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"Beach in"

«Beach»: Roberta Canestrari


Una decena de mujeres  -cuerpos bronceados que exhiben, orgullosos, las cicatrices del tiempo vivido-   se exponen al Sol en el terrazo al que se asoman la hiedra y los geranios.

En el ángulo del muro, donde todavía la sombra mantiene su reinado, revolotean, incansables, junto a la clemátide, mariposas blanquecinas que semejan pétalos danzarines desasidos de la pérgola que mantiene enhiesta la planta.

Entibia el Sol el agua retenida en la que se solazan los cuerpos acalorados y se llena la mañana de voces, chapoteos, crujidos de hamacas, trinos de pájaros y, de vez en cuando, de los graznidos de Cloto, el pavo real, confinado entre los árboles del merendero cercano.

Y así se desliza la mañana, en ardiente tobogán, hasta dar con sus abrasadas posaderas en las ascuas de la tarde.

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«Maj»: Archivo personal


Cuando Agnès y sus invitados se encontraban a pocos metros de la alberca situada al sur de la granja, unos graznidos ásperos y persistentes surgieron de entre los árboles que ornamentan y sombrean, formando una media luna, la orilla. “Es Per”, dijo Agnès con naturalidad. “Ni a él ni a Maj les gustan los intrusos. Consideran esta zona de su exclusivo dominio”, añadió sonriendo. “Vamos, vamos, Per, ¿qué ha sido de tu actitud hospitalaria?”.

Maj y Per, una pareja de ansares comunes permanentemente enamorados, y Dos, un macho de cisne de viudedad reciente, son los únicos habitantes, junto con la propia Agnès, de lo que antaño fuera una productiva granja provenzal que obtenía y vendía verduras, hortalizas, leche, trufas y miel, en un paraje donde, en el presente, los tulipanes y las amapolas han tomado posesión de los terrenos que un día fueran de cultivo.

La gente que vive sola se hace acompañar de un gato o un perro. Yo tengo a mis escritores comprometidos”, suspira Agnès Hummel.

Per y Maj, naturalizados voluntariamente en la pequeña laguna y sin ninguna veleidad migratoria, fueron llamados así en homenaje al matrimonio de escritores suecos de novela negra Per Wahlöö y Maj Sjöwall; Dos, en honor de John Dos Passos, circunstancia que la señorita Valvanera -amiga de Agnès desde hace más de cuarenta y cinco años-  considera “ideológicamente interesante” porque Wahlöö y Sjöwall fueron militantes comunistas convencidos y Dos Passos, en cambio, dejó de simpatizar con el comunismo cuando observó el cariz siniestro del estalinismo en los años negros de la Guerra (In)civil española, a raíz de la detención y desaparición de su amigo y traductor José Robles y de la persecución contra anarquistas y poumistas.


A la mañana siguiente, la anfitriona y sus invitados marcharon hacia Uzès. Desde el borde de la alberca, sin que el menor sonido se escapara de su pico, Per observó la partida del grupo humano con interés y, cuando el coche desapareció por el estrecho camino de tierra, regresó junto a Maj y redobló la guardia.

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"Retrospective": Bev Hodson

«Retrospective»: Bev Hodson


Hállase Silvestre restituyendo lacerantes bloques de recuerdos en el rompecabezas de la memoria que destruyó, años ha, en un intento no siempre conseguido de regodearse en la dicha de cada presente que barrenaba pretéritos de aflicciones.


[…]


Protegido con un delantal verde pistacho y un paño de cocina a juego colocado sobre uno de sus hombros, se afana Silvestre en elaborar, con briosos toques de rasera, un dorado ribete de igualadas puntillas en el huevo frito de dos yemas que reina, brillante, en el centro de la sartén puesta al fuego. “¿Lo quieres más hecho?”, pregunta a quien, sentado en la mesa, de espaldas a él, transcribe, con suaves roces de teclado, los retazos de vivencias que se amontonan en los labios del hombre.

