«Manos»: Archivo personal
Con motivo de la I Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia —que comenzó el 2 de octubre de 2009 en Nueva Zelanda, recorriendo 97 países en 93 días, para finalizar en Punta de Vacas (Argentina), el 2 de enero de 2010— escribió Eduardo Galeano (1940-2015) el siguiente texto:
«Las guerras mienten.
Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: “Yo mato para robar”.
Las guerras siempre invocan nobles motivos. Matan en nombre de la paz, en nombre de Dios, en nombre de la civilización, en nombre del progreso, en nombre de la democracia.
Y si por las dudas, si tanta mentira no alcanzara, ahí están los grandes medios de comunicación dispuestos a inventar enemigos imaginarios para justificar la conversión del mundo en un gran manicomio y un inmenso matadero.
En Rey Lear, Shakespeare había escrito que “en este mundo, los locos conducen a los ciegos”. Y cuatro siglos después, los amos del mundo son locos enamorados de la muerte, que han convertido el mundo en un lugar donde cada minuto mueren de hambre o de enfermedad curable 10 niños, y cada minuto se gastan tres millones de dólares, tres millones de dólares por minuto en la industria militar, que es una fábrica de muerte.
Las armas exigen guerras y las guerras exigen armas… Y los 5 países que manejan las Naciones Unidas, los que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas, resultan ser también los 5 principales productores de armas.
Uno se pregunta: ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la paz del mundo estará en manos de los que hacen el negocio de la guerra? ¿Hasta cuando seguiremos creyendo que hemos nacido para el exterminio mutuo y que el exterminio mutuo es nuestro destino? ¿Hasta cuándo?».
Corre por la Red una frase atribuida a Galeano que dice: “Cada vez que Estados Unidos ‘salva’ a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio”. Sea real o apócrifa la autoría, no hay dudas sobre la veracidad de su contenido, agravándose el significado si tenemos en cuenta que, para su última —por ahora— ‘acción salvadora’, el mandatario actual del país al que se alude opera, al alimón, con un presidente de gobierno sobre el que pesa una orden de busca y captura, emitida por la Corte Penal Internacional, por crímenes de guerra y de lesa humanidad. No hace al caso que, además, cada uno de ellos tenga en su patria de origen un extenso currículo delictivo, porque esas fechorías quedan opacadas por su criminosa determinación de convertir el mundo en una inmensa mierda. Y en el amasado y horneado de esta última se entretienen mientras proclaman, urbi et orbi, que están ‘socorriendo’ —bomba va, bomba cae, bomba mata— a las y los manifestantes iraníes contrarios al régimen teocrático.



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