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«Plaza Mayor: Casa Heredia (Graus)»: Breit

 

En viaje de trabajo hacia Benasque, se detienen en Graus para entregarle a Mercedes, bibliotecaria del Barrio, las cajas de libros que les pidió trasladar a la villa ribagorzana. Caminando por la plaza de Coroche, para internarse por la calle en la que aguarda Mercedes, observan a un grupo de personas, con aspecto de turistas, señalando y fotografiando la casa-palacio de los Mur, un edificio del siglo XV, de aspecto sobrio, que fue remodelado en 1951 y cuyo atractivo y singularidad residen, más que en las bonitas ventanas geminadas del primer piso, en los dos dinteles de la fachada principal, donde se observan dos inscripciones idénticas talladas con las letras entrecruzadas. Unos dicen que se lee «Rodrigo de Mur y Marca», filiación del linajudo prohombre que residió allí; otros, la mayoría, aseguran que pone «Rodrigo ama a Mariíca», como dicta la leyenda transmitida oralmente desde el siglo XVI y que rememora la historia de Los amantes de Graus.

¿«Rodrigo de Mur y Marca» o «Rodrigo ama a Mariíca»?

 

Según la tradición, el noble grausino don Rodrigo de Mur quiso que su hijo, del mismo nombre, matrimoniara con Margarita Solano, muchacha de adinerada familia. Pero Rodrigo hijo, enamorado de Mariíca (Marica/María), una de las sirvientas de la casa-palacio, se rebeló contra su progenitor y, el día que se celebraba la pedida de mano de Margarita en casa de los Mur, con la presencia de las familias de mayor alcurnia de los alrededores, el joven desveló para todos los presentes la inscripción que había mandado cincelar en los dinteles, «Rodrigo ama a Mariíca», para así hacer públicos sus sentimientos hacia la humilde muchacha de servicio con la que, pese al escándalo y la oposición paterna, terminaría casándose.

 

La casa de Mercedes —recién reformado el interior para ser vendida o alquilada— fue antes de la señora Leandra, su madrina, de quien la heredó al morir esta ocho años atrás. Salvo el exterior, no hay ningún otro detalle que les sea familiar a las recién llegadas, que la visitaron muchas veces, cuando eran niñas, de la mano de la abuela de Marís, amiga de la señora Leandra. Las estancias de la antigua casa eran sombrías, repletas de muebles oscuros con permanente olor a cera y, en la sala, un piano de pared con un busto de Joaquín Costa, el renombrado polígrafo regeneracionista, cuya casa todavía existe en el número 5 de la calle que lleva su nombre. «Don Joaquín», decía la señora Leandra cuando se refería al ilustre personaje, al que ella no había conocido, pero reverenciaba, porque una tía abuela suya —fallecida en 1958— había trabajado como doméstica en la casa del erudito —que pasaba largas temporadas en Graus debido a una distrofia muscular— y le había contado y recontado «lo buenísimo que era don Joaquín, con su genio, pero muy buen hombre» y cómo lo había mimado y atendido su hija Antígone, «que no era hija como Dios manda, porque la había tenido, sin iglesia de por medio, con una viuda». «Pero la hija, qué hija, cómo lo cuidó hasta que se le murió, el pobrecico».

—Antes de saber quién era Costa ya lo conocíamos gracias a tu madrina —le dice Marís entre risas.

Empero, más que la penumbra perenne, el busto del omnipresente Costa, el aroma a cera, el piano siempre cerrado y la foto del año del cólera —en marco de plata oscurecida— de la tía abuela, magra ella, sentada a la puerta de la que es ahora la casa de Mercedes, quien más impresionaba a la veterinaria que, adulta, se ocupa de la salud de los mininos del Barrio y a Marís, en aquellas visitas infantiles, era Lalo, el gato de la señora Leandra; era grandote, de negrura inquietante, con unos ojos zarcos desproporcionados y vidriosos. Porque Lalo —le cuentan a la actual dueña de la casa— era un gato disecado y hasta la pequeña veterinaria, pese a su pasión por los felinos, se mantenía a distancia; esos ojos rutilantes, esas orejas enhiestas, esa postura hierática sentado sobre sus cuartos traseros, con el rabo asomando por la derecha…

