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Posts Tagged ‘primavera’

Giróvagos

«Landstreicherin»: Archivo personal

Cuando Iliane, Ana y Étienne enfilan el carril-bici de la avenue des Minimes, ya se halla Katiuşa  con el cupo de turistas alemanes a su cargo  junto a la vieja noria de agua del Jardín Claude Nougaro, al lado de la Casa de España, retrocediendo al pasado del hoy populoso barrio de Toulouse, cuando en el actual trazado de modernos bloques y encantadoras casas toulousaines[*], se extendía el colorista reino de los horticultores que regaba el Garona y curvaba el Canal de Midi.

Gorjea el parque, envuelto en efluvios de jazmines y violetas, emulando al desaparecido cantor Nougaro, gloria permanente de la orgullosa ciudad occitana, y se internan guía, alemanes y ciclistas en la floresta, rozando con la vista el monumento en bronce sobre piedras esculpido por el expatriado Joan Jordá a la memoria de los exiliados españoles.

Veinte minutos después de cortas zancadas bajo la rutilante esfera solar que hace ascender la temperatura hasta los 22º, muestra Katiuşa a los incansables teutones las mansas aguas del puerto de l’Embouchure, con las barcazas meciéndose arrítmicamente junto al empedrado embarcadero que vigilan los Ponts-Jumeaux.

Al atardecer, con los alemanes recogidos en su hotel de la rue Héliot, abre Katiuşa la ventana   la que da a la place d’Arménie  de la salita de la casa de la Hermana Marilís, y escapan, traviesas, las notas del Cumpleaños Feliz desde el violín de Étienne. Y ríen Ana e Iliane mientras Marilís rasga, complacida, los papeles cromáticos que envuelven los regalos traídos del otro lado de los Pirineos.


NOTA

[*] Son casas tradicionales de trazado simétrico, de planta baja y construidas, mayormente, con ladrillos rojizos; con una puerta central y una o dos ventanas a cada lado, generalmente resaltadas. Poseen, además, una moldura que marca la separación entre el techo y el hueco abuhardillado bajo el tejado. Antiguamente, eran las viviendas de los hortelanos que trabajaban en lo que hoy es el barrio des Minimes.

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«Almendrera con la nieve de Guara al fondo»: Archivo personal


Alzan los inocentes almendros sus viejas ramas trajeadas de primavera a los limpios azules de la atmósfera radiante y despejada de cirros errabundos.

Deambula, galbanoso, el cierzo ligeramente entibiado entre la urdimbre sedosa de tímidas pentapétalas ajenas al invierno insumiso que, desde la cúspide nívea del tozal soberano, organiza los restos de su tropa de escarcha.

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«Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol; de repente, el cielo se volvió rojo como la sangre. Me detuve, me apoyé en la valla, indeciblemente cansado; lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito, de la naturaleza.»Edvard Munch.


…y aúlla…


Cuando la longitud de las modernas grúas compite con la majestuosa alzada de las cumbres. Cuando la hondonada que oficiaba de cabañera se transforma en vertedero incontrolado. Cuando la fauna silvestre yace, cual fúnebres mojones inanimados, a lo largo de la carretera. Cuando una aberrante alfombra renegrida sustituye los bosques de coníferas. Cuando se le conquista orilla al anciano cauce de aguas apacibles. Cuando entre la especulación y el sentimiento bucólico no hay un equilibrio razonable.


…y se defiende.


Rugió el cierzo y lanzaron los cirros hirientes navajas acuosas. Tronaron los promontorios pétreos y rasgáronse sus costurones de hielo.

…y resiguió el líquido brutal las ancestrales huellas invadidas por el factor humano.

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«Bruna»: Archivo personal


Resbala la tarde por la artesanal barbacana que bordea los huertos encarados al azud, al otro lado de donde el majestuoso y solitario cedro del Himalaya inclina levemente su grueso tronco hacia la torrontera. Erguida —cual elegante esfinge— presidiendo el paisaje de cebollas y verduras en la parte más elevada del rústico adarve, hállase la gata. Inmóvil. Hierática. Centrada su ambarina mirada en el majuelo del saso[*], donde una pareja de perdices rojas alea y apeona entre los cepellones.


NOTA

[*] En Aragón, elevación con paredes verticales y cumbre llana.

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«Cerezos en flor bajo la Sierra Caballera»: Santiago Castilla


Sin mudar color, descarga el cielo cuatro goterones que se estampan, ovalados, contra los pedruscos dispersos de la trocha que lleva hasta los cerezos en flor. Las mujeres no aceleran el ritmo de la suave marcha y la lluvia, ahora refinada, les roza los cuerpos acalorados que descienden, indolentes, hacia el camino, con la Sierra Caballera a la espalda.

