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Posts Tagged ‘existencialismo’

«Rigor vitae»: Archivo personal

 

PINCELADA PRIMERA

«Este vino que bebo no es la sangre de Cristo. Este vino que vivo es la coagulación de los números rojos, sangre violada en guerra. Este vino o las lágrimas secas de todos los que emigran, de todos los sin techo, de todos los que todo lo que tienen es nada. Este negro vino de mala uva, que bebo como vivo, es menstruo de mujer crucificada, es un Cristo de sangre clavado en mi conciencia».

♦Sangre negra, de su libro Claro interior (2007)

 

Esta es la historia —entiéndase que sucinta y con omisiones deliberadas— de un escritor ecléctico e incatalogable, de un poeta innovador y provocador, de un ser humano cuyas vísceras se revolvían ante la injusticia, de un hombre tan indomeñable como —en esencia— benévolo; de Ángel Guinda (1948-2022).

 

PINCELADA SEGUNDA

«De niño yo veía en Zaragoza rinocerontes con cabeza de hombre, hombres con cabeza de pistola, hombres con cabeza de falo, hombres con cabeza de copón, hombres con cabeza de mardano, con cabeza de buey, de jíbaro; hombres cabezones, cabezudos, hombres con la cabeza en los pies. Ovejas con cabeza de mujer, mujeres con cabeza de cuna, mujeres con cabeza de cierva, mujeres con cabeza de fogón, mujeres con cabeza de basílica, con cabeza de virgen, de holocausto; mujeres con cabeza de piedad, mujeres con la cabeza entre las manos. Manadas de mujeres y de hombres con cabeza sin ojos, boca, orejas, nariz. Hombres y mujeres sin cabeza. Y cabezas rodando por las calles».

♦De niño yo veía en Zaragoza, de su libro Espectral (2011)

 

El mundo al que abrió los ojos Ángel, lo recibió con rostro trágico; él mismo lo resumiría con un aserto brutal: “Nací matando”. La madre fallecida en el parto fue nebulosa y estrella parpadeante en el trayecto infantil del poeta que, como si no tuviera suficiente con esa cruda orfandad de neonato, cayó en manos de una aborrecible madrastra de las de cuento perverso que, con su trato riguroso, acentuó, en la infancia parca en salud del poeta, la ausencia de ese ser materno en el que no pudo refugiar sus pavores ni compartir sus anhelos. Dicen los conocedores de la vida y la obra de Guinda que, tal vez, esa figura femenina desaparecida a la que el poeta ni siquiera pudo idealizar, fue el estímulo de su reverencial amor por las mujeres. Amó a muchas y ni siquiera las cuatro mujeres con las que matrimonió, y a las que tanto quiso, contuvieron esa ardiente lava de pasión del escritor por (todas) las féminas, a quienes nunca consideró por debajo de él.

Fue, así mismo, otra manifestación femenina, la Poesía, la que desataría en Ángel el fervor más sublime. Tropezóse con ella, según confesaría, en uno de sus paseos por su Zaragoza natal; tenía dieciséis años, la sensibilidad apenas contenida y el desbordante deseo vital de la adolescencia. Prendose de la dama, aferrose a ella y no dejó de rendirle tributo los cincuenta y siete años siguientes, hasta que la muerte, asidua huésped de sus reflexiones, le obligó a insertar el punto final en su postrimera composición.

 

PINCELADA TERCERA

«Dejemos de mirarnos el ombligo. / Se acabó predicar. A sembrar trigo. // No queremos ya más poetas divos. / Exigimos poetas subversivos. // Poetas como alas, / poetas incisivos, / poetas combativos, / poetas decisivos. // Pero tú qué te crees que es la vida. / Una trampa, una fiera mal herida. // No queremos poetas teoremas. / Poemas solución a los problemas. // Testículos y ovarios / cuajando, solidarios, / poemas necesarios / y revolucionarios. // Bien. Dejémonos ya de zarandajas. / Recojamos los dados y barajas. // No escribamos impunemente a tientas. / Escribamos poemas herramientas. // Poemas como balas, / poemas nutritivos, / poemas revulsivos, / poemas explosivos».

