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«Los últimos restos de la nevada»: Archivo personal

 

Desde el pretil sobre el río, junto a la placeta donde se localiza el oratorio de la abadía, se divisa —a través de las delicadas hilachas del calabobos que las nubes llevan tres días ininterrumpidos descargando sobre el Barrio— la suave pendiente que desciende entre la pardina Gabarre, donde todavía se mantiene en pie una pared del esconjuradero, y el prado de La Palanga, improvisada pista de esquí de inviernos infantiles. En esa ladera, el señor Inazio —un gigantón de rostro poco agraciado pero de buen carácter, a quienes todos llamaban el Ogro Bueno— enseñó a esquiar a dos generaciones de chiquillos y chiquillas que, desprovistos de bastones y siempre vigilados por el voluntarioso monitor, se deslizaban por el familiar declivio con las tablas en cuña, en controlada frenada que solía acabar, sin contratiempos, en el vasto terreno de pastos cubierto de nieve.

Al final de La Palanga, delimitando el terreno que separa un término municipal del otro, se encuentra el bosquecillo comunal donde, no hace tantos años, se esparcieron las cenizas del señor Anselmo, el Anarquista, enlace y ojos, a mediados de los cuarenta, de los guerrilleros de la partida de Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, que anduvo escondido con sus compañeros maquis por la Sierra de Guara desde mediados de 1946 hasta ser apresado por la Guardia Civil en la Central Eléctrica de Huerta de Vero, donde, además de conseguir refugio al amparo de la familia de guardeses de la Central, los guerrilleros poseían su propia emisora. El 23 de enero de 1947, tras una batida de las fuerzas represoras y el posterior enfrentamiento entre guardias y maquis, Villacampa fue el único guerrillero superviviente. Juzgado en Consejo de Guerra, Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, fue condenado a muerte, siéndole conmutada la pena capital por la de reclusión perpetua; no obstante, fue liberado en 1963. Ya en democracia, en las Elecciones Municipales de 1979, Joaquín Arasanz obtuvo el acta de concejal por el Partido Comunista en el Ayuntamiento de Barbastro. Murió en 1995.

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«Ciorbă de fasole»: Archivo personal

 

María Petra, la alcaldesa del Barrio, contempla con cierta aprensión los singulares recipientes de pan que Mariángel, la camarera del Mia-te tú, acaba de colocar delante de cada una de las comensales que comparten la mesa más próxima al aparador. “Pero… ¿y esto…?”, pregunta, recorriendo con la vista los rostros de sus compañeras. “Lo que habéis pedido”, se apresura a responder Mariángel. “La versión original rumana del potaje de alubias que ha preparado Mª Ríos”, explica Marís. “Ciorba de fasole o como quiera que se pronuncie. Si te hubieras molestado en leer la pizarra con el menú del día…”, añade Lurditas, la alguacila. “Anda, ataca ya la sopa que está buenísima”, alienta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Abandonan el comedor para tomar el café en la dependencia que, años ha, fuera garaje y que, al ampliar el restaurante, Mª Ríos y sus socios transmutaron en despensa y bodega. El fortín, lo llaman; un lugar impoluto de paredes encementadas, con estanterías metálicas ancladas en los muros y una vetusta y pesada mesa de madera cuyo tablero veteado refulge siempre como si lo acabaran de encerar. En el fortín, que carece de cualquier fuente de calor, habita, perenne, el frío; incluso en verano.

Jodo, María Petra, ni que fuera una reunión secreta. ¿No nos podías haber citado en un lugar más templado? En el bar, por ejemplo”, se queja Emil, que llega junto a Étienne y Óscar. “¿Con las elecciones aragonesas en marcha y vosotros llenando el pueblo de pasquines insultando a los candidatos? Bastante movida he tenido con Rafael por el cartel que pusisteis en el tablón de anuncios del Ayuntamiento incitando a bajar a Huesca a boicotear el mitin de la ultraderecha”. “Que no fuimos nosotros, joder”. “Bueno, vamos a lo que importa. La leña para las hogueretas del viernes ya está cortada. Alguien tendrá que recogerla con el remolque y apilarla en los soportales de la abadía, para tenerla a mano”. “Yo misma”, se postula Lurditas. “No, tú no, que estás muy liada y tienes que ir a recoger la carne que encargamos. Y vosotras”, señala a Marís y la veterinaria, “¿tenéis inconveniente en revisar los sacos de patatas para asar que nos han traído? Me ha dicho el señor Manuel que, cuando las recogió, algunas no tenían buena pinta. Y… chicos”, se dirige a Emil, Óscar y Étienne, “cuando terminéis con la leña, podéis pasaros por mi casa que, entre los cuatro, limpiaremos y bruñiremos las parrillas, que están ennegrecidas a más y no poder. ¿Os viene bien?”. […]

