«Al aire»: Viktorya Sergeeva
Sucedió a mediados de los años cincuenta del siglo XX, en un pueblo altoaragonés.
Al menudo Agustín le gustaba el olor del jabón recién cocido. Aquella mañana había vuelto pronto —tras la recogida de hierba para los conejos y caracolas de tierra para los patos— para sentarse junto al hogar y aspirar la tufarada de los huesos y la grasa de tocino que se deshacían y burbujeaban en el caldero del sosa.
—¿Falta mucho? —preguntó a su madre.
—Cosa —respondió ella removiendo el mejunje con un palo—. En cuanti s’enfríe y repose lo echaremos en o cajón. Vete a llenar a boteja.
—Pero, mama, yo quiero aduyala a usté con o jabón…
—M’aduyarás cuando acabe. Vete a buscar l’augua.
En el lavadero del pueblo las mozas parloteaban ajenas al Sol del mediodía cuyos rayos pugnaban por atravesar los sombreros de paja.
Agustín observó a las mujeres mientras el botijo, en difícil equilibrio bajo el chorro que manaba del caño, se llenaba. Pensó en las sanguijuelas adheridas a las paredes y al suelo cenagoso del lavadero y en las tres culebras de agua que había introducido la tarde anterior.
—¡Trai t’aquí a boteja, mozer! —le gritó una de las lavanderas.
El muchacho caminó sobre el pretil del abrevadero hasta llegar junto a las mozas y les ofreció el botijo. “Mañana meto sangoneras en a boteja”, se dijo.
El traqueteo del coche de línea que llegaba al pueblo le hizo olvidar las sanguijuelas y trepó, ágilmente, por el repecho que subía del lavadero a la carretera. Del destartalado autobús descendieron algunas personas que, cargadas con cajas atadas con cordeles y pañuelos farderos, emprendieron el camino que se adentraba en el poblacho.
—Buenaaas, Josefina —saludó el joven Agustín a una de las viajeras.
—Ah, Agustiner… ¿Y tus hermanas…?
—En o lavador.
La viajera, muy peripuesta y portando una maleta de cartón con aspecto de recién estrenada, llegó junto a la barbacana bajo la que se hallaba el lavadero y saludó a las mozas:
—¡Buenas a todas!
—Qué mudada y cargada vienes, chiqueta —observó una de las lavanderas.
—Ya veis… Y con noticias.
—¿Y qué noticias son esas? —se interesó otra de las presentes.
—Pues… ¡que me caso!
—¡Ridiós! ¿Y con quién?
—Sí. ¡Me caso! Pero no tos creáis que con un hombre.
Las mozas dejaron la colada a un lado y miraron, desconcertadas, a Josefina, que las contemplaba con cierta altanería, consciente de la curiosidad que sus palabras habían despertado.
—Y… si no es con un hombre… ¿con quién, pues? —se atrevió a preguntar, por fin, una de las muchachas del lavadero.
—Con un Guardia Civil.



Magnífico el relato y el lenguaje. Me ha transportado ese tiempo en el que la percepción de la realidad es no es la misma que tenemos ahora, hasta el punto de asociar a una profesión rasgo que no son humanos. Me ha encantado
Muchas gracias, Manu. El relato no es sino una transcripción de la historia verídica que escuché hace tiempo por boca de una de las mujeres que estaban en el lavadero en ese momento. Y aunque el pitorreo en el pueblo fue antológico (por lo bajini, que, a fin de cuentas, se trataba de un guardiacivil y a la Benemérita se la temía mucho entonces) la pretensión de Josefina era, simplemente, dejar claro que no se casaba con un cualquiera.
Salud y buen fin de semana.
El final buenísimo.😂😂😂🤣
Algunas palabras no las conocía. «cosa» «sangoneras» mozer tampoco es una palabra que se use por mi zona, pero se entiende.
Salud.
Un día, yendo por la calle, mi madre me la señaló diciendo «mira, esa es Josefina, la que se casó con uno que no era un hombre», y nos tuvimos que parar ante un escaparate porque no nos teníamos en pie de la risa.
