«Océano de nubes II»: Archivo personal
Como una magna extensión del cobertor níveo de la cumbre, un manto movedizo de lechosos nimbostratos crea la ilusión de una inmensa meseta bajo cuyos rizos algodonosos se ocultan los escarpes de rocas carbonáticas, las dolinas, simas y cuevas que forman el paisaje kárstico de la sierra de Aralar. A ratos, las ráfagas de viento glacial acuchillan el cuerpo del observador que, amagado bajo una de las crestas, contempla, arrobado, el océano de nubes que se despliega a menos de un metro de sus pies, como incitándole a una zambullida, con la vacua promesa de los brazos todopoderosos de la diosa Mari y sus jorguinas deteniendo la mortal caída. Un desganado rayo de Sol le roza la mejilla derecha y él ladea la cabeza hasta sentir en la piel su tibieza, primero, y una ligera quemazón después, como si Herensuge, el dragón de siete cabezas, hubiera sustituido al astro rey en su labor de distraer el frío del rostro contemplativo.
No sin cierta indolencia, el espectador de nubes abandona su improvisado cobijo y desciende, al ralentí, el albo camino de regreso por la misma pendiente sinuosa de la ida, donde las huellas de sus botas, sumidas en la nieve, permanecen visibles, aisladas y escarchadas, hollando la virginidad del suelo inmaculado. Tras algunos kilómetros por diferentes trochas y pasiles, apenas llegado al cruce donde los aficionados realizan rutas de esquí de fondo, escucha las voces de Jürgen y Jenabou a los que, finalmente, vislumbra, con los esquís al hombro, dirigiéndose a la intersección donde él aguarda. Traen las caras congestionadas y unos andares pausados que denotan fatiga.



La foto es una maravilla. Salvando las distancias, yo viví algo parecido en Tenerife, donde los alisios empujaban las nubes hacia las laderas montañosas del norte. Casi estremecedor. Puedo entender las caras congestionadas por el tremendo esfuerzo realizado por los protagonistas de la historia. El contenido del enlace de la diosa Mari me ha dejado a cuadros. Y no menos el de Herensuge. ¡Mira que se aprenden cosas en este blog! Un abrazo y salud.
Si te fijas en la franjita de nieve del ángulo inferior izquierdo, apenas se diferencia de las nubes que cubren las laderas del monte desde la cima que, de lejos, parecían una masa de nieve flotante. Lo curioso era la diferencia abismal entre la claridad y el Sol de la cumbre, pese al frío, y la densa niebla de la falda del monte y sus laderas bajas, donde los esquiadores de fondo se vieron obligados a volver atrás porque no conseguían ver por dónde iban. Y, sí, los seres del inframundo vasconavarro son increíbles; la gente de la zona te cuenta tantas historias que, quieras o no, te las llevas contigo.
Salud.