Feeds:
Entradas
Comentarios

Rinascita

«Primavera»: José María Cuéllar


Primavera. Cimbrean, en compacta escultura de verdes oscuros,  las refulgentes hojas de la camelia que habita en la humilde tinaja centenaria del jardín renacido de la señorita Valvanera, en el rincón del porche donde se afanan las golondrinas en reforzar los viejos nidos que la maestra cubre delicadamente durante el invierno.

Primavera. Asoman, aun chicuelas, las amapolas que jalonan, en maravilloso caos, el desdibujado límite entre el coquetuelo jardincito y la pendiente asilvestrada que resbala, entre margaritas y tomillo, hasta la curva sombría que describe el río sajando el tozal en dos promontorios de arenisca petrificada donde anidan y se sacian los treparriscos en sus limitadas visitas invernales.


Mayea, lánguido, el Sol y se retiran las nubes alejando de las súplicas terrígenas su codiciada carga.

Flash back


Vuelve lo nuestro.

La fritura. Nati Mistral. El puchero. La troquelada reserva espiritual de Occidente. El cuadro de actores de Radio Madrid. El relumbrón de los caireles. El Alcázar sitiado. La faja. Los escapularios. Los libertadores…

El pan con vino y azúcar. Las tapias de los cementerios. La violetera. Los jardines de La Granja. El tocino rancio. El miriñaque. El caracolillo de Estrellita Castro. El agua bendita. El gol de Zarra. Las historietas del Jabato. Las enaguas. El volumen corporal de García Carrés. Los zapatos topolino. Pemán versificando los movimientos giratorios de Lola Flores. Los velones de aceite. Los cruzados. Gibraltar español…

Trotan por el Ruedo Ibérico las siluetas de los toros de Osborne guiadas por el águila azabache que aletea a los acordes victoriosos de la Marcha Real.

Una bandada de gaviotas cierra el cortejo…

En un recodo del camino, doña Concha Piquer, entona, al paso de la comitiva: “Apoyá en el quicio de la mancebía…”. A su lado, un gato siamés se sacude el polvo adherido a los bigotes, inicia una imperceptible sonrisa, bosteza y se acuesta, panza arriba, bajo el sol mañanero del vigésimo segundo día del mes de mayo.

«El 15M en Peña Montañesa«: I.C.


«La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso; sirve para caminar.» Eduardo Galeano.


El Sol fija sus implacables reflejos sobre la plaza expectante. Se atropan los cuerpos con trazas veraniegas a la generosa sombra del casino. Huele a humanidad afanosa con un toque de tapa a la vinagreta que llega, a vaporadas, desde la concurrida terraza donde un comulgante vestido de marinerito reparte chucherías de recuerdo entre sus endomingados invitados.

Se yerguen las pancartas y se agrupa, bajo el Sol cansino, la sociedad combativa. Al son de las gaitas, se reparte el gentío  -entre saludos, besos y gestos de reconocimiento-  tras los artesanales cartelones. Avanzan los pies y se elevan las voces hasta balcones, tragaluces, ventanales y aleros.

Rutilan los rostros teñidos de primavera estival. Jóvenes, viejos, criaturas recorren la ciudad en incansable y lúdico alboroto, mochila a la espalda, morral en bandolera. Vitorea la tarde el cromatismo móvil vindicativo y hasta unas tímidas ráfagas de viento jalean las pancartas y reconfortan los cuerpos sudorosos.

Y otra vez la plaza acoge entre sus losas a la voluntariosa plebe que la honra y humaniza. Y otra vez las inánimes musas de la fuente centellean silenciosos aplausos en su aleación áurea.

Resuenan las gaitas. Retumban las voces. Cabriolean los cuerpos. Se funden las guitarras con la fogosidad vespertina y hasta los gorriones grises y panzudos, inseparables compañeros alados de la humana concurrencia, repiten en su jerga silbante: Juntos y juntas, podemos.




Dicebamus hesterna die…

«Wither»: Randy SnowDog Monteith


…y aun guarda la sierra, bajo las noches mágicas de tantos solsticios y equinoccios transcurridos, la memoria de Dulcis, la Reineta, la hermosa hechicera que recorría los espacios habitados del Prepirineo con sus pócimas, bebedizos y ritos sanadores, ocultando su humana condición, a ojos desconocidos, bajo la apariencia de una joven rabosa[1], y a quien una partida de pastores acechó y dio muerte a golpes de cayado, juzgándola autora de devastadoras acometidas contra ovejas y corderos.