—¿No me estaréis tomando el pelo? —duda Mercedes.
—En absoluto. Tú entonces puede que ni hubieras nacido o eras una bebé. Pregúntale a tu madre, que hasta miró si el animal era gato o gata para sacarnos de dudas.
—¿Que mi madre miró…? ¿Pero no decís que el animal estaba disecado?
—Bueno, nosotras éramos unas crías muy curiosas y queríamos confirmar que era un gato-gato, pero nos daba cosa ponerle una mano encima. Así que fue tu madre la que miró. Y se trataba de un señor gato. Un gato con sus cojoncillos, su pene chiquitín… El taxidermista no se había dejado ningún detalle.

Regresan al coche por el mismo camino de la ida. Ya no hay turistas en la plaza de Coroche y solo dos mujeres que, por las bolsas, parecen volver de la compra, las miran con curiosidad y responden con premura al «buenos días» de las dos sonrientes forasteras.

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«Thaumetopoea pityocampa (imagen ampliada)»: Archivo personal

 

Fueron descendiendo, con lentitud y en impecable formación, del castigado cedro; la negra cabeza de una en contacto con el segmento anal de la precedente. Era tal su morosidad, que los ojos avizores que las observaban apenas eran capaces de apreciar su progresión. Habría, grosso modo, tres centenares, calculó Jenabou; un ejército diminuto y disciplinado, armado su dorso con excrecencias peludas en tonos rojizos e impregnadas de alérgenos, que se deslizaba por el jardín de la casa de Mam’zelle —la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio— buscando la ubicación idónea, entre la arenisca y la fina gravilla de los laterales, donde enterrarse y aguardar el momento estacional propicio para mutar de crisálidas a mariposas.

Con parsimonia, torció la oruga guía hacia los setos que se yerguen junto a la empalizada de color pistacho y curvose la procesión de malsanos lepidópteros sin despegarse los unos de los otros, como si, en vez de macroparásitos individuales, se tratara de una famélica e interminable serpiente con dificultades de reptación.

A cautelar distancia de la dañina procesionaria, y con el propósito de preservarse de los filamentos urticantes que, cercanos al medio millón, lanzan al aire cada uno de los minúsculos combatientes, Mam’zelle se enfundó gorra, gafas, y guantes, además de cubrirse la mitad inferior del rostro con un fular y calzarse unas botas de senderismo de suela recia; de tal guisa, se aproximó a la cadena viviente, que continuaba su perezosa marcha prolongándose más conforme alcanzaban el suelo las últimas unidades defoliadoras que se retiraban del árbol.

Jenabou salió del cobertizo con manos, cara, cuello y cabeza bien protegidos y el depósito de la mochila fumigadora conteniendo el mismo bioinsecticida que había visto usar en el pinar a Lurditas, la alguacila, con óptimos resultados. “Se van a enterar estas cabronas”, murmuró, y, con el pulso firme, abrió al máximo la boquilla del tubo de aspersión, apretó el gatillo de la empuñadura y fue rociando sin el menor intervalo la comitiva larvaria. Una pasada, dos, tres, al mismo tiempo que, en la retaguardia, la vieja profesora pateaba con ímpetu la hilera de orugas recién asperjadas por la adolescente.

28 de febrero de 2026

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«El desfile de los equinoideos»: Archivo personal

 

Aquella mañana de mediados de febrero en la que Mariángel —ayudante de cocina y camarera en el Mia-te tú— acudió al horno de la localidad a recoger los panecillos de chapata —encargados para la comida a puerta cerrada de los vitivinicultores—, coincidió con la vieja Angelines, correveidile oficiosa de cuanto acontece en el pueblo, que aprovechó la circunstancia para traer a colacion el «festín de los vinateros» [sic]. “Alguna mariscada les habrá preparado Mª Ríos, que esos son muy requetefinos y no se contentan con cualquier cosa. Buenos dineros se dejarán en la tragantona”, conjeturaba, mientras Otilia, la panadera, sabedora del percal, le hacía gestos a la joven barista para que se abstuviera de dar explicaciones. Pero Mariángel, tan ingenua ella como malintencionada la anciana, no tuvo inconveniente en presumir, con más candidez que engreimiento, de “unos erizos de mar de color violeta, preciosos y bien vivos” que Mª Ríos había comprado para extraerles las gónadas, aliñarlas y servirlas a los antojadizos comensales con el resto de entrantes.

