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Posts Tagged ‘Barrio’

«The Order of the Silver Spoon”: Clay Bodvin


El último intento de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio para evitarse la engorrosa faena de limpiar el cardo, plato principal y tradicional de la cena de Nochebuena, ha sido vano. “¿Qué pensará Presen si se entera?”, ha dicho la señorita Valvanera mientras guardaba, bien escondidos en la despensa, los cinco tarros de cardo envasado comprados por la veterinaria en un supermercado de la ciudad.

Los cardos del invernadero, cuidadosamente aporcados para obtener el color blanquecino de las nutritivas pencas, son el orgullo de la señora Presen, la dueña, que, amén de surtir a particulares y establecimientos de la comarca  -y aun de localidades alejadas-, atraídos por la calidad, el tamaño y el color de la hortaliza, disfruta reservando para la señorita Valvanera el mejor ejemplar de la cosecha, aquel que, según la textura de los prolongados peciolos, considera más tierno y jugoso. “Se llevaría un disgusto”, argumenta la vieja maestra, a quien la familia de la señora Presen suministra el cardo navideño desde principios de los años sesenta.


En el Barrio la Nochebuena sabe, sin excepción, a cardo con salsa de almendras y a empanadico de calabaza; entre uno y otro, el bacalao al ajoarriero, el besugo asado con longaniza, el ternasco con salsa de setas, el ternasco asado con patatas a lo pobre y otras exquisiteces, según los gustos, completan el festín de las familias.

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«Home sweet home»: Freshwater2006


Rutilan, bajo un sol esforzado pero apenas cálido, las diseminadas manchas níveas que maquillan, a brochazos desiguales, el rostro boscoso de la sierra. Y se llega el frío, disfrazado de domingo soleado, hasta la puerta del Salón Social, donde la ociosidad y el calor del fogaril lentifican el tiempo entre chácharas, bocados y hojas de periódico pasadas sin premura.

Las Tejedoras de la Asociación de Cultura Popular, van y vienen, vienen y van, entre las mesas, sirviendo chiretas y longaniza a la brasa a la siempre agradecida parroquia local y foránea.

Un grupo de vascos que tomaron el albergue el viernes por la tarde en alegre pero discreta procesión, observan con curiosidad los cuasi uniformes envoltorios humeantes dispuestos en una fuerte térrea y cuyo aroma a especias abraza al de los generosos trozos de longaniza. “Probad las chiretas (así se llaman) y luego os cuento de qué están hechas”, les dice la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio mientras reparte platos y vasos metálicos, cubiertos de plástico y servilletas de celulosa.

Cerca de los troncos que sirven de alimento al orgulloso fuego que templa el ambiente, una descolorida bandera de Aragón parece ejercer de guardiana de una rústica estantería donde, en apretado desorden, conviven el Diccionario Aragonés de Rafael Andolz, la Gramática Aragonesa de Francho Nagore, varios ejemplares de flora y fauna del Alto Aragón, la Vida de Pedro Saputo de Braulio Foz, A lueca de Chuana Coscujuela, cuatro o cinco libros de Fernando Lalana, la colección completa de novelas infantiles de Asun Velilla y diversos volúmenes de poemas en las diferentes variantes del aragonés.


En un lateral de la estantería, en dos hojas manuscritas amarilleadas por el tiempo y el humo y sujetas a las irregularidades de la madera por ocho chinchetas, todavía pueden leerse unos fragmentos del poema en cheso de Veremundo Méndez, Las flamas de lo fogaril:

 

[…]

Una nuey, recién cenáus,

mirando las flamas yeran,

prexinando cada cual

u pensando a su manera,

rodiando lo fogaril

toda una familia entera,

en aquella nuey d’ivierno

que l’ausín chiflaba fuera,

chelando a la nieu que empliba

los telláus y las carreras.