 

Y así, con el eco de las órdenes de la munícipe y amiga enmascaradas tras un tono afable, el vaho de los alientos componiendo una blanquecina masa anubada y la tibieza del café dejando un ínfimo rastro confortante en los cuerpos destemplados, cada mochuelo regresa a su olivo.

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«Panorámica londinense desde el mirador del Sky Garden»: Archivo personal



Siete horas y media antes del crucero fluvial

Todavía no eran las ocho de la mañana y ya había recorrido Jenabou, impaciente, cuatro o cinco veces todo el enmoquetado de las zonas comunes del hotelito —cama y desayuno— menos caro —es un decir— de las proximidades —otro decir— de la Torre de Londres. De tanto en tanto, se acercaba a la mesa con un «¿pero termináis de desayunar, o qué?» y, sin esperar ninguna respuesta, reiniciaba el paseo para terminar sentándose en un sillón tapizado con una tela a cuadros escoceses que, si ya era feísimo por sí mismo, un cojín redondo lleno de margaritas le daba la estocada final.

Si en aquel momento hubiera entrado un clon de miss Marple, con una mañanita protegiéndole el torso, gorrito ornamentado con puntillas y mitones de hilo de Perlé, precediendo al engolado Hercule Poirot, con toda su melindrería a cuestas, es posible que los tres ocupantes del comedor no hubieran dedicado ni dos segundos a saciar su curiosidad. En cambio, si se hubiera tratado del fantasma de la escritora Anne Perry del brazo de su personaje William Monk, comandante de la Policía Fluvial del Támesis en el siglo XIX, los grititos de aceptación y entusiasmo de la adolescente hubieran erosionado los cimientos de la atemporal hostería —bed and breakfast— de mister Chambers.



Cinco horas y media antes del crucero fluvial

Con medida puntualidad británica, consecuencia de un trayecto pedestre a ritmo de marchadores olímpicos con algún que otro «sorry» lanzado a otros peatones, habían logrado evitar la cola para la visita al mirador del Sky Garden y, tras pasar todas las medidas de seguridad, ser de los primeros en tomar el ascensor de alta velocidad hasta la planta treinta y cinco para acceder al paraíso: Una bóveda acristalada cubriendo tres plantas con un extraordinario jardín tropical y 360º de vistas impactantes de la metrópoli, con el Támesis, imponente en su improvisado abismo, haciéndole mohines —o eso percibía ella— a Jenabou que, obnubilada, incluso se había olvidado de respirar y apenas reaccionó al «¿estás bien, corazón?» de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Sentada ante un vaso de agua y unas tortitas japonesas colmadas de crema, mermelada de frambuesas y tropezones de galletas de chocolate [FOTO], la joven había sacado de la mochila el Libro; no un libro cualquiera, sino EL LIBRO, el ensayo que la había conectado definitivamente con el Támesis desde que se lo regalara Étienne a finales del pasado noviembre y posara sus ojos en la primera línea. Mudlarking: Historia y objetos perdidos en el río Támesis, el libro de Lara Maiklem que le había devuelto a la memoria las novelas de la colección William Monk, de Anne Perry, y al personaje de Scuff, el niño mudlarkbuscador en el lodo, sería su traducción— que, como otras criaturas abandonadas de la era victoriana, esperaba la bajada de la marea fluvial del Támesis para hurgar en el fango de la orilla en busca de tesoros que revender para conseguir comida.



Crucero —con té de la tarde y merienda— por el río Támesis

Entretenidos en el mercadillo navideño del paseo peatonal de The Queen’s Walk, en la orilla sur del río, se habían visto obligados a coger un taxi para llegar, con tiempo sobrado, al muelle de la Torre, donde los habían convocado, con quince minutos de antelación, para proceder al embarque. La zona del comedor —con espléndidos ventanales panorámicos que facilitaban las vistas del exterior fuera cual fuese la ubicación de la mesa en la que el personal del barco acomodaba al pasaje— se llenó de sonrisas y susurros en tanto la nave iniciaba su singladura y la voz del audio sugería una mirada a la Torre de Londres que, lentamente, iba quedando atrás, en su permanente dique térreo, aguardando el regreso de aquellos aventureros urbanos que surcaban la vieja Londinium a lomos del mareal y salobre Támesis, guardián de historias, lances, gentes y objetos sepultados en el barro.

