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Donde el olvido

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«Transitus Animadverto»: Rick Simpson


«Hay un racismo silencioso. No nos constan agresiones físicas, pero sí verbales, y no sólo insultos, sino juicios o palabras que se dicen. Sigue habiendo un ambiente muy generalizado hacia los inmigrantes, también unas fronteras invisibles: yo suelo hacer recorridos de observación por buses, hospitales y bares; y veo cómo la gente se cruza las miradas; miradas que se esconden, otras que acusan, otras que señalan.«.- Fernando Rey Correa, presidente de la Plataforma para la Convivencia y la Diversidad Cultural de La Rioja.

En el territorio de la emigración. De las pavorosas filas de seres humanos recorriendo los abruptos kilómetros pirenaicos que creían antesala de la tranquilidad frente al horror y la represión. De los barcos atestados de cuerpos consumidos por los desastres de la guerra. De los obreros aferrados a sus modestas maletas de cartón que se enfrentaban a funcionarios de aduanas circunspectos y distantes en la década de los sesenta que el régimen proclamaba como «del desarrollo«.

En el territorio  -España-   donde habita el olvido.

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«Madonna Noir»: Lisle Drake


Encima de los tableros montados sobre caballetes que ejercen de protocolarios altares para el buffet de tortas de sardina, destacan las quince botellas de grueso cristal tallado -donadas por Marina a la Asociación de Mujeres, grupo más conocido en el Barrio, como Las Tejedoras-, generosamente llenadas con los preciados caldos de las vides que se cultivan, más allá del recuerdo de las gentes más viejas, al pie del saso (=Arag., elevación con paredes verticales y cumbre llana).

La Viña del Saso -como se la conoce- fue, siglos ha, dote mancomunada de las mujeres del Barrio, a la que tenían derecho por nacimiento y de la que, en razón de la cosecha obtenida, se entregaba una señal, a modo de beneficio, a cada mujer que matrimoniaba con varón de la localidad.

La dote fue suspendida durante muchos años, por presión eclesiástica, como castigo y penitencia a todas las mujeres que ejercían de camareras de la Virgen Negra, revertiendo los beneficios al mosén de turno. Como quiera que la mayoría de las mujeres tenían una ligazón, más o menos pública, con la conocida como Nuestra Señora de los Morros de Cebollón, la Iglesia y la Casa Parroquial recibían al completo los beneficios, destinándose el vino sobrante de la venta, al rito de la misa.

Fue durante la II República cuando Juliana, de Casa Viscasillas, reclamó y obtuvo la vuelta a la vieja tradición. Con la llegada de la democracia y la creación de la Asociación de Mujeres, la Viña del Saso dejó de estar vinculada a la dote matrimonial convirtiéndose en patrimonio gestionado por las imprescindibles Tejedoras, quedando como acto simbólico la entrega de un pequeño tonel de vino a todas las mujeres ligadas al Barrio, nacidas o no en la localidad.

En el bar del Salón Social, las gentes del Barrio y las foráneas que tienen su residencia de fin de semana en la urbanización, comparten el almuerzo previo al inicio de la Fiesteta Pequeña, que conmemora, sin tapujos, los sucesos que tuvieron lugar en el Limbo de las Peinadoras.

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«Fragile»: Michael P. Ammel


«En algunos Estados miembros parece que los romaníes se han convertido en el blanco de la violencia racista organizada, alimentada por un populismo político, una retórica del odio y la moda mediática. En algunos casos, los romaníes están siendo convertidos en chivos expiatorios de problemas sociales mayores«.
Vladimir Spidla, comisario de Asuntos Sociales de la UE-


Los asesinos llegaron por la noche a la aldea y se agazaparon tras los montículos de basura y trastos viejos cercanos a la casa de la familia Csorba.

Las modestas gentes del asentamiento de Tatárszentgyörgy dormían -cansancio y sueño tal vez ornamentados por alguna esperanza onírica de un amanecer distinto- acunadas por el familiar sonido de los perros famélicos arañando el barro de las calles en busca de un improvisado manjar.

Los asesinos, resueltos y sincronizados, irguieron sus cuerpos y lanzaron las bombas incendiarias sobre la frágil techumbre de la casa. Un resplandor se abrió paso entre las sombras e iluminó la pobreza del entorno.


Voces. Gritos. Seres sobresaltados que, apenas conscientes de lo sobrevenido, huyen, brutalmente sorprendidos, del interior de la casa en llamas.


Y ellos, los asesinos, con el cañón de las armas apuntando a la entrada de la vivienda, dispararon con júbilo su odio criminal para, a continuación, y en medio de la histeria y el dolor, desaparecer en la oscuridad no invadida por las llamaradas.


