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«Panorámica londinense desde el mirador del Sky Garden»: Archivo personal



Siete horas y media antes del crucero fluvial

Todavía no eran las ocho de la mañana y ya había recorrido Jenabou, impaciente, cuatro o cinco veces todo el enmoquetado de las zonas comunes del hotelito —cama y desayuno— menos caro —es un decir— de las proximidades —otro decir— de la Torre de Londres. De tanto en tanto, se acercaba a la mesa con un «¿pero termináis de desayunar, o qué?» y, sin esperar ninguna respuesta, reiniciaba el paseo para terminar sentándose en un sillón tapizado con una tela a cuadros escoceses que, si ya era feísimo por sí mismo, un cojín redondo lleno de margaritas le daba la estocada final.

Si en aquel momento hubiera entrado un clon de miss Marple, con una mañanita protegiéndole el torso, gorrito ornamentado con puntillas y mitones de hilo de Perlé, precediendo al engolado Hercule Poirot, con toda su melindrería a cuestas, es posible que los tres ocupantes del comedor no hubieran dedicado ni dos segundos a saciar su curiosidad. En cambio, si se hubiera tratado del fantasma de la escritora Anne Perry del brazo de su personaje William Monk, comandante de la Policía Fluvial del Támesis en el siglo XIX, los grititos de aceptación y entusiasmo de la adolescente hubieran erosionado los cimientos de la atemporal hostería —bed and breakfast— de mister Chambers.



Cinco horas y media antes del crucero fluvial

Con medida puntualidad británica, consecuencia de un trayecto pedestre a ritmo de marchadores olímpicos con algún que otro «sorry» lanzado a otros peatones, habían logrado evitar la cola para la visita al mirador del Sky Garden y, tras pasar todas las medidas de seguridad, ser de los primeros en tomar el ascensor de alta velocidad hasta la planta treinta y cinco para acceder al paraíso: Una bóveda acristalada cubriendo tres plantas con un extraordinario jardín tropical y 360º de vistas impactantes de la metrópoli, con el Támesis, imponente en su improvisado abismo, haciéndole mohines —o eso percibía ella— a Jenabou que, obnubilada, incluso se había olvidado de respirar y apenas reaccionó al «¿estás bien, corazón?» de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Sentada ante un vaso de agua y unas tortitas japonesas colmadas de crema, mermelada de frambuesas y tropezones de galletas de chocolate [FOTO], la joven había sacado de la mochila el Libro; no un libro cualquiera, sino EL LIBRO, el ensayo que la había conectado definitivamente con el Támesis desde que se lo regalara Étienne a finales del pasado noviembre y posara sus ojos en la primera línea. Mudlarking: Historia y objetos perdidos en el río Támesis, el libro de Lara Maiklem que le había devuelto a la memoria las novelas de la colección William Monk, de Anne Perry, y al personaje de Scuff, el niño mudlarkbuscador en el lodo, sería su traducción— que, como otras criaturas abandonadas de la era victoriana, esperaba la bajada de la marea fluvial del Támesis para hurgar en el fango de la orilla en busca de tesoros que revender para conseguir comida.



Crucero —con té de la tarde y merienda— por el río Támesis

Entretenidos en el mercadillo navideño del paseo peatonal de The Queen’s Walk, en la orilla sur del río, se habían visto obligados a coger un taxi para llegar, con tiempo sobrado, al muelle de la Torre, donde los habían convocado, con quince minutos de antelación, para proceder al embarque. La zona del comedor —con espléndidos ventanales panorámicos que facilitaban las vistas del exterior fuera cual fuese la ubicación de la mesa en la que el personal del barco acomodaba al pasaje— se llenó de sonrisas y susurros en tanto la nave iniciaba su singladura y la voz del audio sugería una mirada a la Torre de Londres que, lentamente, iba quedando atrás, en su permanente dique térreo, aguardando el regreso de aquellos aventureros urbanos que surcaban la vieja Londinium a lomos del mareal y salobre Támesis, guardián de historias, lances, gentes y objetos sepultados en el barro.