Sobre una silla de cuero rojo descansa el libro por el que los debilitados ojos de Silvestre llevan transitando dos días. Tiempo destruido, de Víctor Pardo Lancina, con prólogo de Ignacio Martínez de Pisón.


Qué ominosos esos tiempos en los que una circunstancia así basta para convertir en un asesino feroz y despiadado a un ciudadano habitualmente pacífico y respetuoso de la ley-, dice Silvestre con los ojos cerrados.

¿Qué…?

Es del prólogo-, afirma, señalando con la cabeza el libro cerrado mientras deposita en un plato el engalanado huevo.- Pero no es verdad. Esos ya eran asesinos antes de empezar a matar… La guerra sólo hizo que pusieran en práctica sus malos instintos… Impunemente. A ese pobre hombre de Abiego al que lincharon delante de su hija… La guerra había terminado. No había combatientes que mataran para salvar la vida. No. Eran asesinos. Ellos y los que taparon sus crímenes.


Silvestre se sienta junto al comensal y se ajusta en los orificios nasales la cánula que conecta sus vías respiratorias con el dispensador de oxígeno. “Anda, termínate el huevo, que frío no es lo mismo. Luego haré café”. El octogenario estira un brazo, toma el libro entre sus manos y lo hojea hasta encontrar un marcador plastificado en el que, bajo dos margaritas secas, se lee: Para el mejor yayo.

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"Regno (Acquarius)":  Giovanni Auriemma

«Regno (Acquarius)»:  Giovanni Auriemma


Los últimos parabienes a la construcción del embalse de Biscarrués y sus balsas laterales los ha dado la Diputación Provincial de Huesca con el ferviente voto favorable de los representantes del PP, PSOE y PAR y la solitaria negativa de José Torralba, de Chunta Aragonesista, que es, además, alcalde del pueblo cuyas tierras han sido condenadas a servir de aguamanil de los intereses hídricos de los todopoderosos y siempre sedientos regantes del llano.

Hay que regular el río Gállego”, explican, con el cinismo dibujado en las corbatas, los prebostes de la Confederación Hidrográfica del Ebro.

«Hay que regular el río…«

Hay que regular, decretan, un río que en sus 215 kilómetros de recorrido, embalsa su flujo líquido en Formigal, Lanuza, Búbal, Sabiñánigo, La Peña y Ardisa, ya sea como aportación a centrales hidroeléctricas o como balsas y canalizaciones de riego.

Hay que regular, exigen,  un río cuyo aporte al Ebro, en su desembocadura, no sobrepasa el 10% de su controlado caudal.

Hay que regular, establecen, un río archiempantanado y detraer 35 hectómetros cúbicos de agua precisamente del territorio donde las gentes de sus orillas han convertido el curso acuático en un modo de vida respetuoso con la biodiversidad.


«La destrucción de un río por merma de sus caudales y/o la contaminación de sus aguas, transformado lo que fue belleza en fealdad y lo salubre en insalubre, es un hurto que hacemos a las generaciones venideras. Estamos obligados a confeccionar una lista generosa de ríos, cabeceras o tramos intocables, cuyo destino sea simplemente ser río, para el disfrute lúdico y estético, para un mayor acercamiento a la comprensión de lo que significa la naturaleza para el ser humano.«.- Fco. Javier Martínez Gil, catedrático de Hidrogeología de la Universidad de Zaragoza.

 

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Ya no acude la ferfeta (=en Arag., cigarra) a festejar el sueño de los estorninos negros que dormitan  -con el buche repleto-  en la minglanera (=en Arag., granado) que un día fuera observatorio de Timoteo, el mochuelo anciano y cojo que ahuyentaba a los ratones de campo de los humildes restos térreos que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio denomina, con orgullo, huerto. Relucen, expuestas a la abusiva luz de la farola que se levanta por encima del manzano, las minglanas (=en Arag., granadas) reventadas contra el suelo, recuerdo del festín vespertino de las glotonas aves que, cada día, toman posesión de los contados frutales mientras el ligero armazón cubierto con camisa y pantalones, que pretende oficiar de espantapájaros, se mece con suavidad impulsado por el revoloteo incesante de los pájaros.

