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Archive for the ‘El gato en la atalaya’ Category


La señora Benita, la vieja santera de la ermita de la Virgen de los Morros de Cebollón, se agita  entre ayes y suspiros—  en el lecho de cabezal taraceado, velada por las Tejedoras, que se turnan en su cuidado desde que fue dada de alta del hospital. Cinco días atrás, mientras mostraba a unos turistas el antiguo pozo de hielo situado en la trasera de la ermita no consagrada, perdió pie y se precipitó en el interior golpeándose la cabeza con los resistentes adobes que todavía dan forma al nevero. “Y perdí la uñeta”, recuerda compungida; porque, para la última taumaturga oficiosa de la sierra, la uñeta del Niño Jesús, heredada de generación en generación por las mujeres de su familia, y que portaba en un dije colgado del cuello, posee un simbolismo que trasciende toda circunstancia religiosa para convertirse en mágico talismán capaz de transferir asombrosos bríos a su legítima poseedora.

La señora Benita, agreste sibila de supersticiones absorbidas de sus perennemente rememoradas Dulcis, la Reineta, y Treseta de Cosme, contempla, entre hipidos, a sus complacientes cuidadoras. Un hematoma oblongo, coloreado de negro, naranja y amarillo, se extiende desde el nacimiento del pelo hasta el párpado inferior del ojo derecho. Entre sus manos, un escapulario descolorido; en sus labios entreabiertos, un siseo monocorde que, poco a poco, remite y cesa.

Duerme la añosa santera de la uñeta perdida con los últimos destellos del día reflejados en la ventana que da a la placeta de la fuente seca. Fuera, Meterete, la cigüeña, regresa a la torre recompuesta de la iglesia llevando su diario alijo de ramitas para reforzar el nido.

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«A place for thoughts»: Gun Legler


A la casa del tío Inazio, el del molino de aceite, se la llama Casa O Medianero. El tío Inazio nació en Mediano, el pueblo sumergido, hace ocho décadas, pero lleva más de sesenta años en el Barrio, a donde llegó para prestar servicios de peón caminero y ayudante del molinero viejo. Cuando el tío Timoteo, el molinero viejo, falleció, el tío Inazio heredó las tareas del trujal, ejerciendo también de alguacil. Todavía se recuerdan en el Barrio los ecos de la chuflaina que precedían al vozarrón del tío Inazio anunciando los bandos de la Alcaldía o su todopoderoso corpachón en la porteta del molino, apuntando con un pizarrín los turnos para que las familias llevaran las olivas. Cuentan que se hicieron famosas, por repetitivas, las falsas correspondencias entre kilos de olivas depositadas y litros de aceite resultantes —siempre en beneficio de las familias que menos poseían—, aunque jamás los perjudicados se atrevieron a encararse con aquel gigante, del que, en hipérbole montañesa, se decía que era capaz de alzar, con la fuerza de un solo brazo, la piedra voladora del alfarje sin el menor resoplido.

El tío Inazio, pese a los años, conserva todavía su aspecto de ogro legendario de los cuentos infantiles y, al igual que en las mágicas historias, bajo ese barniz de fiereza habita un ser sencillo y tierno del que dan fe sus ojos grises, tan vivaces, que parecen haber quedado exentos del paso del tiempo.


Dejábanse vencer por las lágrimas los ojos del tío Inazio, arriba, en el tozal, mirando al Norte -siempre al Norte- desde la humilde sierra prepirenaica que parecía ponerse de puntillas para saludar a sus hermanas, las cumbres de los Pirineos.
…Y acaso el aire transportó el llanto silencioso más allá del ventisquero y se estremecíeron las desoladas piedras del pueblo sumergido.

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Como cada veintiséis de diciembre, las Tejedoras[1] reparten, en el bar del Salón Social, chocolate cocido, café de puchero y generosas raciones de farinosos, tortas de anís y frutas de sartén, en el ya tradicional Desayuno Navideño. El diputado, que mantiene un pulso constante con las integrantes de la Asociación de Mujeres, asiste desde la barra al convite. “Ponme un carajillo, Josefo”, le dice al camarero mientras coge uno de los periódicos del día del cestillo de la prensa que se halla al final del mostrador.

El diputado culpa al grupo de Tejedoras de las demoras e incidentes que se desarrollaron durante la construcción de la urbanización que se halla en las inmediaciones del Barrio  —en la que él mismo posee un adosado—  y que tuvieron como consecuencia el enfrentamiento, no siempre exclusivamente verbal, y el cruce de denuncias entre partidarios y detractores —con la Asociación de Mujeres a la cabeza— del proyecto. Un Acto de Conciliación entre las partes atemperó, aparentemente, los ánimos pero no logró recomponer la vieja cordialidad.

