias. Camelias. Claveles. Rosas. Campanulas. Violetas. Petunias. Siemprevivas. Azaleas.

Aromas vespertinos en el patio abierto a la brisa que esculpe reconocibles siluetas en el lactescente vapor de las nubes.

Un libro descansa sobre la tupida rejilla rosada del velador donde un gorrión picotea miguitas de madalena ligeramente humedecidas. Se interrumpe; revolotea hasta la tinaja donde crece la aucuba y regresa a su ocupación gastronómica consciente de la presencia humana inmóvil en el rincón del rododendro.

(Vuela el gorrión  -la gula satisfecha-  por el viejo patio de colores nuevos.)

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«Shy Venus»: Tomasz Rybak


En la puerta del recinto se quedó el lado oscuro de la existencia ajena: accidentes, suicidios, asesinatos, catástrofes, hambrunas, conflictos, podredumbres… Si acaso se coló, saltando el muro ornamentado de hiedra, alguna lágrima sobrante que aterrizó en el césped y fue rápidamente absorbida.

Amalgama de cuerpos arañados por la canícula en la orilla asfaltada del agua aromatizada con dióxido de cloro.

Dos gorriones grises, panzudos atraviesan a saltitos la senda de las toallas buscando la fugaz sombra de los parterres recién regados, mientras un batallón de moscas toma posiciones y siete u ocho abejas aturdidas se instalan junto al caño metálico de la única fuente.

Se detiene el tiempo y los pensamientos dormitan extendidos en las toallas, voluntariamente ajenos a los embates de la realidad al otro lado del muro.

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«La subida»: Archivo personal


Apenas un rayo de luz roza los muros de las casas y ya se escuchan las voces despejadas que cruzan el Barrio hacia el Camino Viejo, con las piernas desnudas haciendo de peanas de cuerpos de mil y un volúmenes, coloreados por el Sol que, implacable, se va adueñando de las sendas.

En la Subideta del Carrascal, una sinfonía de jadeos complementa los acordes del agua que, más abajo, golpea las piedras del lecho del río, en desnivel que busca ser cascada, y que no asusta a las grallas que descienden desde sus nidos de la cortada d’A margin Cucha[1].

En lo más alto, donde las piedras y arbustos forman una barrera natural que convierte el paseo en aventura montañera, la procesión de caminantes detiene su marcha y, una vez aspirados los aromas circundantes y atemperados los pulsos, deshace, en desfile saltarín, el camino andado.


NOTA

[1] de La orilla izquierda.

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«Celebration»: Yusuke Sato


[…]

Escucho, inconfundibles,
por los pueblos de España,
voces con tanta fuerza
que arrancarán montañas.

Esfuerzos solitarios
de gente solidaria,
han unido su frente
en esperanzas hermanas.

Pongo mi voz
para el que quiera usarla
como su propia voz,
como su propia arma.

CANCIÓN DE LA ESPERANZA UNIDA.- La Bullonera.

Bajo el árbol donde dos estorninos presurosos han expulsado a media docena de gorriones, acoge el asfalto los cuerpos de las cuatro muchachas recién incorporadas al festín de ideas, palabras y sueños. Brazos y voces en vaivenes que el cierzo envidia, vigilante, desde los tozales que se alzan, cual mágicos torreones, sobre la ciudad.

Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”.

Cuerpos. Voces. Sueños.

Ágora de primavera donde el entusiasmo de esperanzas unidas abate a la, hasta ahora,  inamovible realidad.

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En las aguas quietas y apresadas en el penal del cemento se reflejan los rostros muertos de quienes desgastaron las suelas de esparto de sus alpargatas en el desigual empedrado de sus callejuelas mientras se abrevaban los mulos que tiraban del trillo en el asimétrico espacio de las eras.

Susurran las coníferas cercanas al pantano como si los espíritus compungidos de los desterrados moradores del pueblo anegado hubieran quedado prendidos en las agujas de los pinos, esperando las sacudidas del viento para regresar, en rápido vuelo sin retorno, al cobijo de adobe y piedra que el agua, compadecida, deja emerger como solitarios faros de la historia vivida.

(El caminante, detenido ante la mortaja líquida, une su voz al lamento de las coníferas y murmura: “Adiós, barquitos hundidos…«. Y una lágrima dibuja tres círculos concéntricos en el agua.)

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En la replaceta que forman la pared sur de la Abadía y el muro delantero del Gortón de Francisquer, los gitanos instalan  -el primer y último sábado de cada mes, cuando llega el buen tiempo-  un mercadillo que en el Barrio se denomina, familiar y jocosamente, Los Zarrietes [1]

Son cuatro puestos bien surtidos de ropa y complementos que regentan los Gabarri Clavería, una esforzada familia de calés navarroaragoneses con muchos años de dedicación a la venta ambulante.

Pilar-Carmen, la menor de los cuatro hijos del señor Gabarri, se encarga, principalmente, del puesto de calcetines, medias y ropa interior femenina. Es una guapa muchacha de poco más de veinte años, con la piel ligeramente bronceada, los ojos inmensos y sendos piercings en la nariz y el labio inferior. Buena comerciante, tiene siempre las palabras apropiadas para las clientas, a quienes trata con tanta familiaridad como respeto, actitud que termina por animar a las simples mironas a aflojar el monedero para hacerse con alguna de las prendas que la joven gitana promete regalar si “alguna de ustedes, señoras mías, descubre dónde se halla la tara”.

Pilar-Carmen, que cursó magisterio en la especialidad de Educación Infantil, prepara oposiciones y estudia Psicología en la UNED, actividades que ocupan parte de las horas que no dedica al negocio familiar.

En el zaguán de la Abadía, que ejerce de improvisado probador, las mujeres se embuten en vestidos y bañadores mientras Pilar-Carmen ensalza la perfecta caída de tal o cual vestimenta o niega con la cabeza cuando se hace evidente que clienta y atavío son incompatibles. Entonces, con determinación, corretea hasta los puestos y regresa con una nueva prenda que, asegura, “le va a quedar  a usted di-vi-na”.


De once a dos, el sábado que toca, el corazón del Barrio se traslada desde el bar del Salón Social al mercadillo de los gitanos, donde entre bolsos, cinturones, calcetines, gorras, leggins, faldas, camisolas, vestidos, braguitas, medias, pashminas, sujetadores, blusas, albornoces, camisetas, pijamas, bañadores, pañuelos, camisones y sombreros, se desliza la mañana sabatina buscando la sombra de los soportales.


NOTA
[1] Diminutivo de zarrio, que significa trapo, tela vieja, pingo.

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