Serpenteando el gortón[2] de Casa Berches se abre un sendero limpio de maleza y guijarros trazado a fuerza de ejercer los pies humanos un indebido derecho de paso que los dueños del terreno jamás vetaron, aun cuando los años de continuo trasiego hurtaron a legumbres y hortalizas parte de su territorio. El Alcuerze[3] Berches -que así es llamado- se une, ya en los límites del Barrio, con la pista que asciende o desciende en diferentes bifurcaciones; una de ellas, la que está señalada por un amojonamiento de piedras firmemente unidas con argamasa, lleva al esforzado caminante por una pendiente que, atravesando la torrontera, termina en un terreno casi circular, de arbustos diseminados, cerrado en su parte norte por una pared pétrea desde cuyo repecho superior algunos buitres inician un vuelo lento, circunvalando el que un día fue su comedero: el Fosal de la Reineta. Tiempo atrás, se dejaban en el fosal los cadáveres de los animales para que los elementos y seres de la Naturaleza completaran su tarea, y sólo la prohibición de dejar a la intemperie los animales muertos finiquitó un acuerdo, nunca firmado pero siempre respetado, entre los buitres y el Barrio. Las aves, no obstante, siguen visitando el fosal, conocedoras, acaso, de que, por encima de leyes restrictivas, siempre hay algún humano dispuesto a desobedecer aquéllas y devolver al Fosal de la Reineta su destino de buitrera.


NOTAS

[1] En aragonés, zorra, raposa.
[2] Id, huerto pequeño.
[3] Id, atajo.

«Room Of Illusions»: Alan King


A la derecha de la antigua pista —ahora asfaltada— que sube hasta la pardina Furtasantos, a medio camino entre el cementerio y la ermita de la Virgen Negra, se halla el pretencioso Complejo Deportivo; con esa denominación consta en las actas del pleno que decidió en su día, y en asamblea, su construcción. En el Barrio, donde cada campo, casa y recoveco posee un nombre cuyo origen se pierde en el tiempo, a las remodeladas instalaciones se las sigue llamando La Huerta Blanquiador.

El último dueño de Casa O Blanquiador, propietario, también, de la huerta homónima, vendió esta última al Ayuntamiento y la casa a la señorita Valvanera, la vieja maestra, respetando así la voluntad de su tío Pepito, que, ya en vida, legó a su pariente sus posesiones con la única condición de que nunca fueran vendidas a personas ajenas al pueblo.

Pepito de Blanquiador, hombre del que siempre se habla, en el Barrio, con admiración y respeto, nació con el siglo XX, único hijo de la señora Severiana y del señor José, originarios del Valle de Aquilué. El oficio del señor José, que se dedicaba a revocar fachadas y a encalar y pintar paramentos, dio nombre a la casa familiar, Casa O Blanquiador [1].

Pepito, que desde niño dio pruebas de su capacidad creadora, convirtió en arte el oficio de su progenitor y de sus hábiles manos surgieron retratos, esculturas, tallas y artísticas forjas; de estas últimas, el portalón de hierro del cementerio y la propia puerta de acceso al complejo deportivo —que lo fue, también, de la antigua huerta— son una muestra de su talento y originalidad, con complicados arabescos, rosetones y entramados que trabajó, con pulcritud, precisión y mimo, en su taller artesanal —todavía conservado—, donde la fragua y el banco de carpintero fueron testigos de las horas robadas al sueño para compaginar el oficio llevado a medias con su padre y las ideas surgidas de su cerebro y plasmadas sobre papel, lienzo, arcilla, yeso, bronce, madera y hierro.


El 6 de julio de 2007, coincidiendo con el 25º aniversario de la muerte de Pepito, se inauguró en la Asociación de Cultura Popular la sala de exposiciones que lleva su nombre: Sala Pepito de Blanquiador, en cuya antecámara se exponen, de manera permanente, algunos de los dibujos, pinturas, tallas y trabajos artesanales que el creador regaló a sus convecinos a lo largo de su prolífica vida artística.


