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Enterrar y callar, grabado de Goya

«Enterrar y callar»: Francisco de Goya y Lucientes


Si han muerto entre centellas fementidas
inmolados por cráteres de acero,
ahogados por un río de caballos,
aplastados por saurios maquinales,
degollados por láminas de forja,
triturados por hélices conscientes,
quemados por un fuego dirigido,
¿enterrar y callar?

Si han caído de espaldas en el fango
con un hoyo violeta en la garganta,
si buitres de madera y aluminio
desde el más alto azul les dieron muerte,
si el aire que bebieron sus pulmones
fue un resuello de nube ponzoñosa,
si así murieron sin haber vivido,
¿enterrar y callar?

Si las voces de mando los mandaron
deliberadamente hacia el abismo,
si humedeció sus áridos cadáveres
el llanto encubridor de los hisopos,
si su sangre de jóvenes, su sangre
fue tan sólo guarismo de un contrato,
si las brujas cabalgan en sus huesos,
¿enterrar y callar?

Enterrar y gritar.


Enterrar y callar, título de un grabado de la serie Los Desastres de la guerra, de Francisco de Goya (1746-1828), y del poema del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985)—.

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«Carpaccio»: Archivo personal


A mediodía se encaminan a La Goyosa donde, a pie de barra, comparten un carpaccio de encurtidos de champiñones y avellanas con romescu, navajas y queso, seguido de crema de tubérculos con manzana y vieiras que las mantiene en silencio, atentas en exclusiva al nimio recorrido de los cubiertos, deliciosamente colmados, del plato a la boca. Mientras esperan el tiramisú, maman Malika saca de su bolso un paquete envuelto en vistoso papel a franjas añiles y fucsias y se lo tiende a su hija, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Es una biografía de un falsificador de cuadros y colaboracionista de los nazis que vivió unos años en Roquebrune”, le explica. “A mam’zelle Valvanera le he comprado una carpeta de arte sobre Le Corbusier… Cómo me decepcionó su tumba… Es tan fría… A mí me pareció fea y sin alma. Será porque no entiendo de arquitectura”.

Maman Malika, que ha pasado unos meses en Roquebrune atendiendo a su nuera, madre de un bebé prematuro, saborea el tiramisú compartido con su hija sin dejar de explayarse sobre los repetidos cólicos del pequeño Claude, la simpleza de la cabaña que diseñó y habitó el gran arquitecto, las lujosas villas de las celebridades, la elegancia de la cercana Montecarlo y el reciente aumento de sueldo de su hijo, que trabaja en las cocinas de un establecimiento de renombre de la Côte d’Azur. Sobre la barra, junto a la copa de agua de la veterinaria, entre las franjas añiles y fucsias cuidadosamente rasgadas, se entrevé la parte superior de la portada del libro, ilustrada con una reproducción de Los discípulos de Emaús, suprema falsificación realizada por el mejor y más avezado copista de Vermeer, el engatusador, oportunista, malévolo y hasta proveedor de arte (falsificado por él mismo) de Göring, Han Van Meegeren, que, acusado de traición, malversación del patrimonio nacional y colaboración con el enemigo y, como consecuencia, condenado a la horca, eludió la pena capital demostrando que no era sino un experto conocedor de diversas técnicas pictóricas para completar con precisión cualquier lienzo con el estilo personal de varios de los grandes maestros de la pntura.

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