No habían transcurrido ni quince minutos del regreso de la camarera a sus tareas en el gastrobar, cuando Mª Ríos recibió una llamada telefónica de la profesora de Educación Infantil de la Escuela Rural del Barrio:
—Oye, que me han comentado las madres que tienes erizos de mar vivos. ¿Puedo llevar a mi chiquillería para que los vean? Nada, poco rato. Solo para que sepan cómo son y nos vamos.

Y de esa manera, al mismo tiempo que una cariacontecida Mariángel le relataba a la desconcertada restauradora lo sucedido en la tahona, comenzó el desfile. La bulliciosa chavalería más joven de la escuela con su maestra. Los cuatro abuelos guasones que juegan a las cartas en el bar del Salón Social. Cinco madres que acababan de dejar a su progenie en el colegio y no sabían en qué emplear la mañana. La propia Angelines, con su amiga María Blanca y dos señoras de la Urbanización con las que salen a caminar. Olarieta, cocinera del bar del Salón Social, acompañada de Anca, la trabajadora de la Casa de Turismo Rural. Tres alumnos del Instituto de la capital que se habían tomado el día libre. Un matrimonio mayor que hacía hora para acudir al Consultorio Médico. Lurditas, la alguacila, y los dos peones contratados por el Ayuntamiento para limpiar el perímetro del azud… Todos, por supuesto, a contemplar los violáceos erizos de mar, en tanto que Mª Ríos, iracunda, lidiaba con los intríngulis del menú y Mariángel, lacrimosa, la perseguía —de la despensa a la cocina y de esta al comedor— suplicándole indulgencia por el embolado resultante de su indiscreción.

—¿Y te quieres creer —le contaba Mª Ríos, esa misma noche, a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio—, que tuve que sacar a los rezagados a empujones y cerrar la puerta con llave? Y aún protestaban.

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«Tesela y Kuro»: Archivo personal

 

Arrecia la lluvia —como si quisiera compensar la escampada de apenas treinta y cinco minutos— y nos obliga a retornar, recluirnos y apoltronarnos en la casa, alterando nuestras rutinas e interfiriendo en las de los félidos que, habituados a sus horas de conciliábulo sin otra especie que les señale hasta dónde llegan sus dominios gatescos, nos miran de refilón, quizás aguardando que nuestras posaderas y el resto de nuestra masa corpórea abandonen el sofá, se sublimen y desaparezcan por el conducto de ventilación del único cuarto vedado que ellos han invadido en nuestra breve ausencia. Casi puedo percibir el gesto de fastidio de Groschen, tumbado sobre el escabel del sillón del estudio y bien arrimado —demasiado arrimado— a la pajarera rodante de Dashiell, el añoso lugano; este, ajeno a la atmósfera de incomodidad gatuna, no ha parado de imitar el canto de Melitón —el canario de la vecina— desde que nos viera traspasar el umbral del aposento prohibido a los felinos, como si con tan melodioso recibimiento quisiera indicarnos lo placentera que se le hace nuestra presencia, aunque sea a deshoras. Y no es que los mininos Groschen, Tesela y Kuro no nos quieran —que nos distinguen con sus afectos y lo manifiestan, a menudo, hasta el agotamiento— pero son poco proclives a las improvisaciones de sus humanos —Jenabou, la veterinaria y yo—, máxime cuando, como hoy, los pillamos desprevenidos y en una ubicación —la de Dashiell— a la que tienen restringido el acceso si no es en nuestra compañía. Sin embargo… ¿cómo no sentirse fascinado por estos seres autónomos, espabilados e ingeniosos, capaces de invertir el tiempo necesario de ensayo y error hasta doblegar la aparentemente inalcanzable manilla de la puerta cerrada para lograr su propósito?