Los ojos de Jenabou, que tantas ficciones y realidades escritas del Támesis habían absorbido, miraban ora el Big Ben, ora el London Eye. Y el Shakespeare’s Globe y el gigante The Shard… Pero, sobre todo, escudriñaban el río como si esperaran que, entre un puente y otro o a la altura del Palacio de Westminster, emergiera de las aguas ligeramente enturbiadas un trirreme romano con una vela desplegada y chorreante de limo. Quizás por eso apuró, sin percatarse, su segunda taza de té —bebida que aborrece— mientras mordisqueaba un scone de pasas y arándanos.

Diciembre, 2025

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«Ya es Navidad en The Temple Bar (Dublín)»: Archivo personal

 

De lo que va de las nueve y veintisiete del sábado —hora de llegada— a las doce y treinta y cinco del lunes —hora de partida—.

Al igual que muchas ciudades españolas —en las que el escaparatismo navideño guiña su brillibrilli desde finales de octubre/principios de noviembre—, los establecimientos dublineses han sacado sus sacos de adornos al uso y los han vaciado tras las cristaleras, sobre las marquesinas, en los aleros y a pie de calle; a veces, es tal el revoltillo que no se sabe si entre tanta prodigalidad visual se esconde el famoso Wally de gorro y jersey a rayas blancas y rojas o solo se trata de una agresiva mercadotecnia que supone que el atiborramiento de imágenes alela tanto a las y los mirones que les hace airear la tarjeta o el efectivo con mayor ligereza. Cualquier cosa. “Con qué devoción le hincaría ahora mismo el diente a una tableta de turrón de praliné”, confesaba Marís mientras, tras dejar las mochilas en el hotel, se dirigian a zampar donuts recién hechos al Krispy Kreme.

 

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Pero si bien Dublín va al alimón con otros países en pregonar la Navidad un mes antes de su celebración oficial, es pionera, en este otoño de 2025, en adelantar el  invierno, proyectándolo en la pared ante la que se halla la escultura de uno de los símbolos de la ciudad, Molly Malone [FOTO], la joven pescadera —algunos dicen que vendía pescado de día y se prostituia de noche— fallecida de fiebres en plena calle, allá por el siglo XVII, que alimenta leyendas y letras de canciones. Cuando se colocó la estatua, en 1988, el imaginario popular atribuyó a los magníficos pechos que le asoman a la representada por la parte superior del corpiño, el don de traer suerte a quienes los acariciasen. Y así, toqueteo va y viene, terminaron tan desgastados que su superficie tenía una concavidad bien perceptible y tuvieron que ser recompuestos. A partir de entonces, las autoridades dublinesas decidieron poner vigilancia al monumento para disuadir a los turistas de la costumbre del manoseo.

 

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Cuando se encontraban dentro del recinto del Trinity College [FOTO], Yoly se plantó: “A ver… La otra vez hicimos el tour por el Trinity y la biblioteca antigua y pagamos veinte euros… ¿Vamos a pagar hoy veinticinco por más de lo mismo? Sugiero irnos a respirar al parque Fénix”. Y a visitar los gamos marcharon. El Phoenix Park, abierto al público en el siglo XVIII —antaño había sido pabellón de caza real—, es un parque urbano de entre setecientas nueve y setecientas doce hectáreas cuyo nombre irlandes, Fionn Uisce, significa «agua clara». Un zoológico, dos lagos, espectaculares jardines y varias edificaciones históricas se distribuyen en un espacio excepcional —atravesado por el río Liffey— en el que los gamos salvajes, descendientes de los que poblaban el antiguo pabellón de caza, son de una sociabilidad llamativa [FOTO] al estar habituados al contacto con la especie humana. Entre los edificios del Phoenix Park destaca el que, desde 1938, es la residencia oficial del Presidente de Irlanda; de estilo neoclásico, se dice que en él se inspiró el arquitecto que diseñó la Casa Blanca. Como curiosidad, en una de sus ventanas hay una vela permanentemente encendida para, según la tradición, guiar a los emigrantes irlandeses de vuelta a su país.

