«Léo Ferré en Roma (1972)»: Fotografía de dominio público de Angelo Deligio
Todavía restan, en los recios muros anaranjados de la villa, algunos de los carteles que homenajeaban al cantor muerto con un festival de música y poesía que, cada año, animaba este fortificado Gourdon medieval de calles estrechas, alzadas, sinuosas y vacías sobre cuyo empedrado repercuten los pasos. Allí mismo, bajo las bóvedas de la iglesia de Notre Dame des Cordeliers —maravilla gótica del siglo XIII, desafectada desde 1950 y convertida en sala de conciertos— aun parecen resonar las voces que devolvían, cada julio, a Léo Ferré (1916-1993) al territorio de Lot, donde vivió cinco intensos años.
A tres kilómetros de Gourdon, en un paraje donde el tiempo permanece detenido entre los avellanos y castaños a cuyos pies crecen las trufas, se halla el rehabilitado castillo de Pech Rigal, transformado en hotel; el mismo castillo que, aun semirruinoso, comprara el artista ácrata a principios de los sesenta, cuando una única ala se alzaba, victoriosa en el tiempo, completa y habitable, mirador privilegiado de un entorno donde a Léo Ferré, su compañera Madeleine Rabereau y la pequeña hija de esta, Annie, acompañaban el toro Arthur, las vacas Charlotte, Fifine y Titine, el cerdo Baba, una decena de perros y cerca de cuarenta gatos, además de cabras, ovejas, simios rescatados de dueños maltratadores y, sobre todo, ella, la más querida, Pépée, la adorable y consentida chimpancé adoptada por Léo en 1960, criada como la hija que siempre soñó tener y cuya trágica muerte desencadenaría entre aquellos dos seres, Léo y Madeleine, que tanto se habían amado durante diecisiete años, el definitivo desencuentro.
Instalóse, pues, la peculiar troupe Ferré-Rabereau en la zona habitable del castillo de Pech Rigal —Perdrigal, lo llamaría el cancionista— en 1963, lejos del bullicio ciudadano, entre gentes sencillas y paisajes de cuento. Léo marchaba a cumplir sus compromisos artísticos y regresaba a su acomodo, a Madeleine, a Pépée, a ese castillo del siglo XIV casi devenido en Arca de Noé que él llamaba su hogar. Reposo, composiciones, lecturas, paseos, juegos con su amada chimpancé y largas charlas con Marie-Christine Díaz, la joven hija de refugiados españoles —nacida en 1947, en el exilio— que ayudaba con los animales y en las tareas domésticas de Perdrigal.
En Madeleine, la esposa de Léo Ferré, empezaron a hacer mella las ausencias del intérprete y el tiempo que este dedicaba a Pépée y a Marie-Christine. A los reproches siguieron los celos, el resquemor, los problemas con el alcohol, la depresión. La muerte de Pépée, a principios del mes de abril de 1968, cuando Léo se encontraba ausente, terminó de quebrar las ya finísimas hebras del amor que había unido a Madeleine y su marido durante tantos años. «Fue un desgraciado accidente. Pépée cayó de un árbol, quedó malherida y hubo que sacrificarla», justificó Madeleine. «Un crimen. Ha sido un crimen. Ha aprovechado mi ausencia para matarla», acusó Léo. La pareja se deshizo; los animales fueron regalados o abatidos y Pech Rigal —aquel Perdrigal que el trovador comprara para que Pépée viviera con la libertad de la que carecía en París y Madeleine, gran amante de los animales, pudiera acoger a tan abundosa como extravagante fauna— quedó vacío.
Léo Ferré abandonó Perdrigal aquel mismo abril de 1968 para empezar de nuevo junto a Marie-Christine Díaz. Su querida Marie, el amor de su madurez. «A las 5 de la mañana, tomé un tren de Gourdon a Toulouse. Léo vino a recogerme. Me faltaban diecisiete días para cumplir los 21, la mayoría de edad… Condujimos, de pueblo en pueblo, de hotel en hotel, y luego paramos en Lozère, en el Mont Aubrac. En plena campiña», recordaría ella muchos años después, en una entrevista publicada en el diario Libération. Se casaron en Florencia, el 5 de marzo de 1974, cuando el compositor y cantante obtuvo el divorcio de Madeleine Rabereau. Instalados en Castellina in Chianti, en la Toscana, estuvieron juntos hasta la muerte de él, el 14 de julio de 1993.
NOTA
Edición revisada y ampliada del artículo que, con el título Avec le temps…, se publicó en esta bitácora el día 27 de agosto de 2015.



Nunca había oído hablar de ese hombre. Me alegra poder leer sobre él en tu blog. Saludos desde Polonia.
Fue, junto a Jacques Brel y Brassens, uno de los pilares de la canción comprometida con la sociedad. Poeta, novelista, compositor, cantante, de ideas anarquistas, controvertido, polemista y con una voz portentosa.
Gracias por la visita.
Salud!
Lo desconocía. Me acercaré a su figura para ver qué tal está. Muy buena entrada. Abrazo.
En cierta manera, crecí entonando su canción Les Anarchistes, así que me resulta extraño que, para tanta gente, sea un desconocido.
Otro abrazo.
Como ya dije en la otra entrada, para mí no es desconocido, pero de ese trío que mencionas, mi ídolo era Jacques Brel. Fíjate si era fan de él, que me gustaba hasta físicamente a pesar de lo feo que era… De Leo Ferré, la canción que más oía era la archiconocida Avec le temps, que luego ha cantado también otro ídolo mío: Daniel Lavoie. Por aquella época, cuando no contábamos con la información de Internet, yo me inclinaba más por la música que escuchaba y sabía muy poco de los intérpretes, así que la ideología de Ferré o su vida la he conocido muy posteriormente, quizá por tí.