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«Los últimos restos de la nevada»: Archivo personal

 

Desde el pretil sobre el río, junto a la placeta donde se localiza el oratorio de la abadía, se divisa —a través de las delicadas hilachas del calabobos que las nubes llevan tres días ininterrumpidos descargando sobre el Barrio— la suave pendiente que desciende entre la pardina Gabarre, donde todavía se mantiene en pie una pared del esconjuradero, y el prado de La Palanga, improvisada pista de esquí de inviernos infantiles. En esa ladera, el señor Inazio —un gigantón de rostro poco agraciado pero de buen carácter, a quienes todos llamaban el Ogro Bueno— enseñó a esquiar a dos generaciones de chiquillos y chiquillas que, desprovistos de bastones y siempre vigilados por el voluntarioso monitor, se deslizaban por el familiar declivio con las tablas en cuña, en controlada frenada que solía acabar, sin contratiempos, en el vasto terreno de pastos cubierto de nieve.

Al final de La Palanga, delimitando el terreno que separa un término municipal del otro, se encuentra el bosquecillo comunal donde, no hace tantos años, se esparcieron las cenizas del señor Anselmo, el Anarquista, enlace y ojos, a mediados de los cuarenta, de los guerrilleros de la partida de Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, que anduvo escondido con sus compañeros maquis por la Sierra de Guara desde mediados de 1946 hasta ser apresado por la Guardia Civil en la Central Eléctrica de Huerta de Vero, donde, además de conseguir refugio al amparo de la familia de guardeses de la Central, los guerrilleros poseían su propia emisora. El 23 de enero de 1947, tras una batida de las fuerzas represoras y el posterior enfrentamiento entre guardias y maquis, Villacampa fue el único guerrillero superviviente. Juzgado en Consejo de Guerra, Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, fue condenado a muerte, siéndole conmutada la pena capital por la de reclusión perpetua; no obstante, fue liberado en 1963. Ya en democracia, en las Elecciones Municipales de 1979, Joaquín Arasanz obtuvo el acta de concejal por el Partido Comunista en el Ayuntamiento de Barbastro. Murió en 1995.

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«Ciorbă de fasole»: Archivo personal

 

María Petra, la alcaldesa del Barrio, contempla con cierta aprensión los singulares recipientes de pan que Mariángel, la camarera del Mia-te tú, acaba de colocar delante de cada una de las comensales que comparten la mesa más próxima al aparador. “Pero… ¿y esto…?”, pregunta, recorriendo con la vista los rostros de sus compañeras. “Lo que habéis pedido”, se apresura a responder Mariángel. “La versión original rumana del potaje de alubias que ha preparado Mª Ríos”, explica Marís. “Ciorba de fasole o como quiera que se pronuncie. Si te hubieras molestado en leer la pizarra con el menú del día…”, añade Lurditas, la alguacila. “Anda, ataca ya la sopa que está buenísima”, alienta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Abandonan el comedor para tomar el café en la dependencia que, años ha, fuera garaje y que, al ampliar el restaurante, Mª Ríos y sus socios transmutaron en despensa y bodega. El fortín, lo llaman; un lugar impoluto de paredes encementadas, con estanterías metálicas ancladas en los muros y una vetusta y pesada mesa de madera cuyo tablero veteado refulge siempre como si lo acabaran de encerar. En el fortín, que carece de cualquier fuente de calor, habita, perenne, el frío; incluso en verano.

Jodo, María Petra, ni que fuera una reunión secreta. ¿No nos podías haber citado en un lugar más templado? En el bar, por ejemplo”, se queja Emil, que llega junto a Étienne y Óscar. “¿Con las elecciones aragonesas en marcha y vosotros llenando el pueblo de pasquines insultando a los candidatos? Bastante movida he tenido con Rafael por el cartel que pusisteis en el tablón de anuncios del Ayuntamiento incitando a bajar a Huesca a boicotear el mitin de la ultraderecha”. “Que no fuimos nosotros, joder”. “Bueno, vamos a lo que importa. La leña para las hogueretas del viernes ya está cortada. Alguien tendrá que recogerla con el remolque y apilarla en los soportales de la abadía, para tenerla a mano”. “Yo misma”, se postula Lurditas. “No, tú no, que estás muy liada y tienes que ir a recoger la carne que encargamos. Y vosotras”, señala a Marís y la veterinaria, “¿tenéis inconveniente en revisar los sacos de patatas para asar que nos han traído? Me ha dicho el señor Manuel que, cuando las recogió, algunas no tenían buena pinta. Y… chicos”, se dirige a Emil, Óscar y Étienne, “cuando terminéis con la leña, podéis pasaros por mi casa que, entre los cuatro, limpiaremos y bruñiremos las parrillas, que están ennegrecidas a más y no poder. ¿Os viene bien?”. […]

 

Y así, con el eco de las órdenes de la munícipe y amiga enmascaradas tras un tono afable, el vaho de los alientos componiendo una blanquecina masa anubada y la tibieza del café dejando un ínfimo rastro confortante en los cuerpos destemplados, cada mochuelo regresa a su olivo.