Los ojos de Jenabou, que tantas ficciones y realidades escritas del Támesis habían absorbido, miraban ora el Big Ben, ora el London Eye. Y el Shakespeare’s Globe y el gigante The Shard… Pero, sobre todo, escudriñaban el río como si esperaran que, entre un puente y otro o a la altura del Palacio de Westminster, emergiera de las aguas ligeramente enturbiadas un trirreme romano con una vela desplegada y chorreante de limo. Quizás por eso apuró, sin percatarse, su segunda taza de té —bebida que aborrece— mientras mordisqueaba un scone de pasas y arándanos.

Diciembre, 2025

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«Infancia»: Archivo personal

 

Aquel curso, la Escuela Rural del Barrio se había ofrecido como anfitriona del Festival Navideño Interescolar en el que participaban los centros educativos unitarios de cinco pueblos de la zona. Desde primeros de diciembre, los ensayos, la cartelería y los programas de mano, además de las clases ordinarias, mantenían ocupados a alumnado y maestras del Barrio, que prolongaban el horario escolar, con tanto deleite como frenesí, entremezclados con las madres, afanadas en la confección de la vestimenta.

Iban a poner en escena, teatralizándolo, el villancico El Chiquirritín, que, finalizada la obra, interpretarían a coro apoyándose en dos guitarras, una bandurria, castañuelas y panderetas. De la direccion musical se encargaba Trini, una exalumna de la escuela con estudios de piano y nula paciencia para trabajar con gente menuda. Y fue en el tema musical donde surgió el primer contratiempo. Los cinco niños y niñas que hacían de pastores debían acercarse, de uno en uno, a acariciar al Niño —interpretado por Sergiete, un bebé de ocho meses, rollizo y simpaticote, que no pasaba por recién nacido pero era el único bebé del Barrio— y cantarle el primer verso del villancico, “Ay, del Chiquirritín, Chiquirriquitín”. La veterinaria, entonces niña, que había llegado por primera vez al Barrio en mayo y, aunque había conseguido aprender castellano, confundía sílabas y tenía un acento francés acentuadísimo, era una de las pastorcillas; pero su versión de aquello que debía entonar difería bastante del original.

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín —decía.

—Que no es pichiguitín —se desesperaba Trini—. Escúchame: chi-qui-rri-tín.

Pi-chi-gui-tín.

—No, presta atención. Mírame los labios: chi-qui-rri-tín.

Pi-chi-gui-tín —insistía la niña. Y de ahí no había quien la sacara.

 

El segundo revés vino por parte del alcalde, que se negaba a que un ternero y Zaramandico, el burro del señor Juan, entraran en el Salón de Plenos donde iba a celebrarse el evento.

—Mira, Valvanera, empiezo a estar harto del Festival. Me pediste que os pagáramos los aperitivos y las bebidas para agasajar a las escuelas. Y acepté. Pero te estás pasando pretendiendo meter en el Ayuntamiento esos animales. Hacedlos en papel o poned muñecos, hostias.

—Es un belén viviente, Gonzalo, y no quieras saber lo que me ha costado que nos presten el ternero. No seas tiquismiquis, que esto es un Ayuntamiento de pueblo y tú mismo crías cerdos.

 

Llegó el día del Festival. El Salón de Plenos se hallaba tan concurrido que ni los dos portalones podían cerrarse; había gente siguiendo el espectáculo hasta en el pasillo y las escaleras. Las dramatizaciones de las escuelas invitadas fueron un éxito y llegó, en último lugar, la actuación del colegio anfitrión.

Hacer pasar, entre el publico apretujado, al ternero y a Zaramandico camino del escenario, fue toda una proeza que se resolvió entre aluviones de carcajadas. Pero no fueron tan ruidosas como las que sonaron a posteriori, cuando, pasados diez minutos del comienzo de la obra El Chiquirritín, salió la primera pastorcita —la veterinaria niña— y, tras acariciar la cabeza del Niño Jesús, entonó:

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín.