♦Rap/Poética, de su libro Poemas para los demás (2009)

 

A finales de la década de los 60, surgió el Ángel comprometido, el antifranquista, el veinteañero que ansiaba darle una vuelta subversiva al mundo; el escurridizo grafitero que, a pincel, dejaba la huella de sus utopías, no exentas de lirismo, en las paredes y tapiales zaragozanos. Cuando en el mes de marzo de 1974 fue ajusticiado a garrote vil el joven anarquista Salvador Puig Antich, el poeta, que siempre había ido por libre, dio un paso más y, convencido de que la lucha contra la tiranía era más factible en un grupo organizado, se afilió al clandestino Partido Comunista de España.

En 1977, cuando la poesía de Ángel Guinda empezaba a ser conocida en los ambientes culturales zaragozanos y entre las gentes de izquierdas, un amigo le encargó un poema para ser leído en un acto de solidaridad con Chile que se iba a celebrar en la plaza de toros y en el que iban a intervenir los cantautores Paco Ibáñez, Pi de la Serra y José Antonio Labordeta. Tras la música, Guinda subió al escenario y leyó:
Mi personal homenaje a un general muy particular: Augusto Pinochet Ugarte: «Pinochet, pedo de trueno, / matón del pueblo chileno. / Valiente bufón de U.S.A. / con la pistola en la blusa. / Gigante de los escombros / con la sangre hasta los hombros. / Cuando te masturbas echas / ríos de pólvora y mechas. / Cuando estornudas salpicas / mocos que luego masticas. / Fracasado de torero, / cloaca del mundo entero, / la mierda no es negociable / por más que asuste tu sable. / Pinochet, pedo de trueno, / matón del pueblo chileno».

El poema burlón, que había sido editado por las Juventudes Comunistas en el reverso de la entrada que daba acceso al acto, no tardó en ser conocido en la ciudad y en los medios de comunicación, atrayendo a la ultraderechista Triple A española, que amenazó de muerte al autor. Ángel, con la petulancia de la juventud, no solo no se arredró sino que en los siguientes grafitis, además de vilipendiar a Pinochet, incluyó al dictador argentino Videla. Dos por el precio de uno.

En 1987, con Guinda consolidado como poeta y cercano a la cuarentena, un pintor zaragozano le encargó un mural para decorar el Café de su propiedad, cuya inauguración era inminente. Ángel, que no había olvidado su experiencia como escribidor de muros, dibujó, bajo el título Guinda del esperpento, una inmensa fruta ornamentada por diferentes frases que componían un chirriante poema. La demanda de un vecino por uno de los versos —«Eyaculad en el ano de Dios hasta su conversión al placer», que, al decir de Guinda, era un guiño a gays y lesbianas— les supuso, al dueño del café y al poeta, la intervención del fiscal del Juzgado de Distrito número 3 de Zaragoza, que solicitaba para ambos, por un delito de blasfemia, dos días de arresto menor domiciliario y 3000 pesetas de multa. Pasarían meses antes que, tras el recurso presentado por los acusados, la causa fuera sobreseída, no obstante, Ángel Guinda consideró que la denuncia y la actuación judicial no eran sino sendos atentados contra la libertad de expresión y tomó la decisión de autoexiliarse en Madrid, ciudad en la que podía guardar cierto anonimato.

 

PINCELADA CUARTA

«Me he fumado la vida
como el tiempo se me ha fumado a mí.
Mirad esta laringe, esta tráquea,
estos bronquios y pulmones
ametrallados por la nicotina.
He fumado los gases subterráneos
del Metro en sus andenes;
el aire de Madrid, sucio
como una traición a la luz más hermosa;
las nevadas del yeso en las pizarras,
la hoguera negra de los tubos de escape,
las hojas secas de la marihuana,
el asfalto, la niebla, la humedad,
la avellana tan blanda de los clítoris,
la espesa polvareda de lo siniestro
cuando huía de mi sombra,
y mi vida hecha polvo,
y el polvo que seré
bajo el árbol secreto de la muerte.
».