Éstas se creen que el pueblo es suyo”, se queja el diputado en privado, aunque tal privacidad dura lo que tarda el reproche en llegar a oídos de la Asociación de Mujeres, donde el diputado suele ser el protagonista de los chistes más hirientes para disfrute de quienes, en el Barrio, tienen un pésimo concepto de él.


Los discretos rayos del Sol hacen como si fundieran la cobertura de hielo que blanquea los árboles y se repliega el dorondón hacia los costados de la sierra para esperar el final de la jornada y flirtear con la rosada que motea el paisaje.


NOTA

[1] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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«Prisoner of Time»: Marie Otero


La primera y penúltima vez que Senén Hernández estuvo en Madrid fue cuando les dieron garrote a Savi Puig y a Heinz Chez. Las ascuas democráticas europeas y hasta Pablo VI -que no era demócrata pero sí consecuente con lo predicado por el Hijo del Jefe- se habían avivado hasta conformar una hoguera de considerables dimensiones, aunque ni una sola de sus llamas consiguiera lamer los portalones custodiados de las embajadas y consulados que el herniado general Franco había conseguido instalar en cada una de las capitales de la progresía -o contubernio judeomasónico, en lenguaje del régimen-. Senén Hernández únicamente supo  -le dijeron-  que Puig y Chez eran anarquistas. Anarquistas, fíjese. De los que ponen bombas. De los que queman iglesias, violan monjas y castran curas. A Senén Hernández le señalaron el día y la hora de la partida y, allá que se fue, con el traje de las bodas -el mismo con el que luego casaria tres hijas- y sin más equipaje que el bocadillo de mortadela envuelto en papel de estraza que le entregó una señorita de luminosa sonrisa y manos regordetas.
Luego le explicaron que aquello era la Plaza de Oriente. Pero Senén Hernández ni siquiera fue consciente de la conformación del suelo que pisaba. Alzó la cabeza -y aun el brazo- cuando la vocecita del hombre del fajín recordó las sempiternas maldades de los enemigos de Dios y España, esos que se aliaban con los malvados rojos para destruir a la nación de naciones, al país de héroes, santos, apariciones virginales, heroicos militares, ardientes guerreros y amantísimas esposas.

Su segundo viaje a la capital  –inmensa, inmensa, diría a sus compañeros de guiñote del Salón Social-  lo hizo dormitando sobre el asiento convenientemente reclinado de un moderno autobús; alguien había regulado el aire acondicionado y la suave brisilla le daba, de refilón, en el rostro. Senén Hernández retenía en sus manos un botellín de agua de Lanjarón  –era de Lanjarón, de la que anuncian en la tele, aseguraba-  que le había dado, en la puerta del autobús, una jovencita de camiseta anaranjada y visera del mismo color. En esta ocasión no había habido bocadillo de mortadela. Pero su vecino de asiento, un muchachito de aspecto aseado, le había pasado una bolsita de bocabits, un folio DIN-A4 con la inscripción “(z)ETA(p), NO” y un rectángulo de tela con los colores de la bandera española y la silueta de un toro azabache sobreimpresionada.

Fue la última salida fuera del Barrio de Senén Hernández antes de que el alzheimer condenara al ostracismo sus ingenuos remedos de epopeyas.


Procesiona el Barrio la mañana del último y soleado día de septiembre acompañando, silente, a su vecino Senén Hernández, cartero jubilado, exmilitante de la Unión Sindical Obrera, asceta, andarín, tañedor de bandurria y severamente sordo.
Mira el sol el cortejo de enfiladas hormigas endomingadas caminando, con pasos contenidos, por el ondulante sendero que asciende, entre tierra y gravilla, hasta el camposanto.

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«New Forms.- Arno Rousseau»: Philippe Abril

 

Ayer finalizaron las obras de demolición de Casa Palomeque. Únicamente la fachada, con sus portentosas ventanas ojivales y el laborioso artesonado bajo los alféizares y balconadas, seguirá enseñoreando la plaza y recordando a la buena de Marina, dama entre las damas, -«la última de los Palomeque«, como se la llama siempre-, fallecida en la primavera de 2006 y memoria perenne, durante noventa y ocho años, de los aconteceres del Barrio.