La concurrencia se retorcía de risa. Entonces, hizo su entrada Talito, el segundo pastorcillo, que le hizo cosquillas al bebé y, después, cantó:

—Ay del Pichiguitín, Pichiguititín.

Lo mismo la tercera pastora. Y el cuarto pastor y la quinta. Trini, a un lado del escenario, estuvo en un tris de sufrir un soponcio, que casi llegó a la apoplejía cuando, agrupado todo el alumnado en la escena final para cantar, completo, el villancico, escuchó las voces de aquel coro con el que tanto había ensayado:

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín, metidito entre pajas. Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín, queridín, queridito del alma…

El público carcajeante aplaudió con ganas la actuación, en la creencia de que aquel pichiguitín, pichiguititín no era sino una chirigota hecha aposta. Y lo era, por supuesto; ya se había encargado Emil, uno de los chicos de 6º de E.G.B. y líder del alumnado, de persuadir a sus compañeros y compañeras para desquitarse por los rapapolvos continuados —y, en su mayor parte, inmerecidos— que el grupo había recibido de Trini durante los ensayos.

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«El árbol desmoronado»: Archivo personal

 

Reconstrucción de los hechos ocurridos en la primavera de 1949, en un pueblo de la Hoya de Huesca, a partir de los recuerdos de la señora Isabel P.N., que contaba, por aquel entonces, catorce años.

Aquella mañana llegaron, por el camino del cementerio, los gitanos. Dos carromatos desvencijados tirados por mulos de pelajes imprecisos bajo un manto de parásitos y, atado a la última de las casas rodantes, un burrillo raquítico cuyas patas ulceradas obraban el prodigio de mantenerlo en bamboleante equilibrio. Los humanos que completaban el cuadro  —cuatro mujeres, cinco hombres y cuatro chiquillos, todos caminando junto a los carromatos, excepto los conductores—  portaban las mismas marcas de miseria y hambre que las humildes bestias que abrían y cerraban la comitiva.

A poca distancia de las primeras casas del pueblo, en una era apenas separada del camino de tierra y lindante con las márgenes del río, el patético grupo detuvo la marcha y, en pocos minutos, humeaba una marmita sobre una improvisada cocina de brasas circunvalada de piedras, mientras animales y chicuelos compartían chapoteos en la orilla del río.

No tardó la curiosidad de los habitantes del pueblo en hacerse presente junto al recién instalado campamento, de tal manera que, al mediodía, cuando las faenas del campo se interrumpieron para sanear los estómagos, nueve o diez personas observaban, en silencio,  a los forasteros y sus paupérrimas pertenencias.

De improviso, apareció un pandero en las manos de una de las gitanas y antes, incluso, del primer golpe rítmico, los cuatro arrapiezos de edades indefinidas se pusieron en movimiento: Volteretas, contorsiones, equilibrios de unos sobre otros… Y un final de saludos al desconcertado público observador que, quizás más sorprendido que entusiasmado, aplaudió con timidez a los infantiles artistas mientras los gitanos adultos se mantenían agrupados junto a la exigua hoguera esforzándose por sonreír amistosamente a los aplaudidores.

A media tarde se inició el ir y venir de algunos habitantes del pueblo a la era y de la era al pueblo. Patatas. Tomates. Cebollas. Una cantidad imprecisa de preciados huevos. Un poco de harina. Sardinas de cubo. Ropa vieja. Algunas perras gordas de aluminio.

La procesión dio tan buenos frutos que los gitanos se sintieron obligados a repetir el espectáculo a última hora de la tarde, imprimiendo a la nueva representación mayor teatralidad, como lo demostraban las dos mugrientas mantas que, colocadas entre los dos carromatos, oficiaban de telón. Al afán de los gitanos por acondicionar su pequeño circo ambulante contribuyeron algunas gentes del pueblo llevando sus propias sillas para convertir la pobre era en escenario de sueños, y, así, entre la necesidad de hacerse agradables de unos y la huída de la cotidianidad de los otros,  la nueva función atesoró la categoría de exitosa.

De lo que sobrevino por la noche, pocos fueron, sin embargo, capaces de dar muchos detalles. Solo el señor Agustín —padre de Isabel—, el serio mayoral de la finca La Palanga, puso voz a las tropelías cometidas en la era. Porque esa noche del mes de mayo de 1949, horas después de que nómadas y sedentarios compartieran un irrelevante festejo, dos números de la Guardia Civil  —según algunos, con el coleto acalorado por el efecto de varios chatos—  se presentaron en la era y, con el concurso de tres matones del pueblo, maniataron y apalearon con saña a los hombres gitanos hasta quebrarles los huesos, raparon las cabezas de las mujeres, las despojaron de sus ropas y les marcaron los cuerpos a punta de navaja, golpearon a los aterrorizados chiquillos y mataron al burro a pedradas.