El domingo 22 de febrero, en la localidad de Tatárszentgyörgy (Hungría), fueron abatidos a balazos, mientras huían del incendio provocado del que era pasto su morada, Robert Csorba, gitano de 27 años, y su hijo de tan apenas 5 años. Sus muertes se unen a las de otros miembros de la comunidad romaní húngara asesinados en la permanente escalada de violencia racista auspiciada por la organización filonazi Magyar Gárda, refundada en 2007 y teóricamente prohibida por el Tribunal de Budapest en diciembre de 2008.


NOTA

Chavó tar li zené ka na dikhémbe= En romaní, Hijo del Pueblo Invisible.

Exordio de borina

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«Courir de Mardi Gras»: Edmond Ewell


Las cuatro farolas recién estrenadas extienden su energía luminosa más allá de la barbacana que separa la Placeta de la Abadía, en la trasera de la iglesia, del humedal que antecede al río.
Un suspiro de brisa guía hasta las sombras acuáticas las últimas bocanadas de humo que bailotean en los restos de la hoguera convertida en alargado lecho de brasas.

Tarde noche de Jueves Lardero, con ennegrecidas parrillas colmadas de longaniza cuyo aroma tienta la gula de los moradores del Barrio, acá y allá dispuestos, entre cháchara y risas, para mantener la tradición y el alborozo.
Varios tonos por debajo de las voces suena la música, como un murmullo únicamente audible para quienes, entreteniendo la espera del manjar expuesto al fuego, se acercan hasta la mesa colocada cerca de la entrada a la casa parroquial, para tomar un cuadrante de hojaldre cubierto por una capa de fritada.

Tarde noche de Jueves Lardero, preludio de esquillas relucientes y familiares Trangas que, en ruidoso y anárquico desfile, anunciarán, el sábado carnavalero, la cercanía de la Primavera.



BOCABULARIO / VOCABULARIO
Borina= Juerga.
Esquilla= Esquila.
Fritada= Guiso hecho con ajo, aceite, sal, patatas, cebolla, calabacín, tomate y pimiento.
Trangas= Seres de la mitología pirenaica, de aspecto amenazante, que el día de Carnaval tienen como misión asustar a la gente.

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«Nude»: Stefano Menicagli


Ascendiendo lentamente por la improvisada rampa de madera, Carmencita salva los tres escalones que llevan a la Sala Pepito de Blanquiador. Sus manos, sorprendentememte finas aunque cubiertas por multitud de motitas amarronadas, aferran las empuñadoras laterales del andador y lo arrastran hasta atravesar el dintel en forma de arco que se abre al salón de exposiciones.
Los ojos pardos de Carmencita, cuyas gruesas gafas no logran afear, destilan diminutas lágrimas conforme van deteniéndose en los trazos enmarcados que festonean medio siglo de trabajo.

Carmencita, la modista, la hija del señor Longinos y de la señora Carmen, de Casa O Sastre, empuja con decisión el artilugio que le permite transportar, a pasitos cortos, su menudo y cansado cuerpo por el coqueto habitáculo donde se exhiben los figurines que fue creando a plumilla y carboncillo y que, llevados posteriormente a los metros necesarios de tela, conformaron la vestimenta de la mayoría de sus convecinas en días señalados.


A Carmencita le enseñó a coser su padre, el señor Longinos, modesto sastre habituado a la tosquedad de los tejidos de baratillo, que lo mismo daba la vuelta a un abrigo para ocultar los años de uso que tapizaba viejas sillas para eternizarlas en aquellos comedores de antaño que sólo se abrían para ser mostrados a las visitas.

A Carmencita la necesidad le despertó la imaginación y la falta de acceso a las revistas de moda, la creatividad, así que, metida a modista sin pretensiones, con un desvaído diploma de Corte y Confección expedido por la Sección Femenina y con una clientela de modestia archisabida, añadió a los habituales útiles de costura unos cuadernos de dibujo donde, según el gusto y las posibilidades del vecindario, creaba, con maña, figurines para todas las edades y condiciones.
Cuellos redondeados y en pico, solapas con finos pespuntes, canesús de nido de abeja o trabajosas puntillas, austeros trajes de sastre, blusones de mangas acampanadas, faldas de tabla, rectas o con vuelo, abrigos de pañete con cuello de borreguito… Y todas sus creaciones con el previsor doble y generosas costuras para que, con el transcurso del tiempo y de los cambios físicos de la clientela, pudieran ser ampliadas y recosidas hasta la extenuación.


Educada en la convicción de que todo es útil, Carmencita, una vez jubilada, guardó su colección de cuadernos y sus utensilios de modista en la falsa (=en aragonés, desván, buhardilla) de su vivienda, de donde han vuelto a salir para formar parte de la exposición «Nuestra historia, nuestras gentes«, inaugurada el pasado día 1 en la sede de la Asociación de Cultura Popular.