
«Madonna Noir»: Lisle Drake
Encima de los tableros montados sobre caballetes que ejercen de protocolarios altares para el buffet de tortas de sardina, destacan las quince botellas de grueso cristal tallado -donadas por Marina a la Asociación de Mujeres, grupo más conocido en el Barrio, como Las Tejedoras-, generosamente llenadas con los preciados caldos de las vides que se cultivan, más allá del recuerdo de las gentes más viejas, al pie del saso (=Arag., elevación con paredes verticales y cumbre llana).
La Viña del Saso -como se la conoce- fue, siglos ha, dote mancomunada de las mujeres del Barrio, a la que tenían derecho por nacimiento y de la que, en razón de la cosecha obtenida, se entregaba una señal, a modo de beneficio, a cada mujer que matrimoniaba con varón de la localidad.
La dote fue suspendida durante muchos años, por presión eclesiástica, como castigo y penitencia a todas las mujeres que ejercían de camareras de la Virgen Negra, revertiendo los beneficios al mosén de turno. Como quiera que la mayoría de las mujeres tenían una ligazón, más o menos pública, con la conocida como Nuestra Señora de los Morros de Cebollón, la Iglesia y la Casa Parroquial recibían al completo los beneficios, destinándose el vino sobrante de la venta, al rito de la misa.
Fue durante la II República cuando Juliana, de Casa Viscasillas, reclamó y obtuvo la vuelta a la vieja tradición. Con la llegada de la democracia y la creación de la Asociación de Mujeres, la Viña del Saso dejó de estar vinculada a la dote matrimonial convirtiéndose en patrimonio gestionado por las imprescindibles Tejedoras, quedando como acto simbólico la entrega de un pequeño tonel de vino a todas las mujeres ligadas al Barrio, nacidas o no en la localidad.
En el bar del Salón Social, las gentes del Barrio y las foráneas que tienen su residencia de fin de semana en la urbanización, comparten el almuerzo previo al inicio de la Fiesteta Pequeña, que conmemora, sin tapujos, los sucesos que tuvieron lugar en el Limbo de las Peinadoras.