NOTA

[1]  El término aragonés blanquiador alude al oficio de pintor de brocha gorda.

«Cold Heart»: Rick Simpson



Yo soy de la opinión de los que son perseguidos”.
Alphonse de Lamartine.


En la capital de la Región de las Marcas, donde las olas del Adriático arrullan los últimos suspiros de la tarde con cantatas del Cisne de Pesaro mientras los turistas con posibles toman tournedos alla Rossini servido sobre cerámica mayólica, los derechos humanos se tasan a dos mil cien euros la reivindicación, con gravamen de insultos, desalojo y la consideración de energúmeno entre los pesareses de bien, para quienes los más desfavorecidos de su turística sociedad merecen análogo miramiento que los detritus evacuados en los retretes.

[…]

El día 28 de abril, en Pesaro, donde las suntuosas suites de los exclusivos hoteles no se desmoronan cuando son ocupadas por el bellaco de turno arropado por su cartera de valores de origen criminal, el Tribunal de Justicia absolvió finalmente del delito de obstrucción policial a los activistas pro Derechos Humanos Roberto Malini y Dario Picciau, integrantes de la asociación EveryOne Group, sobre los que pendía, desde el año 2010, una condena ejemplarizante por haber prestado ayuda humanitaria a tres jóvenes de etnia romaní hostigados por la policía, así como por oponerse, mediante resistencia pacífica, a las agresivas redadas policiales en los campamentos gitanos y denunciar públicamente la violencia ejercida contra criaturas menores de edad, personas ancianas y mujeres, dos de las cuales perdieron a los bebés que esperaban al ser desalojadas violentamente junto a sus familias.


…y en los arenales, van y vienen las olas apátridas meciendo sus enaguas de espuma al compás de los lejanos violines gitanos.

La flor púrpura


A pocos metros de la glereta, lindando con las almendreras de la finca Cucalon, todavía se adivina el antiguo campo de azafrán del abuelo Viscasillas –tío Leoncio, para las gentes del Barrio-.
Años después de ser abandonado, aún las enterradas cebollas de la planta elevaban al Sol sus alargadas hojuelas verdes y sus rosas moradas como esperando los hábiles dedos de las gentes madrugadoras que, con firme experiencia, separarían las flores cerradas de su tallo iniciando así el rito de una cosecha que reunía, tanto en el campo como en la enorme mesa de trabajo del patio Viscasillas -donde se separaban los estigmas de la corola-, a familiares, amigos y vecinos del tío Leoncio, en una tarea que duraba casi lo que el día y que unía la dureza del trabajo de recogida de las plantas con la amenidad del alparzeo cuando, ya transportada la cosecha al patio de la casa, las esbrinadoras realizaban su labor separadora.

Ongareta, o qu’en esbrines pa tú [1]-, le decía el tío Leoncio a la veterinaria que, actualmente, se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, niña entonces, cuando ésta se asomaba al animado patio. Y la pequeña cogía un manojo de flores e, imitando a las mujeres que la rodeaban, quitaba los pequeños filamentos del azafrán y los amontonaba en un platito que entregaba después al tío Leoncio para su pesaje. El abuelo Viscasillas guiñaba un ojo a las demás mujeres y, con el rostro revestido de seriedad, hacía como si apuntara en su libreta las escasas onzas esbrinadas por la niña. Posteriormente, cuando todos los brines de la mesa habían sido tostados, separaba un montoncito, lo colocaba envuelto en un paño y se lo entregaba, con circunspección teatrera, a la jovencita, que corría, orgullosa, hasta la explanada del barranco donde tenían instalado el campamento los temporeros gitanos:
Babo, babo… Io abelo safran!! [2]


 El viento se regodea en las hierbas y barzas de la que fuera güebra del tío Leoncio, donde quizás algún bulbo esforzado todavía luche para salir al exterior y engalanar la tierra, ahora abandonada, con su purpurada presencia.



CURIOSIDADES


NOTAS

[1] «Gitaneta, lo que desbriznes, para ti«.
[2] «Papá, papá… ¡Tengo azafrán!«.

Nabatiando

«Nabata por el Gállego»: Coord. Biscarrués-Mallos de Riglos


Acaso crecía el río con el caudal de lágrimas que urgían a la nieve a fundirse y deslizarse por el desnivel sinuoso que encajona y protege el magno curso de las aguas bravas. Y parecían erguirse, rutilantes, los islotes pétreos que el tiempo y el ímpetu acuoso convertirán en guijarros durmientes en el lecho señorial de las badinas.