Trae el cierzo, antes de que la luz del día se imponga a la  de los faroles, el aroma viejo del pan recién horneado que la señora Vicenta distribuye sobre el grueso paño que cubre la enorme mesa de la masedría (=en Arag., amasadero).

Y despierta el Barrio al trajín cotidiano mientras los estorninos, sin prisa, levantan el vuelo.

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Gabor Orgovanyi: "Let's Play"

«Let’s Play»: Gabor Orgovanyi

Cuando Zaramandico, el burro viejo, tiene “el día bueno”  -expresión que usa el señor Juan para indicar que no renquea tan aparatosamente como de costumbre-, se planta, firme, ante la cancela del prado donde habitualmente pasa el día para indicar que está preparado para llegarse  -sólo o en compañía-  hasta  la Rinconada de Esparceta, donde crece el pipirigallo, su forraje predilecto. Impaciente, observa con atención el camino arbolado que lleva al Barrio en busca de una presencia humana a quien dirigirse, con solemnes cabeceos, para que le abra la puerta.

A este burro sólo le falta hablar– dice, admirada, Sarita, la cartera rural, que cuando baja la correspondencia a la Urbanización suele tropezarse con la estampa del animal haciéndole mohines para que le facilite la salida. Pese a ello, la joven jamás se acerca a la cancela; ni siquiera sale del automóvil. Mantiene una distancia más que prudente desde que, un par de años atrás, recién incorporada a su puesto de trabajo, se dejó atraer por la imagen pintoresca del burro tumbado en el prado, se introdujo en los dominios de Zaramandico y, al tratar de hacerle una caricia, recibió un rápido mordisco en un brazo.

La acción del animal no trajo más consecuencias para Sarita que un buen susto, un hematoma considerable, la reprimenda del jefe de cartería por meterse en propiedad ajena y el prólogo a su emparejamiento con el ayudante técnico sanitario que le practicó la  primera cura en el Centro de Salud.

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«Towel-lites»: Jeici1


En el solárium se detiene el tiempo en las diez toallas ordenadamente dispuestas para recibir los envoltorios corporales que emergen del agua apenas acariciada por la indolencia del Sol matutino.

Los tejidos de felpa brindan a los primeros rayos la vivacidad de su colorido únicamente hollado por los botes de crema protectora y los libros que aguardan la humedad de la piel en las cubiertas que anuncian otros mundos imaginados.

La reina en el palacio de las corrientes de aire. Secreta Penélope. El rey felón. Los tres amigos. La Décima Sinfonía. Cartas de Grossi. La Bolsa de Bielsa. El pintor de sombras. Las hijas del frío. Cautiva en Arabia.

Viene y va el silencio entre los seres que, cumplido el ritual acuático, adecuan el ritmo de sus reflexiones a los signos ortográficos y al devenir de personajes de papel que hacen circular sus vicisitudes por territorios ajenos al que acoge los cuerpos yacentes al borde de la piscina.

[…]

I understand about indecision,
But I don’t care if I get behind.
People living in competition;
All I want is to have my peace of mind.

(…)

Take a look ahead.
Take a look ahead.
Look ahead.

Peace of Mind.- Boston.

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Clay Bodvin: "Still Life Room 1"

“Still Life Room 1”: Clay Bodvin


Niña, me podías dar de eso, que igual se me apaña la rodilla”, pide, zalamera, la tía Chele a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. ‘Eso’ es la dosis de glucosamina con que la veterinaria trata la artrosis de Zaramandico, un burro cercano a la cuarentena, considerado una reliquia por ser el último ejemplar de su especie que queda vivo en la localidad. Chelenée Pilar- es una vieja gitana de la misma quinta que la señorita Valvanera, la antigua maestra, a quien la veterinaria da el tratamiento de tía como señal de respeto, sin que exista entre ellas más parentesco que el derivado de compartir la misma etnia.