Nunca se presentó cargo alguno contra los salvajes de uniforme y sus acólitos paisanos, salvo las protestas del indignado mayoral, que no fueron tenidas en cuenta por su conocida desafección al régimen. Tampoco se volvió a tener noticia de los gitanos, que desaparecieron a la mañana siguiente tras ser atendidos por el señor Agustín, su esposa y don Manuel, el practicante, que, haciendo caso omiso a las amenazas de uno de los Guardias Civiles implicados, curó las heridas físicas de las vilipendiadas víctimas. Solo quedó, como prueba del terror desatado, el cadáver del famélico asno, que tardó dos días más en ser retirado.

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«Al aire»: Viktorya Sergeeva

 

Sucedió a mediados de los años cincuenta del siglo XX, en un pueblo altoaragonés.

Al menudo Agustín le gustaba el olor del jabón recién cocido. Aquella mañana había vuelto pronto —tras la recogida de hierba para los conejos y caracolas de tierra para los patos— para sentarse junto al hogar y aspirar la tufarada de los huesos y la grasa de tocino que se deshacían y burbujeaban en el caldero del sosa.

—¿Falta mucho? —preguntó a su madre.

Cosa —respondió ella removiendo el mejunje con un palo—. En cuanti s’enfríe y repose lo echaremos en o cajón. Vete a llenar a boteja.

—Pero, mama, yo quiero aduyala a usté con o jabón…

M’aduyarás cuando acabe. Vete a buscar l’augua.

 

En el lavadero del pueblo las mozas parloteaban ajenas al Sol del mediodía cuyos rayos pugnaban por atravesar los sombreros de paja.
Agustín observó a las mujeres mientras el botijo, en difícil equilibrio bajo el chorro que manaba del caño, se llenaba. Pensó en las sanguijuelas adheridas a las paredes y al suelo cenagoso del lavadero y en las tres culebras de agua que había introducido la tarde anterior.

—¡Trai t’aquí a boteja, mozer! —le gritó una de las lavanderas.

El muchacho caminó sobre el pretil del abrevadero hasta llegar junto a las mozas y les ofreció el botijo. “Mañana meto sangoneras en a boteja”, se dijo.

El traqueteo del coche de línea que llegaba al pueblo le hizo olvidar las sanguijuelas y trepó, ágilmente, por el repecho que subía del lavadero a la carretera. Del destartalado autobús descendieron algunas personas que, cargadas con cajas atadas con cordeles y pañuelos farderos, emprendieron el camino que se adentraba en el poblacho.

—Buenaaas, Josefina —saludó el joven Agustín a una de las viajeras.

—Ah, Agustiner… ¿Y tus hermanas…?

—En o lavador.

 

La viajera, muy peripuesta y portando una maleta de cartón con aspecto de recién estrenada, llegó junto a la barbacana bajo la que se hallaba el lavadero y saludó a las mozas:

—¡Buenas a todas!

—Qué mudada y cargada vienes, chiqueta —observó una de las lavanderas.

—Ya veis… Y con noticias.

—¿Y qué noticias son esas? —se interesó otra de las presentes.

—Pues… ¡que me caso!

—¡Ridiós! ¿Y con quién?

—Sí. ¡Me caso! Pero no tos creáis que con un hombre.

Las mozas dejaron la colada a un lado y miraron, desconcertadas, a Josefina, que las contemplaba con cierta altanería, consciente de la curiosidad que sus palabras habían despertado.

—Y… si no es con un hombre… ¿con quién, pues? —se atrevió a preguntar, por fin, una de las muchachas del lavadero.

—Con un Guardia Civil.

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«Ya es Navidad en The Temple Bar (Dublín)»: Archivo personal

 

De lo que va de las nueve y veintisiete del sábado —hora de llegada— a las doce y treinta y cinco del lunes —hora de partida—.

