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Posts Tagged ‘Barrio’

Gabor Orgovanyi: "Let's Play"

«Let’s Play»: Gabor Orgovanyi

Cuando Zaramandico, el burro viejo, tiene “el día bueno”  -expresión que usa el señor Juan para indicar que no renquea tan aparatosamente como de costumbre-, se planta, firme, ante la cancela del prado donde habitualmente pasa el día para indicar que está preparado para llegarse  -sólo o en compañía-  hasta  la Rinconada de Esparceta, donde crece el pipirigallo, su forraje predilecto. Impaciente, observa con atención el camino arbolado que lleva al Barrio en busca de una presencia humana a quien dirigirse, con solemnes cabeceos, para que le abra la puerta.

A este burro sólo le falta hablar– dice, admirada, Sarita, la cartera rural, que cuando baja la correspondencia a la Urbanización suele tropezarse con la estampa del animal haciéndole mohines para que le facilite la salida. Pese a ello, la joven jamás se acerca a la cancela; ni siquiera sale del automóvil. Mantiene una distancia más que prudente desde que, un par de años atrás, recién incorporada a su puesto de trabajo, se dejó atraer por la imagen pintoresca del burro tumbado en el prado, se introdujo en los dominios de Zaramandico y, al tratar de hacerle una caricia, recibió un rápido mordisco en un brazo.

La acción del animal no trajo más consecuencias para Sarita que un buen susto, un hematoma considerable, la reprimenda del jefe de cartería por meterse en propiedad ajena y el prólogo a su emparejamiento con el ayudante técnico sanitario que le practicó la  primera cura en el Centro de Salud.

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«Towel-lites»: Jeici1


En el solárium se detiene el tiempo en las diez toallas ordenadamente dispuestas para recibir los envoltorios corporales que emergen del agua apenas acariciada por la indolencia del Sol matutino.

Los tejidos de felpa brindan a los primeros rayos la vivacidad de su colorido únicamente hollado por los botes de crema protectora y los libros que aguardan la humedad de la piel en las cubiertas que anuncian otros mundos imaginados.

La reina en el palacio de las corrientes de aire. Secreta Penélope. El rey felón. Los tres amigos. La Décima Sinfonía. Cartas de Grossi. La Bolsa de Bielsa. El pintor de sombras. Las hijas del frío. Cautiva en Arabia.

Viene y va el silencio entre los seres que, cumplido el ritual acuático, adecuan el ritmo de sus reflexiones a los signos ortográficos y al devenir de personajes de papel que hacen circular sus vicisitudes por territorios ajenos al que acoge los cuerpos yacentes al borde de la piscina.

[…]

I understand about indecision,
But I don’t care if I get behind.
People living in competition;
All I want is to have my peace of mind.

(…)

Take a look ahead.
Take a look ahead.
Look ahead.

Peace of Mind.- Boston.

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Clay Bodvin: "Still Life Room 1"

“Still Life Room 1”: Clay Bodvin


Niña, me podías dar de eso, que igual se me apaña la rodilla”, pide, zalamera, la tía Chele a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. ‘Eso’ es la dosis de glucosamina con que la veterinaria trata la artrosis de Zaramandico, un burro cercano a la cuarentena, considerado una reliquia por ser el último ejemplar de su especie que queda vivo en la localidad. Chelenée Pilar- es una vieja gitana de la misma quinta que la señorita Valvanera, la antigua maestra, a quien la veterinaria da el tratamiento de tía como señal de respeto, sin que exista entre ellas más parentesco que el derivado de compartir la misma etnia.

La señorita Valvanera y la tía Chele mantienen excelentes relaciones desde que la primera era una joven maestra a quien Antonio, el marido ya fallecido de la enjuta gitana, recogía cada domingo por la tarde en la carretera donde la dejaba el coche de línea y la acompañaba hasta el Barrio brindándole el fuerte lomo de Ponzano, el mulo, para salvar los últimos kilómetros de pista de tierra. El bucólico viaje se completaba los viernes por la tarde en sentido contrario, con parada obligada en la localidad de residencia de la pareja de  -entonces-  jóvenes gitanos, donde una muy dispuesta tía Chele entretenía a la señorita Valvanera hasta que el decrépito autobús tocaba la bocina para anunciar el inicio del recorrido hasta la ciudad.

Si al burro le va bien, ¿por qué no a mí? Los dos somos viejos”, insiste la tía Chele mientras observa con atención el brebaje de algas que se sirve la señorita Valvanera. “Huele a podrido”, le dice. “Pero es mano de santo, Chele”, replica la maestra.