 

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En el pub The Quais —donde comieron un exquisito pastel de carne [FOTO], tradicional de la gastromomía irlandesa— coincidieron con dos parejas de Zaragoza que les hablaron de una costumbre navideña de los dublineses (muy) bebedores de cerveza; consiste en visitar sucesivamente doce pubs y echarse al coleto una pinta en cada uno para celebrar los doce meses del año. “Bah”, contratacaba Taty, “conozco a más de uno que no necesita escudarse en la Navidad ni en ser irlandés para beber lo mismo o incluso más”. El universo cervecero está muy sobrevalorado, lo mismo que algunos pubs de renombre subidos, en exclusiva, al carro del turismo mientras la calidad de sus servicios se desparra a pie de barra. Otros, en cambio, pese a no tener espacio, o muy poco, en las guías turísticas, mantienen su estatus de Public HouseCasa Pública, que de ahí procede la palabra pub—, con precios bien combinados con la calidad y sin sobrepasar el aforo a la hora de las actuaciones musicales en directo. Y viene bien cambiar de ambiente. Por eso, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, que en eso de buscar alternativas es muy avispada, encontró un restaurante vietnamita de gratísimos aromas donde Étienne y sus cuatro compañeras degustaron, entre otras sabrosísimas especialidades del país asiático, la clásica sopa de fideos con carne y hierbas aromáticas [FOTO] y un plato de carne de cerdo agridulce con arroz y huevo frito con la yema líquida [FOTO]. Genuinas delicias para el paladar.

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«Catedral Ortodoxa de Alejandro Nevski, en Sofía»: Archivo personal


Nunca había aspirado tanto humo de velas e incienso”, comentaba Marís cuando se dirigían al monasterio de Rila, a menos de dos horas de Sofía. En la capital búlgara, les habían maravillado dos de los templos visitados: la catedral patriarcal de Alejandro Nevski [FOTO DEL INTERIOR], de estilo neobizantino —una de las diez iglesias orientales más grandes del mundo—, construida a finales del siglo XIX y que lleva el nombre de un príncipe medieval ruso defensor del Cristianismo Ortodoxo, y la de Santa Nedelya [FOTO], erigida en el siglo X pero remodelada y reconstruida en los siglos posteriores; en 1928 un atentado con bomba, no solo la destruyó por completo, sino que se cobró la vida de 128 personas. Sin embargo, ningún templo es comparable al complejo espiritual que se alza en las faldas de las montañas de Rila y que tuvo sus inicios en una cueva; en ella vivió, en el siglo X, el eremita Iván Rilski —San Juan de Rila—, santo milagrero venerado en Bulgaria —que lo honra como patrón— y en los países limítrofes. El monasterio [FOTO] posee un claustro pentagonal y, como todos los templos ortodoxos, los muros interiores están profusamente decorados [FOTO], [FOTO]. El paisaje que lo circunda es espectacular, con lagos glaciares, cumbres de 3 000 metros y exuberante vegetación que embellecen, aún más, esta magnífica construcción religiosa en la que llegaron a residir trescientos monjes, aunque, en la actualidad, solo lo hagan unos diez.

Sofía, al igual que Bucarest y otras capitales del antiguo bloque comunista, muestra esa arquitectura brutal y nada comedida de su pasado reciente: edificios de amplitud desmedida cuyo uniforme de hormigón los convierte en inquietantes; sus moles grisáceas y rugosas parecen avasallar las construcciones más antiguas e incluso las modernas. No es de extrañar que Yoly y Asier, amantes de las novelas de Graham Greene y John le Carré, observaran la ciudad como si sus calles y avenidas fueran escenarios montados al aire libre para asistir a las correrías de los contraespías de la vieja guardia roja. Escuchándoles fantasear, tanto Étienne como la veterinaria y Marís, imaginábanse a un sicario de la Darzhavna Sigurnost —vestido con un terno arrugado y armado con un paraguas con una cápsula de ricina oculta en la contera— aguardando la salida del infiltrado X, que hacia hora en el patio de butacas del Teatro Nacional Iván Vazov [FOTO], fingiendo interesarse por la obra representada. “Pero como se trata de hacer una pedorreta a las películas de espías con finales cantados, diremos que, pese a percatarse la víctima del peligro que corría y huir hacia el metro para esconderse entre las ruinas romanas anexas del Complejo Arqueológico de Serdica [FOTO], no tuvo escapatoria”, concluyó Asier.