Aún se habla en el Barrio del viejo Palomeque, el padre de Marina, un buhonero que, en la última década del siglo XIX, recorría la comarca portando, sobre un armazón de madera colgado a la espalda, sus pequeñas mercaderías -cordones, botonaduras, cuerdas, lamines, telas…-; aunque, cuentan, su mejor negocio fue matrimoniar con la dueña de la tahona, huérfana y viuda a cuenta del cólera, que no tardó en fallecer, víctima de fiebres puerperales, dejando al antiguo buhonero con un buen patrimonio que administrar y un bebé, Marina, cuya sola existencia fue suficiente para perdonar los continuados desmanes del padre. Porque, conforme se disparaba la insensatez del viejo Palomeque  -dipsómano, mujeriego y despilfarrador-, crecían las virtudes de su hija, a la que se apreciaba con tanto fervor que los trabajadores de la casa se mantenían en sus labores pese a que los jornales les llegaban exiguos y con demora.

La casa de los Palomeque, surgida del desvarío del nuevo rico, fue, en su época, lugar de reunión de rentistas y pisaverdes a los que, de vez en cuando, se unía algún prestamista, más preocupado por el cobro del último pagaré firmado por el viudo que por las juergas que se corrían los señoritos que ayudaban a gastar los últimos cuartos de la hacienda.

La joven Marina, entre tanto, se refugiaba  -con sus labores de bordado-  en el jardín, en un templete donde, junto a un vistoso cenador, había instalada una pajarera de grandes proporciones en la que moraban exóticos pájaros que, poco habituados al clima, terminaban muriendo o -al decir de alguna criada- escabechados en la cazuela en los tiempos  -que los hubo-  de gran ostentación en la vestimenta pero escasa pitanza.

A la muerte de Palomeque  -todavía joven pero brutalmente desgastado por los años de exceso-  sólo pudo salvar su hija la propiedad de la casa y, aún con el cadáver caliente del padre, se vio obligada a deshacerse de muchos de los lujosos enseres domésticos que ornamentaban salones y alcobas.

En los años posteriores, Marina supo sacar provecho de los tiempos de opulencia de Casa Palomeque, cuando su padre, queriendo convertirla en una señorita de posibles, hizo que recibiera lecciones de solfeo, francés y bordado. Las hijas de las que un día fueron las criadas de Casa Palomeque se convirtieron en sus alumnas de piano y en el primer grupo de hábiles tejedoras, germen del actual, origen de una floreciente industria de artesanía en la que, de una u otra forma, colaboran todas las mujeres del Barrio.

Cuando Marina Palomeque, mayor ya, se retiró, escrituró la casa como cesión al Barrio y buscó acomodo en una residencia de ancianos regentada por religiosas.

 

En el pleno del Ayuntamiento celebrado a principios del mes de septiembre, se decidió, con la participación asamblearia de todo el vecindario, construir un albergue en la que siempre será Casa Palomeque. Ahí sigue, tras los andamios que la sustentan, su original fachada. Respetada. Como ella, Marina, pidió.

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Sisley siempre será el gato de la Nena; un gato gordo, paciente y tuerto, de la camada de felinos obtenidos por inseminación artificial que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio fue dando en adopción a las personas que consideró idóneas. Los criterios de idoneidad que antepuso la veterinaria tuvieron su coste: El ojo izquierdo de Sisley, una denuncia por maltrato animal contra el hijo de la entonces alcaldesa y la enemistad perdurable entre la veterinaria y el grupo político mayoritario en la alcaldía.
La Nena, ajena a la polémica suscitada, encontró en Sisley el compañero más adecuado para sus sencillos planteamientos cotidianos.

La Nena sobrepasa la cincuentena. Es cándida, afable, bella y silenciosa. Un derrame cerebral en plena adolescencia le arrebató los sueños de futuro dejándole, a cambio, sus hermosas facciones aparentemente inmunes a los años transcurridos y una juvenil sonrisa que ni siquiera desapareció de su rostro durante los días de convalecencia del gato, tras habérsele extraído el globo ocular.

Seguía sonriendo esta mañana, acunando a Sisley entre sus brazos, mientras su hermana le explicaba a la veterinaria que se llevaba a vivir a la Nena con ella a la ciudad, en un apartamento “donde no nos es posible tener un gato”.




Dicebamus hesterna die…

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La señora Benita  -hija, nieta, bisnieta y tataranieta de santeras y santera, a su vez-  dormita a la sombra, tras la rústica barra del bar que las Tejedoras[1] administran en las piscinas de la Huerta Blanquiador. De vez en cuando entreabre los ojos y los fija en algún bañista que se sirve alguna bebida o un helado de la cámara frigorífica; quizás para comprobar que el cliente hace uso del taco de papel que hay en la barra, donde la clientela anota su nombre y el producto que ha cogido del bar.