[…]

Y ellas, las dos mujeres  —mezclada su bravura con la de sus compañeros—  en las nabatas, con los pies humedecidos de caricias y los torsos convertidos en banderas de esperanza del río que nos lleva.


Se elevaba a la atmósfera festiva  —desde los amados vericuetos del Reino de los Mallos—  el acompasado rugido de las voces veinticinco años desgañitándose contra el .amenazador e imparable pantano.

«The Memory Of The Kids»: Mirko Barone


Poco podía imaginarse el fotógrafo y documentalista italiano Livio Mancini el uso  -y abuso-  que el periódico ultraderechista suizo en lengua alemana, Die Weltwoche, haría de su reportaje fotográfico en el gueto de Gjakova, en Kosovo, desgraciado enclave donde, sobre un estercolero que la OMS ha calificado como «de alta toxicidad e incompatible con cualquier asentamiento humano«, se hacinan un indeterminado número de personas de etnia gitana, tanto de origen albanés como supervivientes de las limpiezas étnicas inseparables de las luchas fratricidas que, años atrás, fragmentaron la antigua República de Yugoslavia.

Livio Mancini, “apasionadamente comprometido con la producción de proyectos que cuentan historias profundas y personales”, realizó, en septiembre de 2008, una serie de fotografías  –The Garbage Gang. Kosovo–  que exponen, sin aditamentos, la trágica realidad de la infancia romaní del gueto kosovar. Cuatro años después, una de las fotografías de Mancini  –la que muestra a un niño romaní apuntando a la cámara con una pistola de juguete–  ha servido para ilustrar un nauseabundo reportaje  -ajeno al autor de la fotografía original-   que en nada desmerece de las consignas del nacionalsocialismo y su incisiva propaganda contra las comunidades que, finalmente, serían protagonistas involuntarias del horror y el exterminio.

¡Peligro! ¡Vienen los gitanos!, alerta Die Weltwoche en su amarillista portada. ¡Cuidado! ¡No se fíen ustedes ni de los menores gitanos, que están entrenados por sus mayores para cometer fechorías! ¡Cuidado! ¡Llegan los saqueadores, los ladrones, los seres infectos que se apropian de lo ajeno y manejan certeramente las armas desde la cuna!


¿Temblarán los suizos, arios y asépticos, ante la plaga contra la que advierte el bienintencionado tabloide?

¿Cambiarán las combinaciones de sus cajetines rebosantes de dinero oscurecido los clientes encorbatados de los bancos?

¿Habrá suficientes mentes sin memoria de pez dispuestas a rememorar lo ocurrido a tantos jenisch helvéticos?


NOTA

«Gelem, gelem lungone dromensar«, que significa «Anduve, anduve por largos caminos«, es el primer verso del himno internacional del Pueblo Gitano.


Todavía quedan, en el bancal que desciende hasta la orilla pedregosa del río, restos de la losa que antaño fuera concurrido lavadero natural del Barrio, levemente inclinada sobre una poza hacia la que resbalaba un finísimo y continuo reguero de agua del Manantial de la Mora. Decíase que tras el discreto hoyuelo abierto en la montaña, las fadas lavanderas susurraban conjuros que el agua depositaba en las manos de las mujeres que maceraban, aclaraban y escurrían la ropa, dotando a aquellos miembros encallecidos de sorprendentes habilidades. Así, en épocas de escasa cosecha y epidemias de ganado, se reunían las mujeres en el lavadero, extendiendo las manos hacia la poza, y acudían a cientos las madrillas, proporcionando el alimento suficiente para que las familias se zafaran del hambre.

Señalan las más ancianas del Barrio la zona del bancal -la más próxima al río- donde se prendía, de noche, la hoguera para el caldero de sosa; en él se deshacían y burbujeaban desechos de aceite y tocino, dando lugar a un oloroso mejunje que, una vez depositado en la cajoneta, enfriado, solidificado y cortado en forma de ortoedro, se repartía a modo de preciadas piezas de jabón entre las asiduas aprendizas de maga del Manantial de la Mora.