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«Panorámica londinense desde el mirador del Sky Garden»: Archivo personal



Siete horas y media antes del crucero fluvial

Todavía no eran las ocho de la mañana y ya había recorrido Jenabou, impaciente, cuatro o cinco veces todo el enmoquetado de las zonas comunes del hotelito —cama y desayuno— menos caro —es un decir— de las proximidades —otro decir— de la Torre de Londres. De tanto en tanto, se acercaba a la mesa con un «¿pero termináis de desayunar, o qué?» y, sin esperar ninguna respuesta, reiniciaba el paseo para terminar sentándose en un sillón tapizado con una tela a cuadros escoceses que, si ya era feísimo por sí mismo, un cojín redondo lleno de margaritas le daba la estocada final.

Si en aquel momento hubiera entrado un clon de miss Marple, con una mañanita protegiéndole el torso, gorrito ornamentado con puntillas y mitones de hilo de Perlé, precediendo al engolado Hercule Poirot, con toda su melindrería a cuestas, es posible que los tres ocupantes del comedor no hubieran dedicado ni dos segundos a saciar su curiosidad. En cambio, si se hubiera tratado del fantasma de la escritora Anne Perry del brazo de su personaje William Monk, comandante de la Policía Fluvial del Támesis en el siglo XIX, los grititos de aceptación y entusiasmo de la adolescente hubieran erosionado los cimientos de la atemporal hostería —bed and breakfast— de mister Chambers.



Cinco horas y media antes del crucero fluvial

Con medida puntualidad británica, consecuencia de un trayecto pedestre a ritmo de marchadores olímpicos con algún que otro «sorry» lanzado a otros peatones, habían logrado evitar la cola para la visita al mirador del Sky Garden y, tras pasar todas las medidas de seguridad, ser de los primeros en tomar el ascensor de alta velocidad hasta la planta treinta y cinco para acceder al paraíso: Una bóveda acristalada cubriendo tres plantas con un extraordinario jardín tropical y 360º de vistas impactantes de la metrópoli, con el Támesis, imponente en su improvisado abismo, haciéndole mohines —o eso percibía ella— a Jenabou que, obnubilada, incluso se había olvidado de respirar y apenas reaccionó al «¿estás bien, corazón?» de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Sentada ante un vaso de agua y unas tortitas japonesas colmadas de crema, mermelada de frambuesas y tropezones de galletas de chocolate [FOTO], la joven había sacado de la mochila el Libro; no un libro cualquiera, sino EL LIBRO, el ensayo que la había conectado definitivamente con el Támesis desde que se lo regalara Étienne a finales del pasado noviembre y posara sus ojos en la primera línea. Mudlarking: Historia y objetos perdidos en el río Támesis, el libro de Lara Maiklem que le había devuelto a la memoria las novelas de la colección William Monk, de Anne Perry, y al personaje de Scuff, el niño mudlarkbuscador en el lodo, sería su traducción— que, como otras criaturas abandonadas de la era victoriana, esperaba la bajada de la marea fluvial del Támesis para hurgar en el fango de la orilla en busca de tesoros que revender para conseguir comida.



Crucero —con té de la tarde y merienda— por el río Támesis

Entretenidos en el mercadillo navideño del paseo peatonal de The Queen’s Walk, en la orilla sur del río, se habían visto obligados a coger un taxi para llegar, con tiempo sobrado, al muelle de la Torre, donde los habían convocado, con quince minutos de antelación, para proceder al embarque. La zona del comedor —con espléndidos ventanales panorámicos que facilitaban las vistas del exterior fuera cual fuese la ubicación de la mesa en la que el personal del barco acomodaba al pasaje— se llenó de sonrisas y susurros en tanto la nave iniciaba su singladura y la voz del audio sugería una mirada a la Torre de Londres que, lentamente, iba quedando atrás, en su permanente dique térreo, aguardando el regreso de aquellos aventureros urbanos que surcaban la vieja Londinium a lomos del mareal y salobre Támesis, guardián de historias, lances, gentes y objetos sepultados en el barro.