La señora Benita viste de negro de otoño a primavera y de alivio en verano. El alivio de la señora Benita consiste en alternar dos hábitos de calle, uno en morado y otro en gris, de diseño propio, que le cose su amiga Carmencita, una modista de las de toda la vida que, pese al diminutivo del nombre, supera con creces los setenta años.

Entre los veraneantes de la urbanización, la señora Benita tiene fama de ida, con sus trajes monjiles, sus escapularios y, sobre todo, el dije de plata de forma ovalada que reposa sobre su pecho, en el que, afirma, guarda “una uñeta del Niño Jesús”.

Para quienes viven en el Barrio durante todo el año, en cambio, las peculiaridades de la señora Benita no levantan ningún comentario. “¿Loca…? ¿Benita…?”, se extrañan cuando alguna persona ajena a los aconteceres locales hace alguna consideración sobre los modos y maneras de la santera. Porque para quienes son hijas e hijos del Barrio la señora Benita es, sobre todo, Benita, la de Casa Colasa, donde está el Mueso.


La historia -o la leyenda- del Mueso no tiene fecha precisa. Sucedió, según cuentan, cuando en el pueblo de Nocito se tenía por costumbre sacar el cuerpo incorrupto de San Úrbez para bañarlo en la balsa como rogativa contra la sequía. Ocurrió que, en uno de aquellos baños rituales, el pastor de Casa Colasa, que había acudido por su devoción al santo, se inclinó sobre los restos de San Úrbez y le dio un mueso (=en aragonés, mordisco) en una rodilla, llevándose un pedacito de la misma sin que ninguno de los presentes se percatara. De regreso al Barrio, cuando comunicó al amo de Casa Colasa lo que había hecho, éste le ordenó que reculara a Nocito y dejara el Mueso donde reposaba el santo. Cuando el pastor quiso salir de la casa para cumplir el mandado, el Mueso saltó de su mano al suelo. Y así sucedió cada vez que hizo ademán de marcharse. El dueño de Casa Colasa, al observar el prodigio, comprendió que el Mueso había elegido su ubicación y mandó construir una arqueta tallada en boj, con remaches de plata, para contener el resto orgánico. La arqueta fue colocada en un hueco hecho ex profeso en una alcoba –A Saleta O Mueso, se la llamaba- donde se alojó también al pastor, que vivió con la familia hasta su muerte.
Durante muchos años, A Saleta O Mueso fue lugar de culto para quienes deseaban obtener buenas cosechas o terminar con las enfermedades que diezmaban el ganado. Y cuentan que el Mueso ejerció su benefactora influencia hasta que, en los primeros meses de la Guerra Civil, el cuerpo de San Úrbez fue quemado. A partir de entonces, aseguran, el Mueso no sólo dejó de tener propiedades milagreras sino que trocó el color anaranjado brillante que había sido su seña de identidad por otro grisáceo y apagado.


NOTA

[1] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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«The Forest»: Kevin Arnold


Las cenizas del señor Anselmo, el último maquis del Barrio, forman parte, desde hace siete años, del bosque donde se mimetizaron sus sueños en la primera década que siguió al final de la Guerra (In)civil y en el que, unas semanas antes de su muerte, todavía se le podía ver dando cortos paseos, ayudado por un bastón de madera de boj que él mismo había tallado.

El señor Anselmo, que jamás poseyó más armas que una navaja de pico ganchudo y una tozudez indómita que le hizo inmune a cuantas reconvenciones y apercibimientos recibió de las autoridades, nunca fue perseguido ni detenido, pese a que en los años que pasó en aquel bosque, la bandera rojinegra ondeó de un árbol o de otro, haciendo que el jefe del puesto de la Guardia Civil comentara: “Vamos a acabar todos picando piedra”, lo que no le impedía colaborar en la manutención de aquel singular prófugo con pequeñas redomas de caldo del Somontano que le enviaba su suegro, un viticultor que, además, era el Jefe Comarcal de la Falange.

Cuando el señor Anselmo dio por terminada su aventura entre los árboles, regresó al Barrio, reparó la techumbre de la casa familiar, colocó la descolorida bandera rojinegra en la ventana del primer piso y se dedicó al tallado artístico de objetos de madera, a cuidar de sus colmenas y a escribir cartas -jamás publicadas- al periódico de la capital, criticando el régimen de Franco y abogando por una República Federal basada en el comunismo libertario. Los sucesivos jefes de puesto de la Guardia Civil heredaron aquella situación –la Situación, la llamaban-, pero nadie se atrevió a tomar medidas contra aquel anarquista que, mientras el vecindario asistía a la misa de once de los domingos, se apostaba junto a la puerta de la Iglesia y entonaba “A las barricadas” con una excelente voz de barítono.


