Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Humanos seres amados’ Category

Del desvalimiento


…bajóse, liviano, el embozo sobre el vaivén apenas perceptible del pecho y, antes de que la muerte cerrara la cancela del tiempo contemplado, garabateó una caricia indeleble en el dorso de la mano asida a la esperanza.

Un estremecido grito amordazado, la furia transportada por las venas, el dolor y la rabia en las pupilas…


«No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada
M. HERNÁNDEZ

Y cuando la eternidad y sus rutas ignoradas quedaron verbalmente zaheridas, un torrente brutal de abandonadas lágrimas fluyó desde las oquedades abiertas en el alma desolada.

Read Full Post »

«Loveletter 1»: Christel Dall


Piluca, Isabel, Carmen, Asún…

Planeaban los recuerdos por los abrigos, tozales y covachos del misterioso País de La Oscitania, allí donde el dios Lug[1] impregnaba las tizas con el espiritual icor de los sortilegios y unas decenas de corazones infantiles practicaban la nueva conjugación del verbo Amar mientras el tomillo regalaba su milenario aroma.


Galopó el tiempo, encabritado, lanzado hacia los sueños del futuro que el presente de ayer ornamentaba con ingenuos dibujos de esperanza.

Abrió la floresta sendas en su lecho y agitaron las aguas de los ríos, en cantarino adiós, sus crestas bravas.

Remontó el cierzo los años viejos, zigzagueó entre rutas de folios, carnavales, pupitres, canciones y pizarras; barrió pueblos, parques y colmenas. Removió tejados, peinó las piedras de las torres albarranas, preguntó a los torrentes y sobrevoló las cortadas. Gritó, imploró. Y las grutas le devolvieron la reverberación herida de los pasos.

(…pero la vida sigue siendo ese soplo de dióxido lanzado al otero de los quebrantahuesos que devuelven las carrascas en agradecido eco generosamente oxigenado).


NOTA

[1] Dios de la Luminosidad en la mitología celta.

Read Full Post »

«Cuillère d’automne»: Olga Valparaiso


La frágil vista de Silvestre -dos operaciones de cataratas en sus ávidos ojos lectores- recorre, con pausas para alimentarse de recuerdos, las quinientas treinta y cuatro páginas de “LA VOZ DEL OLVIDO”.- La Guerra Civil en Huesca y la Hoya, de José Mª Azpiroz Pascual.
Silvestre, que se confiesa simpatizante de Chunta Aragonesista, nació en Huesca, el 31 de diciembre de 1926, y fue inscrito en el Registro Civil como hijo de padre desconocido. La guerra y el amor hacia su madre, que jamás se preocupó, más allá de tenerlo cobijado en su misma casa, por aquel hijo fruto de unos cuantos días de pasión arrolladora que fenecieron con la misma prontitud que llegaron, marcarían su infancia y juventud.

[…]

Durante el cerco fascista a Siétamo yo entré y salí de allí varias veces, sin que los fascistas o los milicianos me hicieran ningún caso. Hacía de correo, porque nadie se fija en un crío que va de un sitio a otro. Una vez hasta viajé en un carro de combate miliciano, acompañando a Companys, que estuvo en el pueblo”, recuerda. “Éste, el segundo de la esquina, soy yo”, asegura, señalando, en el reproductor de imágenes del ordenador, una fotografía de Agustí Centelles que recoge la visita de Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Cataluña, al Frente de Aragón. Junto al gobernante catalán y los republicanos que recorren con él la villa oscense, aparecen, a la derecha de la imagen, unos chiquillos entre los que se encuentra el propio Silvestre, según se confirmó al cotejar el rostro del muchachito de la imagen histórica con otra fotografía realizada por esas mismas fechas y que forma parte de su archivo personal.

[…]

Antes de la guerra, cuando las elecciones, un conocido de mi madre nos dijo a mis amigos y a mí que nos daría un real si cogíamos las papeletas de derechas y las quemábamos, así que las cogimos todas, de izquierdas y de derechas, y, sin hacer distingos, les prendimos fuego. Un real era un real… Pero mi madre se enteró y me dio una zurra por quemar las que no debía. Entonces no tenía claro quiénes eran unos y quiénes los otros. Me acuerdo que, ya en la guerra, unos milicianos iban a matar al cartero, que me parecía un buen hombre, así que fui corriendo y me abracé a él para que no le dispararan. Pero me soltaron a la fuerza y allí mismo le dieron un tiro. Nunca he sabido el motivo de esa muerte”.