Septiembre, 2025

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«Trajes típicos búlgaros en Veliko Tarnovo»: Archivo personal


A modo de prólogo

Nada sabían de los Dimitrov —y muy poco de Bulgaria— los dos viajeros y las tres viajeras que planeaban poner rumbo al país balcánico la ultima semana de agosto, pero, unos días antes de hacer las maletas, cuando la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio le contó a maman Malika los lugares que pretendían visitar, ésta le dijo: “Entonces tendrás que pasar a saludar a los Dimitrov, que viven en Plovdiv. Haré unas llamadas para saber la dirección y te la diré”. “Pero maman, si no tengo ni idea de quién es esa gente y…”, protestó la veterinaria. “Estamos emparentados. Una de las primas Gherghina de Rumanía está casada con un Dimitrov. No puedes ir a Plovdiv y pasar de puntillas por la casa de nuestros parientes. Solo tienes que darte a conocer y saludar en nombre de nuestra familia. La prima no te conoce a ti pero sabrá de quién eres nieta. ¿Qué te cuesta?


La familia Dimitrov

Los Dimitrov son descendientes de un grupo de romaníes kalderash rusos que, a finales del siglo XVIII, emigraron a Bulgaria y se instalaron en la histórica ciudad medieval de Veliko Tarnovo [FOTO], enclavada entre tres colinas y bañada por el río Yantra. Allí, en la llamada Ciudad de los Zares, donde surgió el Primer Imperio Búlgaro, trocaron su oficio de artesanos del cobre por el de constructores, arreglando caminos y levantando y reconstruyendo casas. Un enfrentamiento con las autoridades de Veliko Tarnovo —del que los Dimitrov actuales afirman desconocer las razones— tuvo como consecuencia una orden de destierro contra la familia, que se asentó en Plovdiv, donde continúan residiendo. Una rama de la familia sigue trabajando en su propia empresa de construcción, habiéndose especializado en la rehabilitación y mantenimiento de edificios históricos por todo el país y, por supuesto, en el Casco Histórico de su propia ciudad, donde se han recuperado joyas arquitectónicas del Renacimiento búlgaro [FOTO], [FOTO].


La Ciudad de las Siete Colinas y un gueto

En compañía de Vesela, una búlgara no gitana estudiante de Historia, novia de Georgi —nieto por vía materna del patriarca de los Dimitrov—, y atendiendo a sus muy completas explicaciones en inglés, los cinco viajeros procedentes de España recorrieron Plovdiv que, habitada de manera ininterrumpida desde hace 8 000 años, es la ciudad más antigua de Europa. Se trata de una población protegida por siete colinas y bañada por el río Maritsa, que fue fundada por Filipo I de Macedonia, padre de Alejandro Magno. La puerta medieval Hisar Kapia [FOTO], asentada sobre cimientos de la época romana, que sirve de entrada a su Casco Histórico, es solo un aperitivo de las excelencias que aguardan al otro lado. Bulgaria fue territorio conquistado por los Romanos —los emperadores Galerio, Maximino el Tracio y Justiniano I nacieron en tierras búlgaras— y, como en todos los lugares donde se impusieron, dejaron su magnífica impronta; en Plovdiv se puede admirar una sección restaurada [FOTO] del Estadio Romano de Filipópolis —el resto de secciones se hallan sepultadas bajo el pavimento de la calle  peatonal y los cimientos de varias viviendas, aberración común a tantos lugares—, que cuenta la historia de una construcción de doscientos cuarenta metros de largo y cincuenta de ancho, con capacidad para 30 000 espectadores [FOTO DE LA MAQUETA], en la que se celebraban diferentes eventos como los Juegos Píticos, similares a las Olimpiadas. Otra muestra de la presencia romana es el Teatro Romano, en el que, como en el caso del de Mérida, se realizan concurridas representaciones teatrales y operísticas.

