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«Basílica del Foro de Pompeya»: Archivo personal

 

Es imposible recorrer el Parque Arqueológico de Pompeya sin que la mente retroceda al pasado; a esa próspera ciudad portuaria —a 25 km de Nápoles— que superaba en mucho los 15000 habitantes, rodeada de tierras fértiles en las que destacaban sus viñedos y sus lujosas villas, algunas de ellas, viviendas vacacionales de acaudaladas familias que, sobre todo, llegaban desde Roma.

Aquel otoño del 79 d.C., año de su sepultamiento, y siendo Tito emperador de Roma, todavía se estaban recuperando los habitantes de Pompeya del terremoto sufrido dieciséis años atrás; muchas de las casas mostraban andamios en sus fachadas y las autoridades habían acometido la reparación de los acueductos que suministraban el agua de boca y la recomposición de las grietas sufridas en el Foro y el Anfiteatro.

A primera hora de la mañana del 24 de octubre —o noviembre, pues no se ha podido precisar—, el Vesubio, considerado un monte sagrado, empezó a dar muestras de inestabilidad. Nadie se preocupó; en esa época se desconocían los volcanes y su estructura y no fue hasta el mediodía —cuando, además de la columna de cenizas y piedra pómez, salieron despedidos del cráter multitud de materiales volcánicos— que muchos de los habitantes entendieron que debían ponerse a salvo.

Al final de la tarde, los ininterrumpidos flujos piroclásticos obstaculizaron todo intento de huida a quienes todavía permanecían en la ciudad. De madrugada, la violencia vesubiana arrasó Pompeya, Herculano, Estabia y cualquier signo de vida, afectando también, aunque no con tanta virulencia, a poblaciones próximas. Toneladas de ceniza y lapilli cubrieron, sellaron y preservaron Pompeya y otros puntos durante cientos de años.

 

 

Se calcula que entre 2500 y 3000 personas fallecieron solamente en Pompeya y hasta 16000 en el conjunto de las zonas afectadas; la mayoría de las muertes fueron instantáneas, por exposición a temperaturas de entre 300º y 600º Celsius, y no por asfixia, como se creía. Pese a la devastación, una gran parte de los habitantes de Pompeya consiguió escapar del cataclismo; muchos huyeron campo a través o por mar y se refugiaron en poblaciones más alejadas, en casas de amigos y familiares.

Se sabe que algunos pobladores, que carecían de medios para empezar de cero en otros lugares, regresaron a lo que quedaba de Pompeya y se instalaron en las partes edificadas que sobresalían del compacto lecho de materiales, sobreviviendo gracias al saqueo en las zonas pompeyanas a las que pudieron acceder. Parece ser que esta situación se mantuvo hasta el siglo V. Después, el olvido, pese a que el imaginario colectivo siguió refiriéndose a aquel paraje desolado como La Cività (la ciudad).

 

«Via delle Tombe, en Pompeya»: Archivo personal

 

En 1442, Alfonso V, monarca de la Corona de Aragón, conquistó Nápoles, uniéndose este territorio a su imperio. A la muerte, en 1516, del último rey de la Corona de Aragón, Fernando II el Católico, sus posesiones, incluida Nápoles, entraron a formar parte del Reino de las Españas.

En 1738 reinaba en España Felipe V y, en Nápoles, su hijo Carlos VII —que después accedería al trono español como Carlos III—; este, decidió construir un palacio cerca de donde se hallaba sepultada la ciudad de Herculano, localización que se conocía —aunque no se pudiera concretar el nombre de la ciudad— porque, años antes, se habían hecho labores de vaciado del terreno para una traída de agua y, en esa tesitura, se habían encontrado estatuas, mármoles y otros objetos valiosos.

Carlos VII contrató a los mejores arquitectos para construir el palacio y, sabiéndose que, en el subsuelo de aquellas tierras, había restos de alguna ciudad, se hizo con los servicios de un ingeniero militar aragonés, el zaragozano Roque Joaquín de Alcubierre (1702-1780), para que realizara perforaciones en busca de materiales y elementos artísticos estimables para usarlos en el palacio real en construcción.

El ingeniero Alcubierre, a la vez que trabajaba en el Palacio de Portici, pidió al rey consentimiento para efectuar excavaciones más exhaustivas que una mera perforación. En una época en la que la Arqueología no se había desarrollado por completo como disciplina, Alcubierre consiguió sacar a la luz algunas partes de las ciudades de Herculano y Estabia, emprendiendo, en 1748, las prospecciones en Pompeya, que dieron resultados satisfactorios pero, a la vez, lo enfrentaron con sus subalternos.

Roque Joaquín de Alcubierre no cejó en su empeño de desenterrar Pompeya. Ascendido a mariscal de campo, dirigió las excavaciones hasta su muerte, aunque algunos de sus colaboradores intentaron mantenerlo apartado de las labores de recuperación por la extraordinaria meticulosidad del aragonés en el inventariado de los hallazgos y la indignación que mostraba ante las sospechosas «pérdidas» de objetos, de las que acusaba a quienes trabajaban con él.

Las críticas a su metodología arqueológica por parte de eruditos italianos y alemanes, harían que el nombre de Alcubierre —y su descubrimiento de Pompeya, Herculano y Estabia, además de otros trabajos arqueológicos— fuera, durante años, menospreciado y cayera en injusta olvidanza.

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