Al igual que muchas ciudades españolas —en las que el escaparatismo navideño guiña su brillibrilli desde finales de octubre/principios de noviembre—, los establecimientos dublineses han sacado sus sacos de adornos al uso y los han vaciado tras las cristaleras, sobre las marquesinas, en los aleros y a pie de calle; a veces, es tal el revoltillo que no se sabe si entre tanta prodigalidad visual se esconde el famoso Wally de gorro y jersey a rayas blancas y rojas o solo se trata de una agresiva mercadotecnia que supone que el atiborramiento de imágenes alela tanto a las y los mirones que les hace airear la tarjeta o el efectivo con mayor ligereza. Cualquier cosa. “Con qué devoción le hincaría ahora mismo el diente a una tableta de turrón de praliné”, confesaba Marís mientras, tras dejar las mochilas en el hotel, se dirigian a zampar donuts recién hechos al Krispy Kreme.

 

[…]

 

Pero si bien Dublín va al alimón con otros países en pregonar la Navidad un mes antes de su celebración oficial, es pionera, en este otoño de 2025, en adelantar el  invierno, proyectándolo en la pared ante la que se halla la escultura de uno de los símbolos de la ciudad, Molly Malone [FOTO], la joven pescadera —algunos dicen que vendía pescado de día y se prostituia de noche— fallecida de fiebres en plena calle, allá por el siglo XVII, que alimenta leyendas y letras de canciones. Cuando se colocó la estatua, en 1988, el imaginario popular atribuyó a los magníficos pechos que le asoman a la representada por la parte superior del corpiño, el don de traer suerte a quienes los acariciasen. Y así, toqueteo va y viene, terminaron tan desgastados que su superficie tenía una concavidad bien perceptible y tuvieron que ser recompuestos. A partir de entonces, las autoridades dublinesas decidieron poner vigilancia al monumento para disuadir a los turistas de la costumbre del manoseo.

 

[…]

 

Cuando se encontraban dentro del recinto del Trinity College [FOTO], Yoly se plantó: “A ver… La otra vez hicimos el tour por el Trinity y la biblioteca antigua y pagamos veinte euros… ¿Vamos a pagar hoy veinticinco por más de lo mismo? Sugiero irnos a respirar al parque Fénix”. Y a visitar los gamos marcharon. El Phoenix Park, abierto al público en el siglo XVIII —antaño había sido pabellón de caza real—, es un parque urbano de entre setecientas nueve y setecientas doce hectáreas cuyo nombre irlandes, Fionn Uisce, significa «agua clara». Un zoológico, dos lagos, espectaculares jardines y varias edificaciones históricas se distribuyen en un espacio excepcional —atravesado por el río Liffey— en el que los gamos salvajes, descendientes de los que poblaban el antiguo pabellón de caza, son de una sociabilidad llamativa [FOTO] al estar habituados al contacto con la especie humana. Entre los edificios del Phoenix Park destaca el que, desde 1938, es la residencia oficial del Presidente de Irlanda; de estilo neoclásico, se dice que en él se inspiró el arquitecto que diseñó la Casa Blanca. Como curiosidad, en una de sus ventanas hay una vela permanentemente encendida para, según la tradición, guiar a los emigrantes irlandeses de vuelta a su país.

 

[…]

 

En el pub The Quais —donde comieron un exquisito pastel de carne [FOTO], tradicional de la gastromomía irlandesa— coincidieron con dos parejas de Zaragoza que les hablaron de una costumbre navideña de los dublineses (muy) bebedores de cerveza; consiste en visitar sucesivamente doce pubs y echarse al coleto una pinta en cada uno para celebrar los doce meses del año. “Bah”, contratacaba Taty, “conozco a más de uno que no necesita escudarse en la Navidad ni en ser irlandés para beber lo mismo o incluso más”. El universo cervecero está muy sobrevalorado, lo mismo que algunos pubs de renombre subidos, en exclusiva, al carro del turismo mientras la calidad de sus servicios se desparra a pie de barra. Otros, en cambio, pese a no tener espacio, o muy poco, en las guías turísticas, mantienen su estatus de Public HouseCasa Pública, que de ahí procede la palabra pub—, con precios bien combinados con la calidad y sin sobrepasar el aforo a la hora de las actuaciones musicales en directo. Y viene bien cambiar de ambiente. Por eso, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, que en eso de buscar alternativas es muy avispada, encontró un restaurante vietnamita de gratísimos aromas donde Étienne y sus cuatro compañeras degustaron, entre otras sabrosísimas especialidades del país asiático, la clásica sopa de fideos con carne y hierbas aromáticas [FOTO] y un plato de carne de cerdo agridulce con arroz y huevo frito con la yema líquida [FOTO]. Genuinas delicias para el paladar.

