
«Mannequin»: Archivo personal
Cuatro gorriones pedigüeños se acercan, envalentonados, a las mesas de la terraza del bar que hace esquina en la plaza, donde antaño se elevó la torre albarrana de la ciudad. Suena la media en el reloj de la iglesia de Santo Domingo y San Martín. Las siete y media de la mañana y ya el sol se cierne sobre las parasoles que sombrean parcialmente a las cuatro o cinco personas que desayunan frente al sobrio templo de ladrillo ornamentado con pilastras laterales. Humean cafés, cortados y cigarrillos. Los gorriones familiares recogen los pedacitos de cruasán depositados en el suelo y revolotean hasta los árboles para regresar inmediatamente junto a los pies de sus benefactores en busca del siguiente bocado. Un acéfalo maniquí se yergue en la calzada donde apenas circulan cuatro o cinco ciclistas. En la mesa más alejada, un hombre vestido con una camiseta con los colores de la III República lee el periódico mientras un gorrioncillo ventrudo picotea con fruición un trozo de churro a pocos centímetros de su mano.