Plovdiv es un museo vivo de la historia desde el Neolítico hasta nuestros días; una ciudad de pendientes por las que sube y baja el pasado y se abraza al presente; donde los monumentos, las tradiciones [FOTO], las mezquitas, los templos ortodoxos [FOTO]  y la diversidad étnica son la prueba de un crisol de culturas. Pero, a la vez, como en otras ciudades europeas, Plovdiv posee un segundo rostro que los viajeros descubrieron a espaldas de sus gentiles anfitriones: el gueto romaní de Stolipinovo, ubicado a las afueras, en el que la miseria ajena golpea a quienes se aventuran a cruzar la invisible alambrada que separa dos mundos que, levantados uno junto al otro, no pueden ser más opuestos. Y ese segundo mundo, paupérrimo y descorazonador, oculto al turismo gozoso, pregona el fracaso de una sociedad que no ha querido o sabido actuar con justicia.

Agosto, 2025

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«Les feuilles rouges»: Archivo personal


Iliane entra, vocinglera, en la Biblioteca: “¿Pero a qué alma de cántaro se le ha ocurrido colocar a mi Canek junto al Che Guevara?”. Remarca ese «mi» con cierta fiereza posesiva, acentuando exageradamente la vocal mientras arranca, mas que coge, los dos libros de la estantería y los traslada al otro lado de la sala. “Mi Canek va en la zona de los anarquistas. A ver si nos vamos enterando”. Y sitúa 33 revoluciones y el primer volumen de Diario sin motocicleta entre un ajado libro de Emmett Grogan y El arroyo de Élisée Reclus. “Aquí están mejor”, dice. “Luego me ocuparé de colgar su fotografía”.

Canek Sánchez Guevara, peregrino existencial y disidente de realidades impostadas, huyó de ese Olimpo de Privilegiados donde la Cuba castrista acomodaba a los descendientes de sus Gloriosos Revolucionarios.
Nació en La Habana, el 22 de mayo de 1974, hijo de Hilda Guevara Gadea —hija, a su vez, de Ernesto «Che» Guevara y su primera esposa— y de Alberto Sánchez Hernández que, en 1972, formó parte del comando de la Liga de Comunistas Armados de Monterrey que secuestró y desvió a Cuba el vuelo 705 de Mexicana de Aviación. Alejado del fervor revolucionario de su padre y su famoso abuelo, empeñó sus energías en luchar contra cualquier imposición. En Cuba, formó parte de un grupo de punk-rock cuyos miembros eran considerados por las autoridades “jóvenes alienados por el imperialismo que querían destruir las instituciones de la isla”. Plasmó sus observaciones de esa época en la novela 33 revoluciones, que su padre se encargó de publicar como homenaje póstumo.

A los veintidós años, tras la muerte de su madre, Canek se marchó de Cuba. Aferrado a su mochila, su ordenador y su curiosidad, fue un errabundo militante y con sentimientos apátridas, amén de lector y escritor compulsivo que rellenaba cuartillas y más cuartillas con sus impresiones —que, a modo de crónicas, se fueron publicando en los diarios Milenio y Le Nouvel Observateur— ante el espectáculo de la vida que observaba en cada rincón que se convertía, momentáneamente, en su hogar. Sus experiencias viajeras por Europa y América se recogieron posteriormente en cuatro volúmenes, editados en España por Pepitas de Calabaza, bajo el título Diario sin motocicleta, juego de palabras que hace referencia al libro de viajes de su abuelo llevado a la pantalla grande como Diarios de motocicleta

El 21 de enero de 2015 la vida de Canek Sánchez Guevara se extinguió en la mesa de operaciones de un hospital de Ciudad de México, mientras se le sometía a una cirugía cardíaca. Tenía cuarenta años.

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