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«En armónico desorden»: Archivo personal

 

Runrunean las hojas muertas que las púas metálicas del rastrillo acorralan y apiñan en colorido desorden. Húmedas y exánimes, se dejan amasar por infantiles manos enguantadas que desbarajustan los montículos redondeados que va componiendo Lurditas, la alguacila, asiendo el mango tubular de la herramienta, mientras observa a la solícita chiquillería de la Escuela, con sus brazadas de bractéolas, yendo de la hojarasca al contenedor de compostaje y a la inversa.

 

Lurditas, ¿las hojas muertas tienen alma?

 

Manda la tradición que los jóvenes intervinientes que desfilarán esta tarde noche guiando hasta el cementerio, con la luminosidad de sus candelas, a los espíritus de las personas muertas extraviadas en las trochas de la sierra, muestren la pureza de sus corazones mediante el sacrificio, y, en el Barrio, es costumbre, desde que se reinstauró la Procesión de Almetas [1] y Totones [2], que los niños y niñas de la Escuela, protagonistas de tan singular comparsa, ofrezcan un día de recreo escolar para realizar tareas comunitarias y así exhibir, ante el vecindario y los entes sobrenaturales que contemplan los aconteceres humanos, su buena disposición, actitud que detesta Patetas, el diantre malandrín que pulula, incorpóreo, por estos lugares, porque le hace perder energía para atraer adeptos a su causa.

 

Yacen las hojas muertas en el vientre del fosal que ampara su sueño eterno. Ajenas a la luz y el cierzo, quizás, en los primeros espasmos de la putrefacción, añoren las ramas de las que pendían, vivas y ufanas, anfitrionas de pajarillos retozones y diligentes arañas. Ya no serán testigos de la magia fantasmal de la última tarde noche de octubre ni de los cuerpos infantiles cubiertos de sayones y túnicas que recorrerán, entre risas, cirios y tembleques, la hoy concurrida senda que lleva al camposanto.

 
 
 
NOTAS

[1] En el Alto Aragón, ánimas de los difuntos que fallecieron violentamente o dejando asuntos pendientes; se pasean, invisibles, entre los vivos y son tan queridas como temidas.
[2] Id., ánimas guardianas de los cementerios; al igual que el Coco, tienen fama de llevarse con ellos a niñas y niños que permanecen despiertos durante la noche.

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«Perspectiva desde el mirador»: Archivo personal

 

En el Reino de los Mallos la Naturaleza todavía no se ha engalanado con la indumentaria de entretiempo y hasta el Sol parece remiso a mermar la fortaleza de sus rayos, que se abaten, con ínfulas veraniegas, sobre los andarines detenidos en la primera zona de sombra que han encontrado circunvalando los Mallos de Riglos. “Hala, y venga verde y más verde… Se nos han chafado las fotos otoñales. No he visto ni una seta, solo esos pedos de lobo que salen en cualquier parte”, se queja Jenabou. “Pues ríete tú de los pedos de lobo, niña, pero que sepas que, durante siglos, fueron un preciado regalo de la naturaleza. Las esporas tienen propiedades cicatrizantes y antisépticas”. “¿Las usaban las brujas?”. “¿Qué brujas ni qué gaitas? Las usaba cualquiera que conociera sus beneficios medicinales”.

 

Dan cuenta de las castañas que les preparó Mariliena en la freidora de aire, antes de salir. “Os pongo poquetas para que no os fartéis, no vaya a ser que luego no me comáis lo que tengo intención de preparar”, les advirtió.

 

Entre las moles de tonalidades ferruginosas de los mallos —de los que Sender decía que eran «los centinelas de las huestes del Diablo»— se entrevé el Gállego como una serpentina cerúlea que marcha hacia la llanura, hacia el Ebro, sabiéndose amado y defendido por quienes viven y se asoman a sus orillas para reseguir con la mirada los caireles de espuma de sus aguas bravas. Porque es su río; el río del Reino; su río, que nace gabacho para aragonizarse nada más cruzar el Portalet;  su río, el romanizado Gallicus a quienes sus gentes denominan Galligo, aunque ese nombre no tenga cabida en los mapas hidrográficos peninsulares.