Los ojos de Jenabou, que tantas ficciones y realidades escritas del Támesis habían absorbido, miraban ora el Big Ben, ora el London Eye. Y el Shakespeare’s Globe y el gigante The Shard… Pero, sobre todo, escudriñaban el río como si esperaran que, entre un puente y otro o a la altura del Palacio de Westminster, emergiera de las aguas ligeramente enturbiadas un trirreme romano con una vela desplegada y chorreante de limo. Quizás por eso apuró, sin percatarse, su segunda taza de té —bebida que aborrece— mientras mordisqueaba un scone de pasas y arándanos.

Diciembre, 2025

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«Infancia»: Archivo personal

 

Aquel curso, la Escuela Rural del Barrio se había ofrecido como anfitriona del Festival Navideño Interescolar en el que participaban los centros educativos unitarios de cinco pueblos de la zona. Desde primeros de diciembre, los ensayos, la cartelería y los programas de mano, además de las clases ordinarias, mantenían ocupados a alumnado y maestras del Barrio, que prolongaban el horario escolar, con tanto deleite como frenesí, entremezclados con las madres, afanadas en la confección de la vestimenta.

Iban a poner en escena, teatralizándolo, el villancico El Chiquirritín, que, finalizada la obra, interpretarían a coro apoyándose en dos guitarras, una bandurria, castañuelas y panderetas. De la direccion musical se encargaba Trini, una exalumna de la escuela con estudios de piano y nula paciencia para trabajar con gente menuda. Y fue en el tema musical donde surgió el primer contratiempo. Los cinco niños y niñas que hacían de pastores debían acercarse, de uno en uno, a acariciar al Niño —interpretado por Sergiete, un bebé de ocho meses, rollizo y simpaticote, que no pasaba por recién nacido pero era el único bebé del Barrio— y cantarle el primer verso del villancico, “Ay, del Chiquirritín, Chiquirriquitín”. La veterinaria, entonces niña, que había llegado por primera vez al Barrio en mayo y, aunque había conseguido aprender castellano, confundía sílabas y tenía un acento francés acentuadísimo, era una de las pastorcillas; pero su versión de aquello que debía entonar difería bastante del original.

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín —decía.

—Que no es pichiguitín —se desesperaba Trini—. Escúchame: chi-qui-rri-tín.

Pi-chi-gui-tín.

—No, presta atención. Mírame los labios: chi-qui-rri-tín.

Pi-chi-gui-tín —insistía la niña. Y de ahí no había quien la sacara.

 

El segundo revés vino por parte del alcalde, que se negaba a que un ternero y Zaramandico, el burro del señor Juan, entraran en el Salón de Plenos donde iba a celebrarse el evento.

—Mira, Valvanera, empiezo a estar harto del Festival. Me pediste que os pagáramos los aperitivos y las bebidas para agasajar a las escuelas. Y acepté. Pero te estás pasando pretendiendo meter en el Ayuntamiento esos animales. Hacedlos en papel o poned muñecos, hostias.

—Es un belén viviente, Gonzalo, y no quieras saber lo que me ha costado que nos presten el ternero. No seas tiquismiquis, que esto es un Ayuntamiento de pueblo y tú mismo crías cerdos.

 

Llegó el día del Festival. El Salón de Plenos se hallaba tan concurrido que ni los dos portalones podían cerrarse; había gente siguiendo el espectáculo hasta en el pasillo y las escaleras. Las dramatizaciones de las escuelas invitadas fueron un éxito y llegó, en último lugar, la actuación del colegio anfitrión.

Hacer pasar, entre el publico apretujado, al ternero y a Zaramandico camino del escenario, fue toda una proeza que se resolvió entre aluviones de carcajadas. Pero no fueron tan ruidosas como las que sonaron a posteriori, cuando, pasados diez minutos del comienzo de la obra El Chiquirritín, salió la primera pastorcita —la veterinaria niña— y, tras acariciar la cabeza del Niño Jesús, entonó:

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín.