La señorita Valvanera y la tía Chele mantienen excelentes relaciones desde que la primera era una joven maestra a quien Antonio, el marido ya fallecido de la enjuta gitana, recogía cada domingo por la tarde en la carretera donde la dejaba el coche de línea y la acompañaba hasta el Barrio brindándole el fuerte lomo de Ponzano, el mulo, para salvar los últimos kilómetros de pista de tierra. El bucólico viaje se completaba los viernes por la tarde en sentido contrario, con parada obligada en la localidad de residencia de la pareja de  -entonces-  jóvenes gitanos, donde una muy dispuesta tía Chele entretenía a la señorita Valvanera hasta que el decrépito autobús tocaba la bocina para anunciar el inicio del recorrido hasta la ciudad.

Si al burro le va bien, ¿por qué no a mí? Los dos somos viejos”, insiste la tía Chele mientras observa con atención el brebaje de algas que se sirve la señorita Valvanera. “Huele a podrido”, le dice. “Pero es mano de santo, Chele”, replica la maestra.

A la tía Chele la recoge en el coche, dos o tres veces por semana, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio para subirla a pasar la tarde con la antigua maestra. Las dos añosas mujeres, de mentalidades y vidas aparentemente tan dispares, apuran las horas con palabras y silencios, compartiendo confidencias, remedios caseros para sus respectivos achaques y novelas de Anne Perry que la señorita Valvanera saca de la Biblioteca Municipal para su comadre la gitana. “Ya ves, Valvanera, qué desagradecida es la señora veterinaria, que no ayuda a esta pobre vieja”. “Lo que voy a hacer es pedirle una cita en el Centro de Salud y le cuenta a la doctora que a partir de ahora se va a convertir usted en paciente mía. Y habrá que hablar con el señor Juan para que le haga un hueco en la cuadra de Zaramandico”, bromea la veterinaria. “¿Qué te decía yo, Valvanera? Los gitanos jóvenes están perdiendo el respeto a sus mayores”. La tía Chele ríe mientras hace amago de abofetear el rostro de la veterinaria.

Un fallido intento de cierzo hace que ondeen los visillos de la ventana de la cocina de la señorita Valvanera. “Ojalá refresque”, suspira la maestra.

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Poupchen

only_dreaming_vacation

«Only dreaming vacation»: D. Wearhersby


Durante muchos años, la abuela Nené sólo supo que el hombre que la transportó en brazos desde el Puerto Viejo hasta la frontera francesa se llamaba Victorián, había nacido en Graus y pertenecía a la División 43ª del Ejército Republicano. Corría el año de 1938 y la abuela Nené, el abuelo Lájos y el hijo de ambos, el tío Barsaly, un bebé de pocos meses, acababan de llegar a Bielsa, el último reducto del Ejército Republicano en Aragón, aunque no huían de la guerra sino de la familia de ella, a la que llevaban dos años burlando y cuyas maldiciones y amenazas les producían tanto temor como los terribles bombardeos que terminarían destruyendo el postrer refugio español a donde les había llevado su imparable huída.

La abuela Nené y el abuelo Lájos se conocieron en la primavera de 1936, cuando ella apenas había cumplido trece años y él, integrante de un circo ambulante, confesaba diecisiete, aunque ni la una ni el otro poseían documentación que acreditara sus lugares y fechas de nacimiento. La familia de la abuela Nené procedía del sur de Portugal; el abuelo Lájos afirmaba haber nacido en Italia, de familia de romaníes austro-húngaros.