 

La brisa sabatina que oxigena sus pulmones les sabe a torroco deshidratado, a virutas de madera, a panizo, a nuez moscada, a migas humedecidas, a ternasco asado y a minglana con azúcar, mientras salvan la distancia que separa la cancela de la torre donde aguarda Mariliena.

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«La vaca refitolera«: Archivo personal

 

Para Olmo —el sobrino nieto oscense de María Blanca, la vecina— todos los animales son bichos. Pero pronuncia con tal efusividad la palabra que, si la escuchara y comprendiera el más tiquismiquis de los animales voluminosos que pueblan la sierra, se sentiría halagado. Además de a los animales, Olmo, que tiene cinco años, adora los puzles, a los futbolistas del Huesca y a Jenabou —la hija quinceañera de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio—, que ejerce de niñera a ratos y le narra divertidas historias de bichos parlanchines además de llevarlo y traerlo por todos los corrales, establos y vericuetos del pueblo donde gallinas, patos, ocas, cisnes, yeguas, burros, vacas, ovejas, cabras, cerdos, perros, gatos… han acabado formando parte del zoo pinturero que el pequeño ha atesorado en su creativa imaginación.


Hace dos domingos, María Blanca y Olmo pasaron temprano por la casa de la veterinaria a llevarles un plato con papanași [FOTO] que había hecho Anca, la joven rumana que trabaja en la Casa de Turismo Rural. En ese momento llamó Carmelo, el pastor, al móvil de la veterinaria para pedir ayuda porque dos de las ovejas se habían caído desde el puntón cercano a los pastos y yacían —no sabía si heridas pero, en cualquier caso, estaban vivas— en un repecho, a unos cinco o seis metros por debajo de la cima. La veterinaria y Étienne se aprovisionaron de cuerdas, avisaron al forestal para que les echara una mano y, en el vehículo del último y con Jenabou y Olmo dispuestos a no perderse nada, partieron por la pista de tierra que atraviesa el sotobosque. Fue el pequeño quien, recién iniciada la pendiente cercana al meandro del río, avistó a la rabosa a través de la ventanilla [FOTO], pese a la distancia entre el animal y el vehículo. Por fortuna, el bicho desapareció como por ensalmo y se pudo contener a Olmo, que, entre hipidos, quería bajar del coche para ver a la zorra de cerca. “No podemos parar aquí, Olmo, cariño. A las rabosas no les gusta que las molesten, y, además… ¿no ves que se ha marchado…?”, le decía Jenabou. “Joder con el crío de los cojones… ¿Para qué lo habéis traido?”, refunfuñaba el forestal.

El último tramo hasta el puntón lo hicieron caminando, con Olmo subido a la espalda de Etienne. Carmelo aguardaba en la cima. ”Una se ha despeñau”, anunció lacónico, ”pero la otra aguanta en el repalmar”. Fue la veterinaria la que descendió y sujetó con cinchas a la oveja superviviente, que no tardó en ser izada, con mucho cuidado, por los otros tres. El bicho rescatado resultó no tener sino pequeñas erosiones en las patas y se incorporó al rebaño comunal como si jamás hubiera estado a punto de descalabrarse. A Olmo, ignorante de la muerte de una de las ovejas, lo entretuvo Jenabou con Bretona [FOTO], uno de los ejemplares de la yeguada de monte que comparten pastos con el rebaño ovino del pueblo y la vacada de Casa Ginés. La yegua reconoció el silbido de la adolescente —que ha estado montándola durante el verano, ayudando a los guías que realizan recorridos turísticos a caballo— y acudió junto a su amazona deleitando al pequeño Olmo con sus cabeceos y chillidos semejantes a la risa.

A la oveja muerta la dejáis para los pobres buitres. No la saquéis de ahí”, pidió Carmelo antes de que se marcharan, dirigiéndose, sobre todo, al forestal. “Ya se verá”, respondió este. Cuando salvaron el desnivel para dirigirse al vehículo, aparcado donde se interrumpe la pista, aún tuvo Olmo otro encuentro con uno de sus queridos bichos: Una de las reses de la vacada de Casa Ginés se plantó delante de los rescatadores, como si quisiera cumplimentarlos. Y así se mantuvo, inmóvil, con los ojos fijos en el grupo, mientras el vehículo avanzaba pista abajo. Casi habían llegado al pueblo y todavía continuaba Olmo, girado hacia la luna trasera del vehículo, con el adiós en la mano.

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