Yeran bien aposentáus

en dreita y zurda cadiera,

y, cara a cara lo fuego,

bellos en escamilletas

escuitando, que lo güelo

fablaba d’estas maneras:

– A mí, porque ya só viello,

muita vida no me queda;

pero a estos fogaríls

y polidas chamineras,

que por cientos las añadas

todas, u cuasi, las cuentan,

a morir son condenadas,

como yo, por estar viellas.

[…]

La vida que ve trayendo

con lo tiempo cosas nuevas,

fa aquí, como en otros puestos,

que muitas cosas se pierdan:

levan calzóns cuatro viellos,

ya se´n fueron las gorgueras,

rondas no’n sientes dinguna,

¡lo tañer ye una fatera!,

¿bailar la jota? ¡soniando!:

ixo, antis más, diz que feban.

Albadas y palotiáus,

romances y sobremesas

iz que cien años ta zaga

aqui’n lo lugar bi-n-heba.

[…]

Ya no tartié más lo güelo;

miré lo fuego que ardeba

y lo altas que puyaban

las flamas la nuey aquella.

Poco a poco se apagueron

como si s’hesen dau cuenta

de lo que d’ellas fablaba

y s’hesen muerto ¡de pena!


NOTA

Poema musicado por Pepe Lera e interpretado por el Grupo Val d’Echo.

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«Second-Hand Bling»: Clay Bodvin


Las guijarros artísticamente incrustados en la mesa del jardín relucen salpicados por la lluvia que también repiquetea, cual travieso duende de Otoño, en los cristales de la ventana del Cuarto de los Cataticos, donde cientos de figuritas y objetos de porcelana, cobre, plata, alpaca, cristal, piedra, madera, tejidos y arcilla, representando pastorcillos, damas dieciochescas, muebles diminutos, animales de todas las especies, ceniceros, platos, pipas, arcos y flechas, máscaras…, ornamentan muebles y paredes en ordenada, aunque aparentemente casual, disposición. Son los cataticos que dan nombre a la amplia pieza que oficia de recocina, comedor y salita de diario en la casa de la señorita Valvanera.

A través de la puerta abierta de la cocina penetra en el comedor emperifollado el aroma de la pierna de ternasco que se hornea mientras la antigua maestra y sus invitadas  -la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y su hija-  avían la mesa para la comida.

En el vetusto tocadiscos un viejo vinilo de csárdás expande por la estancia sus sones in crescendo y las dos invitadas evolucionan por la habitación al ritmo de la música; la señorita Valvanera, con una fuente de apañijo en las manos, las contempla sonriente.

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Agüerro

«Autumn/Otoño»: Cristina Garrosa Navarro


…pasado el azud, donde las ramas de los árboles techan el camino con vivos y abrazados arcos desiguales, sisean las primeras hojas caídas bajo las patas vacilantes de Zaramandico, que regresa, entre airados rebuznos, de su abortada excursión al Saso. Escoltado por el señor Juan y la veterinaria  -que resoplan fatigados por las carrerillas a las que el milagroso vigor del animal les ha obligado-,  Zaramandico, con los ollares distendidos y los belfos temblorosos, cabecea molesto por el bozal de cuero que asen firmemente sus obstinados cancerberos.


…y al final de la bóveda sombría trenzada por el ramaje, los anémicos rayos de Sol se entretienen sobre las mechas pardas del suelo que, cual heraldos, anuncian la presencia ocre y húmeda del Otoño.

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«Tree of Life»: Stefano Menicagli


«Esta es la albada del viento. La albada del que se fue…»


A las ocho, el bar del Salón Social sirve los primeros desayunos al grupo de paseantas -así se las conoce-  que, como cada domingo, terminan frente a la barra  -donde tanto se esmera Josefo, el encargado-,  el recorrido pedestre iniciado dos horas antes por los alrededores del Barrio.

Junto a la parrilla del hogar, dos bandejas con rebanadas de pan frotadas con ajo y untadas con aceite, que compiten, en incitante prestancia, con una fuente de torrijas, son tomadas al asalto por las andariegas y el resto de madrugadores que, a intermitencias, van ocupando banquetas y mesas en rito dominical convertido, con el paso del tiempo, en tradición.