♦Me he fumado la vida, de su libro Conocimiento del medio (1996)

 

Nacido en Zaragoza, el 26 de agosto de 1948, y fallecido en Madrid, el 29 de enero de 2022, las cenizas de Ángel Guinda —poeta, ensayista, traductor, articulista, profesor, editor, aforista— reposan, tal cual fue su deseo, encaradas al Moncayo, en el cementerio de Trasmoz, pueblo mágico y brujeril de la provincia de Zaragoza cuya excomunión, dictada en el siglo XIII por el abad del monasterio de Veruela, nunca ha sido revocada.

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«Esculturas de David Teager-Portman»: Archivo personal

 

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Eduardo Galeano (1940-2015): Relato Los nadies, contenido en El libro de los abrazos (1989)—

 

En el área londinense de Spitalfields, se encuentran, a ras de suelo y protegidos por un cristal, los restos de un antiguo cementerio medieval que se levanta sobre otro construido en la época de la Londinium romana. Entre las ruinas de ese osario subterráneo que nos retrotrae a la pandemia de peste que asoló Europa en el siglo XIV, dos figuras de rostros inexpresivos, esculpidas en bronce por el artista británico David Teager-Portman y expuestas, desde 2014 y en macabro señalamiento, en esa ubicación: una, en tonos púrpura, tendida en el suelo y otra, coloreada de azul, que se agacha sobre la primera extendiendo la mano para tocarla. «Eligiendo el lado perdedor», se titula la composición escultórica. Solidaridad broncínea, pensé, en tanto se abría paso en mi memoria Eduardo Galeano manoteándome los recuerdos hasta hacerme evocar a sus Nadies. De él y míos; de cualquier persona que no se ha desprendido del gen del humanitarismo, ese que nos hace lagrimear, vituperar, padecer, acompañar, empatizar, auxiliar, resistir y… contender contra esos engendros totalitarios que se pretenden humanos y hacia los que nos previno Sartre señalando que “al fascismo [a cualquier –ismo tiránico] no se le discute, se le combate, pues el diálogo no es para las bestias”. Y, a día de hoy, cuando afligidos y socorredores compartimos el mismo epígrafe y los Nadies somos mayoría en este planeta circunnavegado por sabandijas, solo la brújula de la indomabilidad será capaz de acercarnos a ese Otro Mundo Posible que anhelamos para las próximas generaciones.

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«Donde sangran las amapolas»: Archivo personal


En una entrevista concedida al Heraldo de Aragón en 2002, le explicaba Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003) a Antón Castro cómo y por qué había nacido su novela Concierto al atardecer [reeditada en 2023], en la que, a través de Alonso, protagonista y alter ego, el escritor evoca, con cierto sentimiento de culpa por ser uno de los sobrevivientes, a los compañeros con los que compartió encarcelamiento, horror y desesperanza en el Seminario de Teruel, transformado en presidio, aquel durísimo invierno de 1937, que solo se diferenció de los terribles meses anteriores en el rigor climático.

Había abrazado a muchos amigos, más de veinte, y había despedido a un centenar de hombres que pensaban que iban a trasladarlos a otra cárcel y los llevaban a fusilar. Eso fue verdaderamente horrible y superarlo me costó una vida entera. Padecía pesadillas por las noches, le confesaba a su entrevistador. Y recordaba que en ese lugar sufrió el horror, el hambre, notabas los dolores en el estómago. Te pegaban, aunque tampoco eran palizas. Vivías en la incertidumbre del pánico. Adquirí el compromiso personal, conmigo mismo y con la memoria de los caídos, de decir lo que ellos no habían podido decir. Así nació mi novela… Además, se producía un hecho espeluznante: los que lo sabíamos estábamos comprometidos a mantener la moral de los que creían que la saca era un traslado de cárcel y no un viaje hacia la muerte. Imposible el olvido.