A la tía Chele la recoge en el coche, dos o tres veces por semana, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio para subirla a pasar la tarde con la antigua maestra. Las dos añosas mujeres, de mentalidades y vidas aparentemente tan dispares, apuran las horas con palabras y silencios, compartiendo confidencias, remedios caseros para sus respectivos achaques y novelas de Anne Perry que la señorita Valvanera saca de la Biblioteca Municipal para su comadre la gitana. “Ya ves, Valvanera, qué desagradecida es la señora veterinaria, que no ayuda a esta pobre vieja”. “Lo que voy a hacer es pedirle una cita en el Centro de Salud y le cuenta a la doctora que a partir de ahora se va a convertir usted en paciente mía. Y habrá que hablar con el señor Juan para que le haga un hueco en la cuadra de Zaramandico”, bromea la veterinaria. “¿Qué te decía yo, Valvanera? Los gitanos jóvenes están perdiendo el respeto a sus mayores”. La tía Chele ríe mientras hace amago de abofetear el rostro de la veterinaria.

Un fallido intento de cierzo hace que ondeen los visillos de la ventana de la cocina de la señorita Valvanera. “Ojalá refresque”, suspira la maestra.

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«Cuando regrese el viento»: Archivo personal


A Pascuala, la de la tiendeta de Constancia, se la conoce, de cuerpo presente, como Pascualita y, en ausencia, como la Gripia (=Arag., víbora, arpía), apelativo éste que en ningún caso hace justicia a los ofidios, en palabras que la Sra. Benita, la santera, resuelve con la coletilla “porque a gripia ista ye más mala qu’ arrancau» (=Arag., expresión referida a persona de aviesa intención).

De las malas artes de Pascualita quien más sabe y nunca cuenta es la señorita Valvanera, la vieja maestra, a quien -dicen- hizo la vida imposible en treinta y uno de los cuarenta años de ejercicio profesional. El curioso acotamiento del tiempo dedicado al incordio y la maledicencia contra la maestra se hace coincidir con el auge y caída, en los confines del Barrio, de la Sección Femenina del Movimiento, sociedad a la que Pascualita dedicaba los momentos de parón entre denuncia y falso testimonio. Dicen que era tal el aborrecimiento que tenía la hija de Constancia por la entonces joven maestra, que no dudó en hacer llegar al Obispado una carta con el Ave María de rigor en la que ponía en tela de juicio la honorabilidad en las relaciones entre mosén Ramiro, el cura viejo, y la señorita Valvanera. Mosén Ramiro, que poseía tantas dosis de bondad como de mal genio, advertido por sus superiores, increpó a la correveidile en la misa dominical. “¡Llamarme rijoso a mí, desgraciada!”, afirman que vociferaba el cura desde el púlpito de piedra. Fue tal el escándalo que, a partir de entonces, y mientras el mosén vivió, Pascualita cumplía con sus deberes con la Santa Madre Iglesia en el pueblo vecino, donde, entre las penitencias encomendadas por el colega de mosén Ramiro, no debía de encontrarse terminar con el acoso a la maestra, a quien la Gripia siguió incordiando con tanta saña como desatino unos cuantos años más.

A Pascuala -“Pascualita. Siempre me han llamado Pascualita”, suele decir-, alias la Gripia, una mala caída le dañó la cadera de manera irreversible, viéndose obligada a utilizar un andador que sustituyó a la silla de ruedas en la que estuvo confinada cerca de un año; silla de ruedas que, durante el tiempo benigno, era empujada por la señorita Valvanera, jubilada ya de los menesteres escolares, y que jamás mencionó los momentos desagradables que le hizo vivir en el pasado aquella a quien solícitamente paseaba.

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«Madonna Noir»: Lisle Drake


Encima de los tableros montados sobre caballetes que ejercen de protocolarios altares para el buffet de tortas de sardina, destacan las quince botellas de grueso cristal tallado -donadas por Marina a la Asociación de Mujeres, grupo más conocido en el Barrio, como Las Tejedoras-, generosamente llenadas con los preciados caldos de las vides que se cultivan, más allá del recuerdo de las gentes más viejas, al pie del saso (=Arag., elevación con paredes verticales y cumbre llana).

La Viña del Saso -como se la conoce- fue, siglos ha, dote mancomunada de las mujeres del Barrio, a la que tenían derecho por nacimiento y de la que, en razón de la cosecha obtenida, se entregaba una señal, a modo de beneficio, a cada mujer que matrimoniaba con varón de la localidad.

La dote fue suspendida durante muchos años, por presión eclesiástica, como castigo y penitencia a todas las mujeres que ejercían de camareras de la Virgen Negra, revertiendo los beneficios al mosén de turno. Como quiera que la mayoría de las mujeres tenían una ligazón, más o menos pública, con la conocida como Nuestra Señora de los Morros de Cebollón, la Iglesia y la Casa Parroquial recibían al completo los beneficios, destinándose el vino sobrante de la venta, al rito de la misa.

