«Thaumetopoea pityocampa (imagen ampliada)»: Archivo personal
Fueron descendiendo, con lentitud y en impecable formación, del castigado cedro; la negra cabeza de una en contacto con el segmento anal de la precedente. Era tal su morosidad, que los ojos avizores que las observaban apenas eran capaces de apreciar su progresión. Habría, grosso modo, tres centenares, calculó Jenabou; un ejército diminuto y disciplinado, armado su dorso con excrecencias peludas en tonos rojizos e impregnadas de alérgenos, que se deslizaba por el jardín de la casa de Mam’zelle —la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio— buscando la ubicación idónea, entre la arenisca y la fina gravilla de los laterales, donde enterrarse y aguardar el momento estacional propicio para mutar de crisálidas a mariposas.
Con parsimonia, torció la oruga guía hacia los setos que se yerguen junto a la empalizada de color pistacho y curvose la procesión de malsanos lepidópteros sin despegarse los unos de los otros, como si, en vez de macroparásitos individuales, se tratara de una famélica e interminable serpiente con dificultades de reptación.
A cautelar distancia de la dañina procesionaria, y con el propósito de preservarse de los filamentos urticantes que, cercanos al medio millón, lanzan al aire cada uno de los minúsculos combatientes, Mam’zelle se enfundó gorra, gafas, y guantes, además de cubrirse la mitad inferior del rostro con un fular y calzarse unas botas de senderismo de suela recia; de tal guisa, se aproximó a la cadena viviente, que continuaba su perezosa marcha prolongándose más conforme alcanzaban el suelo las últimas unidades defoliadoras que se retiraban del árbol.
Jenabou salió del cobertizo con manos, cara, cuello y cabeza bien protegidos y el depósito de la mochila fumigadora conteniendo el mismo bioinsecticida que había visto usar en el pinar a Lurditas, la alguacila, con óptimos resultados. “Se van a enterar estas cabronas”, murmuró, y, con el pulso firme, abrió al máximo la boquilla del tubo de aspersión, apretó el gatillo de la empuñadura y fue rociando sin el menor intervalo la comitiva larvaria. Una pasada, dos, tres, al mismo tiempo que, en la retaguardia, la vieja profesora pateaba con ímpetu la hilera de orugas recién asperjadas por la adolescente.
28 de febrero de 2026



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