A VOSOTROS,

mis amigos de cárcel, compañeros de estupor y del espanto,
muchos de cuyo nombre no me acuerdo o nunca lo he sabido,
rostros que se presentan un instante y quizás se confunden,
ojos puestos bajo distinta frente,
una voz de su boca enajenada,
un gesto desprendido de qué manos
o apenas simplemente un estar en silencio…

otros viviendo fuera de su muerte en mi memoria intactos,
Joaquín Muñoz, Segura, Vilatela,
el médico Barea y Francisco Lafuente
y Vázquez y Morales, Pedro Gálvez,
los Tablones, los Chanos y Victorio y el chato de las minas
y aquél ¿cómo era aquél? y el otro, el otro, el otro…

lívidas tardes, madrugadas lívidas,
el terror gota a gota, fuente, arroyuelo, río
desbordándose oculto por los nervios,
un tiempo sin relojes, largas horas brevísimas
y el corazón en tempestad tan aquietado…

hace treinta y cuatro años en estas mismas horas
en que sin convocarnos me venís a los versos,
tuvimos la más honda hermandad, compañeros
sentados a la puerta del alma para esperar la muerte,
el sacrificio inútil mas la esperanza cierta…

estas palabras mías que empezaron a andar sin yo saberlo
hace treinta y cuatro años cuando juntos
hicimos la antesala de la muerte
y estuvieron andando en el estrépito de cañones y músicas triunfales,
hurtándose a exquisitas vigilancias y anatemas feroces,
a la debilidad y al desaliento de tan gastados días,
os las devuelvo ahora,
las desando,
pronunciando en voz alta vuestros nombres
que desde lejanías de espacio y tiempo vuelven a aquel instante mismo
y estoy junto a vosotros aguardando la lista,
qué guijarro tan hondo cayendo en el silencio de cada nombre,
qué tirón de los ojos a los ojos amigos,
qué soledad desamparada quedándose detrás a cada paso,
apretadas las manos sobre el temblor de otras lejanas manos
quizás tan confiadas en el lecho tarado por la ausencia,
y os vuelvo a ver y quiero
ser absolutamente fiel a mi mirada,
os veo ir al encuentro de la muerte sabiendo
que no hay sedas que cubran la desnudez del crimen.

—Poema de Ildefonso-Manuel Gil contenido en el libro De persona a persona, publicado en 1971—



Tras su excarcelación, Ildefonso-Manuel Gil, que había estudiado Derecho, se doctoró en Filosofía y Letras y se concentró en la Literatura y en esas clases que daba, casi de tapadillo, en centros de enseñanza privados  —como el colegio Santo Tomás de los Labordeta, que acogía a muchos enseñantes aragoneses depurados por el franquismo—  para sacar adelante a su recién formada familia (se casó, en 1943, con Pilar Carasol Torralba, alumna suya de bachillerato en el colegio Santo Tomás) que iba aumentando poco a poco. ¿Su ilusión? Ser catedrático de Literatura, pero para ello debía firmar el exigido certificado de adhesión al Movimiento. Me acordaba de los amigos a los que había dado un abrazo porque los iban a asesinar, y… ¿cómo iba yo a hacer una adhesión a Franco?.

En 1962, sabiendo que su negativa a avalar la dictadura le impediría acceder a la ansiada cátedra, se trasladó con Pilar y sus hijos a Estados Unidos, donde nacería la menor de sus cinco retoños. Allí, lejos de España y con un contrato de docente universitario bajo el brazo, pudo empezar a redactar su sobrecogedora novela Concierto al atardecer, que llevaba casi treinta años gestándose en su mente y tardó otros treinta en ser publicada.

Entremedias, este vate, honesto y fiel a sus ideales —que prefería ser llamado poeta de la Generación de la República y no de la que se ha terminado denominando Generación de 1936, por tratarse, decía, de un año nefasto en la historia de España— ejerció de profesor de Literatura Española en la Rutgers University y dio conferencias y lecciones magistrales en centros universitarios de Estados Unidos y Canadá, sin dejar jamás de lado el motor de su vida, la escritura, actividad a la que siguió dedicándose también, con su puntilloso y reconocido estilo, a su regreso a España en 1985 y hasta su muerte en 2003.

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«Blasa en su acomodo»: Archivo personal


«Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio con el fin de evitar la evasión de mis aves y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías: yo, dueño de mis gallinas, y los demás, que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones y, por primera vez, lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí y, cegado por la rabia, maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo y, en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario».

—Del libro Gallinas y otros cuentos, de Rafael Barrett (1876-1910), con ilustraciones de Clara-Iris Ramos

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«Rastros»: Archivo personal


Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.

Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie, nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.

¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.

Retrospectiva existente, poema de Miguel Labordeta (1921-1969) contenido en su libro Violento idílico, publicado en 1949—.