Fue durante la II República cuando Juliana, de Casa Viscasillas, reclamó y obtuvo la vuelta a la vieja tradición. Con la llegada de la democracia y la creación de la Asociación de Mujeres, la Viña del Saso dejó de estar vinculada a la dote matrimonial convirtiéndose en patrimonio gestionado por las imprescindibles Tejedoras, quedando como acto simbólico la entrega de un pequeño tonel de vino a todas las mujeres ligadas al Barrio, nacidas o no en la localidad.

En el bar del Salón Social, las gentes del Barrio y las foráneas que tienen su residencia de fin de semana en la urbanización, comparten el almuerzo previo al inicio de la Fiesteta Pequeña, que conmemora, sin tapujos, los sucesos que tuvieron lugar en el Limbo de las Peinadoras.

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«Courir de Mardi Gras»: Edmond Ewell


Las cuatro farolas recién estrenadas extienden su energía luminosa más allá de la barbacana que separa la Placeta de la Abadía, en la trasera de la iglesia, del humedal que antecede al río.
Un suspiro de brisa guía hasta las sombras acuáticas las últimas bocanadas de humo que bailotean en los restos de la hoguera convertida en alargado lecho de brasas.

Tarde noche de Jueves Lardero, con ennegrecidas parrillas colmadas de longaniza cuyo aroma tienta la gula de los moradores del Barrio, acá y allá dispuestos, entre cháchara y risas, para mantener la tradición y el alborozo.
Varios tonos por debajo de las voces suena la música, como un murmullo únicamente audible para quienes, entreteniendo la espera del manjar expuesto al fuego, se acercan hasta la mesa colocada cerca de la entrada a la casa parroquial, para tomar un cuadrante de hojaldre cubierto por una capa de fritada.

Tarde noche de Jueves Lardero, preludio de esquillas relucientes y familiares Trangas que, en ruidoso y anárquico desfile, anunciarán, el sábado carnavalero, la cercanía de la Primavera.



BOCABULARIO / VOCABULARIO
Borina= Juerga.
Esquilla= Esquila.
Fritada= Guiso hecho con ajo, aceite, sal, patatas, cebolla, calabacín, tomate y pimiento.
Trangas= Seres de la mitología pirenaica, de aspecto amenazante, que el día de Carnaval tienen como misión asustar a la gente.

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«Nude»: Stefano Menicagli


Ascendiendo lentamente por la improvisada rampa de madera, Carmencita salva los tres escalones que llevan a la Sala Pepito de Blanquiador. Sus manos, sorprendentememte finas aunque cubiertas por multitud de motitas amarronadas, aferran las empuñadoras laterales del andador y lo arrastran hasta atravesar el dintel en forma de arco que se abre al salón de exposiciones.
Los ojos pardos de Carmencita, cuyas gruesas gafas no logran afear, destilan diminutas lágrimas conforme van deteniéndose en los trazos enmarcados que festonean medio siglo de trabajo.

Carmencita, la modista, la hija del señor Longinos y de la señora Carmen, de Casa O Sastre, empuja con decisión el artilugio que le permite transportar, a pasitos cortos, su menudo y cansado cuerpo por el coqueto habitáculo donde se exhiben los figurines que fue creando a plumilla y carboncillo y que, llevados posteriormente a los metros necesarios de tela, conformaron la vestimenta de la mayoría de sus convecinas en días señalados.


A Carmencita le enseñó a coser su padre, el señor Longinos, modesto sastre habituado a la tosquedad de los tejidos de baratillo, que lo mismo daba la vuelta a un abrigo para ocultar los años de uso que tapizaba viejas sillas para eternizarlas en aquellos comedores de antaño que sólo se abrían para ser mostrados a las visitas.

A Carmencita la necesidad le despertó la imaginación y la falta de acceso a las revistas de moda, la creatividad, así que, metida a modista sin pretensiones, con un desvaído diploma de Corte y Confección expedido por la Sección Femenina y con una clientela de modestia archisabida, añadió a los habituales útiles de costura unos cuadernos de dibujo donde, según el gusto y las posibilidades del vecindario, creaba, con maña, figurines para todas las edades y condiciones.
Cuellos redondeados y en pico, solapas con finos pespuntes, canesús de nido de abeja o trabajosas puntillas, austeros trajes de sastre, blusones de mangas acampanadas, faldas de tabla, rectas o con vuelo, abrigos de pañete con cuello de borreguito… Y todas sus creaciones con el previsor doble y generosas costuras para que, con el transcurso del tiempo y de los cambios físicos de la clientela, pudieran ser ampliadas y recosidas hasta la extenuación.


Educada en la convicción de que todo es útil, Carmencita, una vez jubilada, guardó su colección de cuadernos y sus utensilios de modista en la falsa (=en aragonés, desván, buhardilla) de su vivienda, de donde han vuelto a salir para formar parte de la exposición «Nuestra historia, nuestras gentes«, inaugurada el pasado día 1 en la sede de la Asociación de Cultura Popular.

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