—¿Os acordáis de monsieur le clochard?-, pregunta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, que barniza la encimera de la barra del bar de las piscinas de la Huerta Blanquiador.
La mayoría de las componentes de la Asociación de Mujeres -atareadas en el acondicionamiento de la zona ajardinada que separa la cafetería del recinto para bañistas- asiente, tal vez recordando aquel otoño de la edad de la inocencia cuando la veterinaria, entonces una chiquilla de apenas diez años, regresó por tercer año consecutivo al Barrio, al campamento de romaníes franceses que se instalaba en la explanada mientras duraba la temporada de vendimia.
La señorita Valvanera, la maestra, acogía con afecto -y, según algunas madres del Barrio, con excesivo empalago– a las siete u ocho criaturas del campamento que acudían a la escuela un número indeterminado de jornadas para marchar de nuevo a otras tierras y otras escuelas, allí donde las llevara la trashumancia laboral de sus familias. Pero siempre volvían al Barrio.
—Mam’zelle Valvanera, este verano hemos hecho deberes con monsieur le clochard-, dijo un día la veterinaria, niña aún, a la maestra.
—¿Quién es el señor Clochard?-, se interesó la maestra.
—Je sais pas… Llegó un día y se quedó con nosotros.
Monsieur le clochard, apelativo que sustituyó el patronímico ignorado de aquel peculiar personaje, era un ferrolano cincuentón, errabundo, polígloto y de inteligencia cultivada que se había unido a la caravana romaní a finales del otoño anterior. A cambio de comida y alojamiento, se ocupaba de infundir en la chiquillería la curiosidad suficiente por lo que, en aquellos años, se denominaba, casi con veneración, cultura general.
El siguiente otoño, cuando volvieron los gitanos a su lugar en la explanada de la otra orilla del barranco, monsieur le clochard ya no iba con ellos. Hombre inquieto y vagabundo por convicción -que así lo definía la señorita Valvanera– trazó un nuevo itinerario dejando en la roulotte donde pernoctaba una muda escrupulosamente doblada y un ejemplar, en encuadernación de lujo y edición en francés, de El vagabundo de las estrellas, de Jack London, que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio regaló, algunos años después, a la maestra el día que esta se jubiló.