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«Château de Lourmarin»: Salva Barbera


En el pequeño paraíso de Lourmarin, en cuyos rincones danzan los sueños, se halla la casa que comprara Albert Camus (1913-1960) en 1958 con el cheque que acompañaba el galardón del Premio Nobel de Literatura concedido por la Academia Sueca el 16 de octubre de 1957.

Acostumbrado desde niño a prescindir de tanto y poco dado, ya adulto, a dispendios superfluos, Camus se prendó de la mágica esencia provenzal de Lourmarin y de aquella antigua granja dedicada a la cría de gusanos de seda situada en la calle de la Iglesia  hoy, calle de Albert Camus, que él concibió como cálido hogar de Francine, su mujer, y sus gemelos Catherine y Jean, nacidos en Boulogne-Billancourt en 1945.

De aquella casa amorosamente reconstruida y amueblada, con su original terraza con columnas, sus persianas verdes y su imponente ciprés, salió el reposado escritor hacia París en el Facel-Vega de su amigo Michel Gallimard para encontrar la muerte en la carretera el 4 de enero de 1960.

Cómo lloró Lourmarin, su elíseo, la muerte de su Monsieur Terrasse, apelativo con el que se referían al escritor sus convecinos para proteger la intimidad de la familia Camus de los periodistas y curiosos que acudían a la localidad para importunar al nuevo Premio Nobel francés.

Sus amigos, los futbolistas de Lourmarin, con quienes tantos momentos había compartido, llevaron a hombros el féretro hasta el cementerio, donde una humilde lápida de piedra  cerca de la de su esposa, fallecida en 1979—  señala su tumba. De allí, del rincón funerario que velan el laurel y el romero, quiso exhumarlo Sarkozy, en 2009, para enterrarlo en el parisino Panteón de Ilustres, encontrándose con la oposición de la familia, que se negó al traslado de los restos de Camus de aquel paisaje campestre donde tan feliz había sido en vida.



NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 5 de enero de 2015.

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«Castillo de Montearagón (detalle)»: Archivo personal


Discurre el primer tramo del Camino Viejo entre las naves del polígono industrial, bajo un Sol que, a las nueve de la mañana, apenas despunta desde el cielo azul desvaído que surcan, en vuelo atropellado desde el oeste, bandadas de estorninos. Yace un gato muerto en el último metro de arcén, antes de que el asfalto retorne a ser sendero terroso y solitario jalonado de hierbas bien nutridas, con el familiar recorte de la sierra amurallando el norte y la silueta de arenisca del castillo  —bajel varado—  agrandándose conforme los pasos se encaminan a la última morada de Javier Tomeo (1932-2013).


Fue una tarde de mayo  —o de junio—  de hace doce  —o trece—  años. En la Feria del Libro. Tarde recalentada, como agosteña. El autor, momentáneamente solo, muy serio y, quizás, aburrido, en una caseta sobre la que desparramaba el Sol su potencial soberbia. Ella y él acercándose, sacando de la bolsa de tela los tres libros manoseados y depositándolos en el mostrador. Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes. Cuentos perversos. El gallitigre. “Estos libros ya tienen años”, dijo el autor. Sonreía. No les preguntó sus nombres ni a quién o quiénes querían que los dedicara. Escribió: “Con gratitud”. Exactamente lo mismo en los tres libros. Debajo, su firma. Les tendió los libros uno a uno, muy, muy despacio, casi reteniéndolos. Hubo un atisbo de sonrisa y un leve encogimiento de hombros cuando se acercó un periodista de Radio Huesca y le ayudó a colocarse unos inmensos cascos. Ella y él se despidieron del autor con un movimiento de ojos y marcharon con la gratitud escrita de Javier Tomeo y un tropel de preguntas retenidas en las comisuras de los labios.


El firme del sendero va suavizándose, reblandeciéndose cerca del barranco donde los cuatro pilares del acueducto del siglo XVIII preceden a otra joya hidráulica de origen romano [FOTO] datada en el siglo II d.C. que pervivió oculta cientos de años en el fundus que, otrora, quizás fuera miliario de la vía Osca-Ilerda y que, hoy, pies nuevos hollan dejando sobre el limo  —en dirección a Quicena, donde Tomeo reposa—  caducas huellas sin historia.