[…]

Cuando terminó la guerra hubo una buena escabechina. A mi madre la metieron presa y fue condenada a muerte, y buena culpa tuvo el cura Playán, al que mi madre le pegó una hostia porque le echó mano al pecho en el confesionario de la iglesia”.
En el libro de Azpiroz se señala que la madre de Silvestre, a la que se le conmutó la condena a muerte por varios años de peregrinación carcelaria que inició en Saturrarán, “regentaba el centro de izquierdas” de Siétamo. De Marcelino Playán, el cura, se recoge que “era un extraordinario cazador a disposición de los rebeldes desde el primer momento […], que cuando se incorporó a su parroquia, en marzo de 1938, delató e hizo informes negativos de muchos vecinos, llegando incluso a obligar a sus feligreses a cantar el Cara al Sol después de la misa dominical”.

[…]

Silvestre coloca el libro sobre la mesita del salón, guarda con parsimonia las gafas en su funda verde y frota suavemente sus cansados ojos con un pañuelo. Suspira.
Una lágrima rebelde ha escapado a la represión del pañuelo y resbala, lentamente, por la mejilla izquierda.


EPÍLOGO

En Siétamo, donde silba el viento por la Calle Alta que hasta hace apenas cuatro años se llamó del General Franco, deambulan los recuerdos del niño Silvestre, a quien don Pepe, el buen maestro, daba caramelos mentolados y galletitas de avena que sacaba de una cajita de latón con un gatito azulado pintado sobre la tapa. José Bispe, el maestro añorado por el ahora octogenario, falleció, por maltrato y desnutrición, en la cárcel de Torrero, finalizada ya la incivil guerra.

Sube el cierzo por la Calle Alta y serpentea hasta las ruinas del Castillo del Conde de Aranda donde, para vergüenza de la historia y oprobio de los asesinados y represaliados, se yergue, inmune, un monumento a mayor gloria de los vencedores de la Guerra (In)civil, con sendas proclamas de José Antonio Primo de Rivera y Franco cinceladas en los frontales. “Forma parte de la historia de la villa”, dice, indiferente, una mujer de mediana edad que pasea a un perro diminuto entre las piedras del castillo desmantelado. “Siempre ha estado allí. ¿A usted le molesta? ¿Qué le importa a usted…? Usted no es de aquí”. Y entonces el visitante comprende por qué Silvestre jamás regresó al pueblo donde pasó parte de su niñez.


Read Full Post »

La busca

«Sea Rose»: Meredith Bricken Mills


Allá donde la íntima pena buscaba las tinieblas abisales descubrió un Edén invertido, limpio, luminoso, calmo.
Y la Voz  -aquella Voz-   en los tímpanos permanentemente atesorada, címbalo de pueriles primaveras y veranos pubescentes.

[…]

…y así, todavía con el aroma floral suspendido en la consciencia, dejó que los pétalos de la rosa impulsaran su cuerpo desmadejado a la oxigenada superficie para seguir restándole segundos al olvido.

Read Full Post »

Impulso

«Surrealistic art»: Richard Wazejewsji


Quedáronse enterradas en el limo las solitarias congojas y las tristezas compartidas. Nos desprendimos de la onerosa masa de las penas y renacimos de entre las lágrimas con el ímpetu de la esperanza inyectado en el espíritu.

Read Full Post »

Thánatos: Acordanza

«Zenscape 1»: John Holechek


Setenta y tres años depositados en las hebras blancas del cabello que, en tu mocedad, se confundían, áureas ellas, con las espigas de los campos que laboraste.

Setenta y tres años acumulados en los surcos de tu frente y en las estrías de tus manos.

[…]

Roturaste la vida hasta colmar la tierra de frutos compartidos y quedáronse los sueños empacados en el monte y el llano, donde cajigos, carrascas, chopos y almendreras pronunciaban tu nombre con cada embestida del cierzo.

[…]

Cuán huérfanos de falordias, dichos, jotas, sentencias y refranes han quedado quienes, como chitos replantados, crecieron y se cimbrearon entre fuinas, fardachos, ferfetas, mardanos, paniquesas, crabas, gurriatos, madrillas, abejetas, brispas, chabalines y boletas humanizados en tus labios.