Esta madrugada se ha muerto Labordeta”, anuncia Josefo a quienes se incorporan al peculiar encuentro gastronómico.

Se escuchan las voces con el verbo apasionado. Decrecen. Desaparecen entre sorbos de café y pan masticado y engullido. Van y vienen mientras se vacían tazas, vasos y platos y se esparcen las migas sobre mesas y tarima.

Trastea Josefo en el equipo de música y suena   -más emotiva que nunca-   la Albada.

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Atardecer empíreo

«El jardín de las delicias»: Archivo personal


Cimbrea el viento dos bajeles agrisados que rozan con sus delicados cascos las redondeces de la vecina sierra y se reclina la tarde sobre la tibia languidez de los felinos.

Viene, tambaleándose, la noche por el camino del río.

Refulgen en el fogaril las brasas y el aroma de la carne levita entre la hiedra, el césped y las matas floridas.

Susurran las voces los últimos pretéritos compartidos y otean los gatos las figuras que desfilan, en indeseada despedida, por el jardín.

Cuando la noche alcanza el rosal que se recuesta contra el muro, las ocho mujeres  -sentimientos y estómagos henchidos-  desaparecen en el interior de la casa. Y en la atalaya del vergel se desperezan los félidos.

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"Entre rastrojos"

«Entre rastrojos»: Archivo personal


Entre rastrojos, la improvisada senda donde los pies peregrinos desbaratan el organizado futuro de las hormigas.

A golpes de suela, mientras la humana mirada se distrae en alejadas metas, perecen ellas.

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"Beach in"

«Beach»: Roberta Canestrari


Una decena de mujeres  -cuerpos bronceados que exhiben, orgullosos, las cicatrices del tiempo vivido-   se exponen al Sol en el terrazo al que se asoman la hiedra y los geranios.

En el ángulo del muro, donde todavía la sombra mantiene su reinado, revolotean, incansables, junto a la clemátide, mariposas blanquecinas que semejan pétalos danzarines desasidos de la pérgola que mantiene enhiesta la planta.

Entibia el Sol el agua retenida en la que se solazan los cuerpos acalorados y se llena la mañana de voces, chapoteos, crujidos de hamacas, trinos de pájaros y, de vez en cuando, de los graznidos de Cloto, el pavo real, confinado entre los árboles del merendero cercano.

Y así se desliza la mañana, en ardiente tobogán, hasta dar con sus abrasadas posaderas en las ascuas de la tarde.

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"The sunshine in"

«The sunshine in»: Archivo personal


A media mañana,  el nimbo compacto que a modo de parasol marengo mantenía al Barrio aislado del efecto de la luminosidad solar, se tornó quebradizo, y, entre las transparencias blanquecinas de sus costurones, avanzaron los rayos perseguidos por los ciprínidos.

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Ya no acude la ferfeta (=en Arag., cigarra) a festejar el sueño de los estorninos negros que dormitan  -con el buche repleto-  en la minglanera (=en Arag., granado) que un día fuera observatorio de Timoteo, el mochuelo anciano y cojo que ahuyentaba a los ratones de campo de los humildes restos térreos que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio denomina, con orgullo, huerto. Relucen, expuestas a la abusiva luz de la farola que se levanta por encima del manzano, las minglanas (=en Arag., granadas) reventadas contra el suelo, recuerdo del festín vespertino de las glotonas aves que, cada día, toman posesión de los contados frutales mientras el ligero armazón cubierto con camisa y pantalones, que pretende oficiar de espantapájaros, se mece con suavidad impulsado por el revoloteo incesante de los pájaros.

Trae el cierzo, antes de que la luz del día se imponga a la  de los faroles, el aroma viejo del pan recién horneado que la señora Vicenta distribuye sobre el grueso paño que cubre la enorme mesa de la masedría (=en Arag., amasadero).

Y despierta el Barrio al trajín cotidiano mientras los estorninos, sin prisa, levantan el vuelo.

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