Van pasando los años, pero los paisajes, en líneas generales, permanecen fieles a sí mismos. Ahí continúan pues, invariables, ocupando todo el horizonte, el enorme lomo de la Sierra de Guara, el Tajo de Roldán y, escorado hacia la izquierda, el pico de Gratal. Más cerca, casi al alcance de la mano, está ya el castillo de Montearagón, nuestro castillo de Montearagón, resistiéndose heroicamente a convertirse en un informe montón de piedras. Hoy, como ayer, sus entrañables ruinas continúan presidiendo el Somontano y, vistas desde lejos, conservan incluso la misma silueta que tenían varios lustros atrás. – Javier Tomeo Estallo.

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«Epí ta metá ta physiká»: Archivo personal


La mañana del 23 de junio de 1959, recién llegado el verano, cinco meses y algunos días después de la elección de De Gaulle como Presidente de la V República, Le Petit Marbeuf, una modesta Sala Cinematográfica parisina, descorría el telón que protegía su impoluta pantalla para que un reducido grupo de cinéfilos asistiera al primer pase de la película  J’irai cracher sur vos tombes / Escupiré sobre vuestra tumba, basada en el libro homónimo de Boris Vian cuya publicación, trece años antes, había levantado una gran polvareda en las mentes biempensantes de la sociedad francesa y llevado a las autoridades de la República a prohibirlo por pornográfico e inmoral, condenándose, asimismo, al autor —que lo había firmado bajo el seudónimo de Vernon Sullivan, atribuyéndose únicamente la traducción— por ultraje a los muertos.

Entre los asistentes a la primicia, el propio Boris Vian, buscando pasar desapercibido dadas las pésimas relaciones que había mantenido con el productor y el director de la película, que no habían dudado en expulsarle del proyecto por sus personalísimas ideas para convertir en guión la novela, de cuyos derechos ya no gozaba por haberlos vendido para su adaptación cinematográfica.

Y finalizada la proyección, una vez encendidas las luces de la sala, la tragedia: Boris Vian, novelista, dramaturgo, poeta, músico, cantante, inventor,  ingeniero, antimilitarista, ateo, irónico, crítico y comisionado del estrambótico Colegio de la Patafísica, yacía muerto en su butaca. Su maltrecho corazón había sucumbido a un ataque cardíaco. Tenía treinta y nueve años.

 

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«La esencia de las amapolas»: Archivo personal


Yo, al escribir, no hago literatura; escribo sujetándome el hígado o apretándome el corazón. Si canto suave o fuerte, canto sin saberlo, como los buenos árboles cuando les sopla el céfiro o les azota el aquilón.

[…]

Odio todas las cosas, que las cosas todas tienen su lado odioso; las amo a todas, que todas tienen algo que las hace amables. Por eso mi lápiz y mi pluma (los dos torpes, de principiante) se mojan en dos colores: uno rosa, como las mejillas de las adolescentes; el otro negro rojizo, como el color de los ataúdes a medio pudrir y las gangrenosas heridas de puñalada. Si alguna vez hubiese de dibujarme un ex-libris, sería este una chulona tocando unas castañuelas y bailando sobre el agujereado cráneo de un uncido.

El término medio en todo, donde están los horteras, los prácticos, los adaptados, me asquea; si alguna vez dejase de ser revolucionario, con la puntera de la bota metido en la anarquía, sería para irme a un monte, a vivir en una ermita y llamar, como el místico, al agua “hermana agua” y al lobo “hermano lobo” […]. [*]


NOTA

[*] RAMÓN ACÍN AQUILUÉ (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarquista. Asesinado por los fascistas, el 6 de agosto de 1936, en la ciudad que tanto amó.

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«Trampantojo»: Archivo personal


Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales. La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard, Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos, muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos. En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: Que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.
Fragmentos finales de
La peste, de ALBERT CAMUS (1913-1960)


NOTA

La ilustración que preside este artículo corresponde a la obra Capricho, óleo sobre lienzo pintado, en 1891, por Bernardino Montañés Pérez (1825-1893). Se halla expuesto en el Museo de Huesca.

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