Agustín (1937-2010). In memoriam.

Read Full Post »

"Retrospective": Bev Hodson

«Retrospective»: Bev Hodson


Hállase Silvestre restituyendo lacerantes bloques de recuerdos en el rompecabezas de la memoria que destruyó, años ha, en un intento no siempre conseguido de regodearse en la dicha de cada presente que barrenaba pretéritos de aflicciones.


[…]


Protegido con un delantal verde pistacho y un paño de cocina a juego colocado sobre uno de sus hombros, se afana Silvestre en elaborar, con briosos toques de rasera, un dorado ribete de igualadas puntillas en el huevo frito de dos yemas que reina, brillante, en el centro de la sartén puesta al fuego. “¿Lo quieres más hecho?”, pregunta a quien, sentado en la mesa, de espaldas a él, transcribe, con suaves roces de teclado, los retazos de vivencias que se amontonan en los labios del hombre.

Sobre una silla de cuero rojo descansa el libro por el que los debilitados ojos de Silvestre llevan transitando dos días. Tiempo destruido, de Víctor Pardo Lancina, con prólogo de Ignacio Martínez de Pisón.


Qué ominosos esos tiempos en los que una circunstancia así basta para convertir en un asesino feroz y despiadado a un ciudadano habitualmente pacífico y respetuoso de la ley-, dice Silvestre con los ojos cerrados.

¿Qué…?

Es del prólogo-, afirma, señalando con la cabeza el libro cerrado mientras deposita en un plato el engalanado huevo.- Pero no es verdad. Esos ya eran asesinos antes de empezar a matar… La guerra sólo hizo que pusieran en práctica sus malos instintos… Impunemente. A ese pobre hombre de Abiego al que lincharon delante de su hija… La guerra había terminado. No había combatientes que mataran para salvar la vida. No. Eran asesinos. Ellos y los que taparon sus crímenes.


Silvestre se sienta junto al comensal y se ajusta en los orificios nasales la cánula que conecta sus vías respiratorias con el dispensador de oxígeno. “Anda, termínate el huevo, que frío no es lo mismo. Luego haré café”. El octogenario estira un brazo, toma el libro entre sus manos y lo hojea hasta encontrar un marcador plastificado en el que, bajo dos margaritas secas, se lee: Para el mejor yayo.

Read Full Post »

Epithalamĭum

Para amarte, a oscuras, mis manos, adheridas al definido recinto de tu desnudez. [Y escalarán tu contorno…]

(…)

Se yerguerá, abrasante, tu pecho por mi piel. [Y tus dos islas montaraces entre mis dedos…]

(…)

Cuando se embriague tu vientre de mi aroma y mis manos sean parte de la brasa de tu cuerpo, descenderán al abismo arcano de tu entraña y rutilarán mis dedos con la savia aprehendida en la rósea seda de tu más íntima gala.

Read Full Post »

El oxígeno sisea a través de las diminutas aberturas y la fina goma que lo conecta a la llave de paso se abraza al cordón de la vida que, gota a gota, transporta esencias hasta la impaciente vena del brazo izquierdo. A menos de medio metro de la extremidad expuesta a la acción del gotero, otro brazo a una aguja unido atesora el plasma contenido en una fea bolsa que oscila, mal colocada, en la percha metálica del cabecero de la cama.

El tiempo se sucede lentamente; los minutos son horas que marcan los pasos de las enfermeras y auxiliares. Ora el gotero, ora las píldoras. Ora los inyectables, ora las mascarillas. Y, entre medias, las bandejas de las comidas, las idas y venidas al baño, las visitas, la prensa del día, las miradas envidiosas al mundo que se entrevé al otro lado de los ventanales. Y el hastío.

Si me pasa algo…

¿Qué te va a pasar…?

Si me pasa algo, ya sabes qué tienes que hacer.

No te va a pasar nada.

Pero si me pasa….


Detrás del muro acristalado se apresura la vida en cada coche que accede a la rotonda, en cada pareja de piernas que transportan un cuerpo en vaivén acompasado mientras parpadea el Sol en el horizonte de edificios y se intuye la silueta de la Luna entre las masas gaseosas de la atmósfera.

Read Full Post »

« Newer Posts