Desintegrada la dictadura y legalizados partidos y centrales sindicales, el señor Anselmo cedió la planta baja de su casa como sede provisional de la Asociación de Cultura Popular donde, ocupando una de las paredes, se colocó -entre dos bloques de metacrilato- su vieja bandera rojinegra.

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Pese a que los teósofos vaticanistas anunciaron, años ha y tras sesudas reflexiones, la supresión del Limbo, existe en el Barrio, en la trasera de la ermita anatematizada, un bosquecillo de hayas que resguardan un calvero natural conocido, desde antiguo, como el Limbo de las Peinadoras, lugar mágico donde, según la leyenda, se le apareció la Virgen Negra a Tía Eduvigis, una anciana que ejercía de sanadora y partera y a la que la Iglesia acusó de brujería cuando, un día soleado, un rayo certero surgido del mismo bosque cayó sobre la talla medieval de la Virgen que presidía el santuario y la partió en dos.

Pocas semanas después del suceso, se corrió la voz de que uno de los tocones del calvero se había metamorfoseado en una figura oscura con las formas de una mujer embarazada, de rostro apenas esbozado pero dotada de unos labios increíblemente gruesos y a la que Tía Eduvigis, para escándalo de los concurrentes al prodigio, llamaba Nuestra Señora de los Morros de Cebollón.

La Iglesia tomó cartas en el asunto. Se serró el tocón y se contrató a un artista de imaginería religiosa para que diera forma y pintara la talla, convirtiéndola en una Virgen Blanca de extraordinaria belleza, figura estilizada y labios sabiamente recortados. La imagen fue colocada en la ermita y a Tía Eduvigis se le prohibió acercarse al recinto sagrado so pena de incoarle un proceso por brujería. Pero cuando se abrieron las puertas del templo para que los devotos admiraran la nueva representación virginal, ésta había desaparecido de su peana. Las gentes corrieron al Limbo de las Peinadoras y allí, en el calvero, hallaron a Tía Eduvigis arrodillada ante el tocón nuevamente convertido en Virgen Negra, como si jamás hubiera sido serrado. Cuando el canónigo de la diócesis, furibundo, quiso acercarse a la mujer, una luz cegadora inundó el calvero llevándose consigo a la anciana y al tocón, amén de la cordura del religioso que -dicen- murió loco unos meses después.

La ermita permaneció olvidada y maldita, junto al hayedo, durante muchos, muchos años. Se desmoronaron sus viejos muros y un tupido manto de hiedra cubrió los extraordinarios acontecimientos pasados hasta que, hace nueve años, y por suscripción popular, se iniciaron los trabajos de reconstrucción.

…Y a la izquierda del altar, en una hornacina orientada al septentrión, una Virgen Negra de vientre prominente y labios increíblemente gruesos parece sonreír, triunfante, a escasos metros del Limbo de las Peinadoras.

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Vuelve lo nuestro.

La fritura. Nati Mistral. El puchero. La troquelada reserva espiritual de Occidente. El cuadro de actores de Radio Madrid. El relumbrón de los caireles. El Alcázar sitiado. La faja. Los escapularios. Los libertadores…

El pan con vino y azúcar. Las tapias de los cementerios. La violetera. Los jardines de La Granja. El tocino rancio. El miriñaque. El caracolillo de Estrellita Castro. El agua bendita. El gol de Zarra. Las historietas del Jabato. Las enaguas. El volumen corporal de García Carrés. Los zapatos topolino. Pemán versificando los movimientos giratorios de Lola Flores. Los velones de aceite. Los cruzados. Gibraltar español…

Trotan por el Ruedo Ibérico las siluetas de los toros de Osborne guiadas por el águila azabache que aletea a los acordes victoriosos de la Marcha Real.

Una bandada de gaviotas cierra el cortejo…

En un recodo del camino, doña Concha Piquer, entona, al paso de la comitiva: “Apoyá en el quicio de la mancebía…”. A su lado, un gato siamés se sacude el polvo adherido a los bigotes, inicia una imperceptible sonrisa, bosteza y se acuesta, panza arriba, bajo el sol mañanero del vigésimo segundo día del mes de mayo.

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