A la familia de la abuela Nené -tratantes de ganado-, la irrupción de aquel jovenzuelo de agradable sonrisa y lenguaje incomprensible, dejó de parecerles oportuna cuando descubrieron que no eran las caballerías sino Nené, la joya de la familia, la razón principal del abandono del circo, así que, tras apalearle a modo de advertencia, desmontaron el campamento permanente en las proximidades de la legendaria Sierra de Sevil y decidieron emprender el regreso a Portugal, abandonando en la sierra prepirenáica al muchacho, sin más pertenencias que la ropa que llevaba puesta. Aquella misma noche, Nené, ayudada por su hermana Mageni, huyó de la familia y marchó a reunirse con el abuelo Lájos, con el que terminó instalándose en Francia tras dos años de penurias y huída por la provincia de Huesca de las que el único recuerdo grato, amén del amor que se profesaban, fue el nacimiento de su primer hijo, el tío Barsaly, bajo un antiguo puente, hoy desaparecido, sobre el río Alcanadre, al que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio -nieta de la abuela Nené y del abuelo Lájos, conocidos familiarmente como Poupchen y Zouni-, llama Río de Barsaly.


Victorián Lanau Lascorz, el grausino que ayudó a la abuela Nené y al abuelo Lájos a cruzar la frontera, regresó a España a principios de la década de los cincuenta, instalándose en Pamplona, ciudad en la que falleció el 19 de agosto de 1972.
Pero, niña, ¿cómo vas a ser tú gitana con ese pelo rubio y esos ojos azules de valquiria?”, cuentan que le decía, bromeando, a la abuela Nené.



POST SCRIPTUM

El abuelo Lájos falleció en su casa de Béziers (Francia) en agosto de 2008. Parte de sus cenizas fueron esparcidas en las inmediaciones de la ciudad húngara de Debrecen, lugar donde, en 1933, había visto a sus padres, hermanos y hermanas por última vez  Sería también en Debrecen, pero en 1974, donde se reencontraría, gracias a las autoridades húngaras, con Jespolá, su hermana menor.

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«Cuando regrese el viento»: Archivo personal


A Pascuala, la de la tiendeta de Constancia, se la conoce, de cuerpo presente, como Pascualita y, en ausencia, como la Gripia (=Arag., víbora, arpía), apelativo éste que en ningún caso hace justicia a los ofidios, en palabras que la Sra. Benita, la santera, resuelve con la coletilla “porque a gripia ista ye más mala qu’ arrancau» (=Arag., expresión referida a persona de aviesa intención).

De las malas artes de Pascualita quien más sabe y nunca cuenta es la señorita Valvanera, la vieja maestra, a quien -dicen- hizo la vida imposible en treinta y uno de los cuarenta años de ejercicio profesional. El curioso acotamiento del tiempo dedicado al incordio y la maledicencia contra la maestra se hace coincidir con el auge y caída, en los confines del Barrio, de la Sección Femenina del Movimiento, sociedad a la que Pascualita dedicaba los momentos de parón entre denuncia y falso testimonio. Dicen que era tal el aborrecimiento que tenía la hija de Constancia por la entonces joven maestra, que no dudó en hacer llegar al Obispado una carta con el Ave María de rigor en la que ponía en tela de juicio la honorabilidad en las relaciones entre mosén Ramiro, el cura viejo, y la señorita Valvanera. Mosén Ramiro, que poseía tantas dosis de bondad como de mal genio, advertido por sus superiores, increpó a la correveidile en la misa dominical. “¡Llamarme rijoso a mí, desgraciada!”, afirman que vociferaba el cura desde el púlpito de piedra. Fue tal el escándalo que, a partir de entonces, y mientras el mosén vivió, Pascualita cumplía con sus deberes con la Santa Madre Iglesia en el pueblo vecino, donde, entre las penitencias encomendadas por el colega de mosén Ramiro, no debía de encontrarse terminar con el acoso a la maestra, a quien la Gripia siguió incordiando con tanta saña como desatino unos cuantos años más.

A Pascuala -“Pascualita. Siempre me han llamado Pascualita”, suele decir-, alias la Gripia, una mala caída le dañó la cadera de manera irreversible, viéndose obligada a utilizar un andador que sustituyó a la silla de ruedas en la que estuvo confinada cerca de un año; silla de ruedas que, durante el tiempo benigno, era empujada por la señorita Valvanera, jubilada ya de los menesteres escolares, y que jamás mencionó los momentos desagradables que le hizo vivir en el pasado aquella a quien solícitamente paseaba.

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