Precisamente Avec le temps… fue el tema que compuso a raíz de los sucesos de Perdrigal; una canción triste que, cuando la cantaba en los conciertos, pedía al público que no aplaudiera. Incluso dejó de cantarla sin dar ninguna explicación. Ferré tenía muy buena prensa entre el mundillo ácrata porque muchas organizaciones sobrevivían gracias a las ayudas económicas que daba, a fondo perdido, el cantante.
De los tres, quizás Brassens, inseparable de su mágica guitarra, fuera el más conocido en España; Brel era más intimista y existencial y Ferré el más tormentoso y radical. Eso sí, de «guapura» no iba sobrado ninguno de los tres, aunque, según una de mis hermanas, Brassens era «físicamente interesante y Ferré más feo que Picio».
Yo tampoco le conocía. La historia que cuentas del castillo de Pech Rigal, su pareja, los animales y Pépée, la chimpancé, y las desavenencias creadas por su muerte, parece sacada de una novela. He leído el interesante enlace de «Acracia» y he escuchado «Les Anarchistes» sorprendiéndome por el caudal de voz de Leo Ferré, en una versión subtitulada, que he encontrado y me ha sido muy útil, pues mi francés es precario. Queda ahora indagar más sobre su música y su persona. Un abrazo y salud.
Como de Ferré se ha escrito tanto, igual hay alguna novela que recoja lo sucedido en Perdrigal, pero te aseguro que el texto, por muy novelesco que resulte, es de mi cosecha (de la cosecha del 2015, que fue cuando publiqué la primera versión del post) y todos los datos están documentados y contrastados.
Su voz es, efectivamente, portentosa, lo mismo que su capacidad creadora; tenía una excelente formación musical y llegó a ser director de alguna sinfónica, de ahí que no fuera el típico cantautor aferrado a una guitarra sino que actuaba junto a orquestas profesionales porque él componía la música a lo grande, para muchos instrumentos.
Para él no existían gamas de grises: o blanco o negro, de ahí los encontronazos que tuvo con cualquier instancia de poder. Jack Lang, ministro de cultura francés (socialista, el hombre), al que Ferré puso a caer de un burro, dijo de él que «era la memoria viviente de nuestras revueltas«. De Lang, no lo sé, pero de muchas personas, desde luego que sí.
(Y, como siempre, me alargooooooo).
…y con tanto rollo como te he echado, ni me he despedido. Así que… Salud y buen domingo.
No te preocupes por alargarte, al contrario, para mí es un placer leer tus explicaciones siempre bien documentadas e interesantes. Buen domingo y otro abrazo.
Gracias, compañero.
No conocía su historia pero me gusto ahcerlo Te mando un beso.
Otro beso para ti.
Había visto el vídeo de les anarchistes que subiste a una entrada pero no sabía nada del cantante, ahora sé algo más.
La próxima vez que leas o escuches su nombre dirás: «Eh, a este lo conozco».
He estado repasando mis discos y encuentro de Brel y de Brassens, pero nada de Farré, quizá porque son CDs relativamente recientes, de cuando habían muerto ya algunos de ellos. En los vinilos no hay nada de eso, ya que los compraba para bailar en las «fiestas» de los sábados y con estos chansonniers se bailaba poco.
También he estado viendo algunos vídeos suyos y, realmente, tenía una voz muy buena y educada, lo cual no es raro en los cantantes franceses, que la mayoría tienen estudios de música y, así, hasta los que no tienen mucha voz, saben sacarle partido.
La verdad que como bailables no servían, no. Pero para escucharlos antes de una asamblea, como estímulo para calentar el ambiente, eran muy apropiados.
Ferré era un profesional de la música y un gran pianista y compositor, eso se lo reconocian hasta quienes despotricaban de él.
Está esto hoy fastidioso. Primero me ha eliminado el comentario al enviarlo y ahora se ha publicado sin darme tiempo a rellenar las casillas de mis datos.
Solo te ha dejado tiempo para poner la dirección de tu casa virtual. Si pinchas en el Anónimo de tu post, verás que enlaza con tu blog.
«Accidently» dropping by to find you featuring one of my favourite chansonniers, I thought I ought to at least leave a short com(pli)ment. Herewith done. 😉
The peace of the night.
Perfect!! Thank you so much for the nighttime visit and the com[pli]ment.
Molto interessante!
Nel 1969, si trasferì in Italia (con Marie-Christine Diaz) fino alla sua morte. Qui lo conosciamo soprattutto come cantautore
Sono felice che tu sappia chi era Ferré; dimostra che non è stato completamente dimenticato.
🤗💝🤗
Aprovecho esta entrada para poner uno de sus discos… ya está sonando. Pero al «pispear» en youtube noto que tenía unestilo teatral de pararse frente a su público, o al menos a cámara.
Desconocía su historia. Gracias.
Hoy la palabra «libertario» ha tomado un significado tremendamente extraño e inesperado por estas tierras. Así se hacen llamar los amigos liberales que al parecer nos «liberan» de nuestros derechos adquiridos, nos liberan a nuestra suerte en la ley de la selva.
Abrazos, Una Mirada…
Frodo
La primera vez que escuché a Milei autodefinirse como libertario, a pocas vomito hasta la leche del primer biberón. Pero, claro, su libertarismo es un trampantojo: «Libre yo y a joder al prójimo», propio de toda esta recua de miserables ultrafascistas que pretenden hacer dogma de la esclavitud de la clase trabajadora.
Otro abrazo, compañero, y esperemos que la ciudadanía argentina sea capaz de sacar a patadas a este tipo en las próximas elecciones.