La concurrencia se retorcía de risa. Entonces, hizo su entrada Talito, el segundo pastorcillo, que le hizo cosquillas al bebé y, después, cantó:

—Ay del Pichiguitín, Pichiguititín.

Lo mismo la tercera pastora. Y el cuarto pastor y la quinta. Trini, a un lado del escenario, estuvo en un tris de sufrir un soponcio, que casi llegó a la apoplejía cuando, agrupado todo el alumnado en la escena final para cantar, completo, el villancico, escuchó las voces de aquel coro con el que tanto había ensayado:

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín, metidito entre pajas. Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín, queridín, queridito del alma…

El público carcajeante aplaudió con ganas la actuación, en la creencia de que aquel pichiguitín, pichiguititín no era sino una chirigota hecha aposta. Y lo era, por supuesto; ya se había encargado Emil, uno de los chicos de 6º de E.G.B. y líder del alumnado, de persuadir a sus compañeros y compañeras para desquitarse por los rapapolvos continuados —y, en su mayor parte, inmerecidos— que el grupo había recibido de Trini durante los ensayos.

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«El árbol desmoronado»: Archivo personal

 

Reconstrucción de los hechos ocurridos en la primavera de 1949, en un pueblo de la Hoya de Huesca, a partir de los recuerdos de la señora Isabel P.N., que contaba, por aquel entonces, catorce años.

Aquella mañana llegaron, por el camino del cementerio, los gitanos. Dos carromatos desvencijados tirados por mulos de pelajes imprecisos bajo un manto de parásitos y, atado a la última de las casas rodantes, un burrillo raquítico cuyas patas ulceradas obraban el prodigio de mantenerlo en bamboleante equilibrio. Los humanos que completaban el cuadro  —cuatro mujeres, cinco hombres y cuatro chiquillos, todos caminando junto a los carromatos, excepto los conductores—  portaban las mismas marcas de miseria y hambre que las humildes bestias que abrían y cerraban la comitiva.

A poca distancia de las primeras casas del pueblo, en una era apenas separada del camino de tierra y lindante con las márgenes del río, el patético grupo detuvo la marcha y, en pocos minutos, humeaba una marmita sobre una improvisada cocina de brasas circunvalada de piedras, mientras animales y chicuelos compartían chapoteos en la orilla del río.

No tardó la curiosidad de los habitantes del pueblo en hacerse presente junto al recién instalado campamento, de tal manera que, al mediodía, cuando las faenas del campo se interrumpieron para sanear los estómagos, nueve o diez personas observaban, en silencio,  a los forasteros y sus paupérrimas pertenencias.

De improviso, apareció un pandero en las manos de una de las gitanas y antes, incluso, del primer golpe rítmico, los cuatro arrapiezos de edades indefinidas se pusieron en movimiento: Volteretas, contorsiones, equilibrios de unos sobre otros… Y un final de saludos al desconcertado público observador que, quizás más sorprendido que entusiasmado, aplaudió con timidez a los infantiles artistas mientras los gitanos adultos se mantenían agrupados junto a la exigua hoguera esforzándose por sonreír amistosamente a los aplaudidores.

A media tarde se inició el ir y venir de algunos habitantes del pueblo a la era y de la era al pueblo. Patatas. Tomates. Cebollas. Una cantidad imprecisa de preciados huevos. Un poco de harina. Sardinas de cubo. Ropa vieja. Algunas perras gordas de aluminio.

La procesión dio tan buenos frutos que los gitanos se sintieron obligados a repetir el espectáculo a última hora de la tarde, imprimiendo a la nueva representación mayor teatralidad, como lo demostraban las dos mugrientas mantas que, colocadas entre los dos carromatos, oficiaban de telón. Al afán de los gitanos por acondicionar su pequeño circo ambulante contribuyeron algunas gentes del pueblo llevando sus propias sillas para convertir la pobre era en escenario de sueños, y, así, entre la necesidad de hacerse agradables de unos y la huída de la cotidianidad de los otros,  la nueva función atesoró la categoría de exitosa.