Cerca de dos horas y media tardan, todavía, en llegar a la restaurada Caseta de los Pobres[1]. En las alturas, un esbozo de arco iris  uno de cuyos extremos parece anudado al lejano pico de Gratal  se proyecta, tenue y descolorido, hacia la alberca de Alboré, en una lejanía de llanos verdes salpicados de bojedales, erizones, amapolas y madreselvas que bordean el camino de Lupiñén compitiendo con el señorial balcón florido desde donde ella, sonriente, saluda a las sudorosas andariegas que, alargando, ahora sí, sus zancadas, arriban hasta el portalón y lo traspasan con el cansancio pellizcándoles las desnudas pantorrillas.


NOTA

[1] Pequeña edificación de unos 8 metros cuadrados en forma de iglú que en el siglo XIX y principios del siglo XX servía de refugio a vagabundos y buhoneros.

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«Drumlaheen»: Douglas Ross


Si no nos damos prisa, ese nubarrón va a descargarse sobre nuestras cabezas—, advierte Iliane acelerando el impulso de sus pies sobre los pedales de la bicicleta, en el camino bordeado de robles rojos del bosque de Bouconne —recién vestido de primaveras que semejan otoños— a pocos kilómetros de la casa de su anfitrión, monsieur Lussot, en Lévignac-sur-Save.

Quince minutos después de abandonar la floresta y zigzaguear entre las sinuosidades de un atajo abierto entre las tonalidades verdosas surgidas de la fertilidad de la tierra, se entrevén las primeras edificaciones y, a la derecha, con su elegante fachada, la Maison du Barry, señorío del complaciente conde del mismo nombre, a quien los escarceos públicos de su esposa con Luis XV tanto rentaron.

Tres kilómetros y medio más allá, al pie de la colina, los familiares azulejos añiles del pigeonnier[1] anexo al recién rehabilitado retiro de monsieur Lussot, el viejo fotógrafo itinerante. Por detrás de la casa, un camino asfaltado entre campos desemboca en la carretera que continúa hasta Thil, donde Félix Carrasquer y Mati Escuder, pedagogos anarquistas, recompusieron sus existencias y lanzaron al aire fecundas semillas de libertad.

¿Han disfrutado de la excursión?—, pregunta madame Léonie, la mujer que se ocupa de monsieur Lussot. —Va a llover de un momento a otro.

Sobre la mesa de la cocina, con su formidable superficie forrada con hule azul pálido, media docena de apetitosos y henchidos cruasanes rellenos con trocitos de tomate, huevo duro, champiñones, aceitunas y lechuga esperan a las tres ciclistas que se lavan las manos en la reluciente pileta de granito del lavadero de la entrada.

A esta jovencita es mejor vestirla que alimentarla-, susurra la Hermana Marilís señalando, divertida, a Iliane, que, tras engullir dos cruasanes, se dispone a dar cuenta del tercero.


Revolotea la noche sabatina aleteando por la troposfera y envolviendo en sombras el pigeonnier, la casa y la colina; murmura la vida agazapada entre sueños, se pertrecha la lluvia en su invisible morada y ulula el autillo apostado entre el ramaje.


NOTA

[1] Se trata de una construcción típica de varias zonas de Francia que consiste en un torreón con un palomar en la parte superior.

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«Primavera»: José María Cuéllar


Primavera. Cimbrean, en compacta escultura de verdes oscuros,  las refulgentes hojas de la camelia que habita en la humilde tinaja centenaria del jardín renacido de la señorita Valvanera, en el rincón del porche donde se afanan las golondrinas en reforzar los viejos nidos que la maestra cubre delicadamente durante el invierno.

Primavera. Asoman, aun chicuelas, las amapolas que jalonan, en maravilloso caos, el desdibujado límite entre el coquetuelo jardincito y la pendiente asilvestrada que resbala, entre margaritas y tomillo, hasta la curva sombría que describe el río sajando el tozal en dos promontorios de arenisca petrificada donde anidan y se sacian los treparriscos en sus limitadas visitas invernales.


Mayea, lánguido, el Sol y se retiran las nubes alejando de las súplicas terrígenas su codiciada carga.

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"The sunshine in"

«The sunshine in»: Archivo personal


A media mañana,  el nimbo compacto que a modo de parasol marengo mantenía al Barrio aislado del efecto de la luminosidad solar, se tornó quebradizo, y, entre las transparencias blanquecinas de sus costurones, avanzaron los rayos perseguidos por los ciprínidos.

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