Como hay tantas variantes del aragonés, en cada zona se usan unos modismos u otros. En el aragonés normalizado donde he escrito «t’aquí«, se hubiera dicho «t’astí«, pero siempre procuro ser fiel a la manera de hablar de mi pueblo por mucho que insista la Academia Aragonesa para que se procure usar el aragonés común.
Buen finde.
Me gusto tu relato , te mando un beso.
Gracias, Citu. Otro beso para ti.
Te ha llegado esta vez mi mensaje? Espero… o seguiré intentando otro día.
Abrazo y gracais por pasar por mi blog.
Perfectamente ha llegado.
Muchas gracias a ti, Carlos.
Salud.
Me pareixe mui bien que uses palabras en aragonés en os testos escritos en castellano. Me cuaca que lo faigas.Por qué no escribir bel testo solo en aragonés?
Iste blog naxió en castellán ta estar leyiu en ixa luenga. L’aragonés que aquí s’escribe ye aneudotico.
Muitas grazias por a besita y o comentario.
Salut.
👍
Yo recuerdo un guardia civil de la posguerra que de hombre, o sea, de ser humano tenía bien poco.
Tú recuerdas a uno de esa catadura, pero entre la posguerra, la post-posguerra, los «felices» sesenta/setenta y la Transición, abundaron más que las setas. De historias de algunos (bastantes, bastantes) beneméritos, relatadas por quienes los padecieron, tengo también para dar y contar.
Genial la anécdota y el vocabulario que contiene. Menos mal que no dijo que se casaba con el señor cura, que eso hubiera sido un «sindios» como decía mi abuela. Está claro que en esa época un guardia civil era mucho … bueno no sé como definirlo, una especie de superman, -digo yo-. Entiendo el sentido de la frase de Josefina, pero el caso es que el final de la historia me ha arrancado una sonrisa. Un abrazo y Salud.
Esta historia pierde un poco al estar escrita. La primera vez que la escuché fue por boca de una de las mozas que estaba en el lavadero, que empezó muy circunspecta y acabamos los dos tronchados de risa. La segunda vez se la oí al propio Agustín, que empezó con un «Estaba yo viendo a mi madre hacer el jabón….» para terminar con la declaración de Josefina y todavía me carcajeé más. Me contaron que, ya casados Josefina y el guardiacivil, cada vez que iban de visita al pueblo, había un festival de risas por todos los rincones.
Salud.
Es un ambiente tan rural que la anécdota tiene que ser cierta.
También podría ser una anécdota ficticia, pese al ambiente de pueblo… Pero es verídica.
Muy bueno, entiendo que con esa frase lo que pretendía decir es que no se casaba con “un hombre cualquiera”. Jajajajaja. Pero ahí quedó la anécdota y no me extraña que cada vez que se escuche, la gente se ría (hasta apoyarse en un escaparate a carcajada pura, como les pasó a ti y a tu madre).
Gracias por traerme una sonrisa a esta tarde de Domingo.
Un abrazo muy grande. Besotes.
Eso mismo; quiso resaltar tanto la categoría de su futuro marido que su respuesta dio lugar a un pitorreo que la persiguió durante años, incluso ahora, cuando ella misma, el resto de las lavanderas, Agustín y la madre de este, hace años que fallecieron.
Otro abrazo, querida Nélida.
Eso de que no sea un hombre cualquiera me recuerda una frase que se sigue usando por aquí y que proviene de la clásica obra de teatro clásica : «M’hijo el dotor»
Con lo cual se quiere denotar que alguien ya no es del montón en el pueblo o ciudad chica, que ha estudiado y ha subido en el escalafón social dejando atrás la mediocridad.
Gran anécdota, amigo Una Mirada
Abrazos.
Frodo
Añade a eso que, en esa época, estos guardias tenían mucho poder en los pueblos porque eran los tiempos de la dictadura.
Más abrazos.