De lo que sobrevino por la noche, pocos fueron, sin embargo, capaces de dar muchos detalles. Solo el señor Agustín —padre de Isabel—, el serio mayoral de la finca La Palanga, puso voz a las tropelías cometidas en la era. Porque esa noche del mes de mayo de 1949, horas después de que nómadas y sedentarios compartieran un irrelevante festejo, dos números de la Guardia Civil  —según algunos, con el coleto acalorado por el efecto de varios chatos—  se presentaron en la era y, con el concurso de tres matones del pueblo, maniataron y apalearon con saña a los hombres gitanos hasta quebrarles los huesos, raparon las cabezas de las mujeres, las despojaron de sus ropas y les marcaron los cuerpos a punta de navaja, golpearon a los aterrorizados chiquillos y mataron al burro a pedradas.

Nunca se presentó cargo alguno contra los salvajes de uniforme y sus acólitos paisanos, salvo las protestas del indignado mayoral, que no fueron tenidas en cuenta por su conocida desafección al régimen. Tampoco se volvió a tener noticia de los gitanos, que desaparecieron a la mañana siguiente tras ser atendidos por el señor Agustín, su esposa y don Manuel, el practicante, que, haciendo caso omiso a las amenazas de uno de los Guardias Civiles implicados, curó las heridas físicas de las vilipendiadas víctimas. Solo quedó, como prueba del terror desatado, el cadáver del famélico asno, que tardó dos días más en ser retirado.

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«Al aire»: Viktorya Sergeeva

 

Sucedió a mediados de los años cincuenta del siglo XX, en un pueblo altoaragonés.

Al menudo Agustín le gustaba el olor del jabón recién cocido. Aquella mañana había vuelto pronto —tras la recogida de hierba para los conejos y caracolas de tierra para los patos— para sentarse junto al hogar y aspirar la tufarada de los huesos y la grasa de tocino que se deshacían y burbujeaban en el caldero del sosa.

—¿Falta mucho? —preguntó a su madre.

Cosa —respondió ella removiendo el mejunje con un palo—. En cuanti s’enfríe y repose lo echaremos en o cajón. Vete a llenar a boteja.

—Pero, mama, yo quiero aduyala a usté con o jabón…

M’aduyarás cuando acabe. Vete a buscar l’augua.

 

En el lavadero del pueblo las mozas parloteaban ajenas al Sol del mediodía cuyos rayos pugnaban por atravesar los sombreros de paja.
Agustín observó a las mujeres mientras el botijo, en difícil equilibrio bajo el chorro que manaba del caño, se llenaba. Pensó en las sanguijuelas adheridas a las paredes y al suelo cenagoso del lavadero y en las tres culebras de agua que había introducido la tarde anterior.

—¡Trai t’aquí a boteja, mozer! —le gritó una de las lavanderas.

El muchacho caminó sobre el pretil del abrevadero hasta llegar junto a las mozas y les ofreció el botijo. “Mañana meto sangoneras en a boteja”, se dijo.

El traqueteo del coche de línea que llegaba al pueblo le hizo olvidar las sanguijuelas y trepó, ágilmente, por el repecho que subía del lavadero a la carretera. Del destartalado autobús descendieron algunas personas que, cargadas con cajas atadas con cordeles y pañuelos farderos, emprendieron el camino que se adentraba en el poblacho.

—Buenaaas, Josefina —saludó el joven Agustín a una de las viajeras.

—Ah, Agustiner… ¿Y tus hermanas…?

—En o lavador.

 

La viajera, muy peripuesta y portando una maleta de cartón con aspecto de recién estrenada, llegó junto a la barbacana bajo la que se hallaba el lavadero y saludó a las mozas:

—¡Buenas a todas!

—Qué mudada y cargada vienes, chiqueta —observó una de las lavanderas.

—Ya veis… Y con noticias.

—¿Y qué noticias son esas? —se interesó otra de las presentes.

—Pues… ¡que me caso!

—¡Ridiós! ¿Y con quién?

—Sí. ¡Me caso! Pero no tos creáis que con un hombre.

Las mozas dejaron la colada a un lado y miraron, desconcertadas, a Josefina, que las contemplaba con cierta altanería, consciente de la curiosidad que sus palabras habían despertado.

—Y… si no es con un hombre… ¿con quién, pues? —se atrevió a preguntar, por fin, una de las muchachas del lavadero.

—Con un Guardia Civil.

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